INTRODUCCIÓN
A lo largo de la Historia numerosos poderes políticos han intentado borrar o reescribir el pasado mediante la eliminación de símbolos, monumentos o testimonios materiales de épocas anteriores. Desde las prácticas de damnatio memoriae en la antigua Roma hasta los procesos revolucionarios contemporáneos, la destrucción o proscripción del legado histórico ha sido una constante en momentos de cambio político.
En este ensayo, el historiador Francisco Torres García reflexiona sobre un fenómeno similar ocurrido en España en las últimas décadas: la retirada, resignificación o destrucción de numerosos monumentos, placas y elementos arquitectónicos vinculados al periodo histórico del régimen de Francisco Franco.
El autor sitúa este proceso dentro de una tradición histórica más amplia de manipulación de la memoria colectiva y plantea un debate sobre sus consecuencias culturales. Más allá de las interpretaciones políticas, el texto plantea una cuestión central: la posible pérdida de un importante patrimonio histórico, artístico y documental que forma parte de la historia contemporánea de España.
A través de ejemplos históricos, referencias comparativas internacionales y un análisis del proceso político iniciado desde finales del siglo XX, el autor invita a reflexionar sobre el papel del patrimonio material en la conservación de la memoria histórica y en el estudio del pasado.
La Historia se puede manipular pero no se puede borrar, pese a que Tigelino ande siempre presto a hacer realidad los deseos de Nerón; no faltando tampoco quienes, como Audax, Minuro y Ditalco, estén dispuestos, llegado el caso, a degollar a Viriato. «La Historia se escribirá como quiere el emperador o no se escribirá», ponen en boca de Tigelino en alguna ocasión en esos relatos de corte histórico que han llenado la imaginación de no pocos adolescentes de otros tiempos.
La Historia es pletórica en ejemplos de intentos de proscripción de personajes y de hechos, en muchos casos al buscar sus «herederos o sucesores» afianzar una legitimidad prendida con alfileres. Curiosamente, en no pocas ocasiones fue el intento de proscripción lo que condujo a la permanencia en la memoria de la sociedad de estos personajes, traspasando los límites de la temporalidad histórica.
La Historia está llena de ejemplos sobre los que deberían reflexionar aquellos que se empeñan en retirar, prohibir o destruir los restos de la memoria histórica, arquitectónica, documental o cultural de algunos de los protagonistas del tiempo pasado.
A pesar del empeño de Tutmosis III, la reina/faraón Hatshepsut Jenemetamón sigue viva en sus templos, especialmente en el sito de Deir el-Bahari. Quizás Tutmosis creyera que borrando su nombre su memoria desaparecería y quedaría mejor legitimado su trono. En la misma línea larga sería la lista de emperadores romanos a quienes se aplicó la damnatio memoriae con la intención de borrarlos de la historia o al menos impedir que perduraran en la eternidad.
En la contemporaneidad han sido las sucesivas revoluciones, desde la francesa a la rusa, pasando por los afanes de proscripción ejercidos por los revolucionarios liberales, las que emprendieron acciones contra lo que denominamos monumentos históricos. Nuestros liberales del siglo XIX creyeron ingenuamente que podían poner fin al poder de la nobleza retirando los escudos de las fachadas.
Los revolucionarios franceses, al igual que los revolucionarios comunistas en otros lugares, consideraron a la Iglesia su enemigo. Templos, conventos y obras de arte fueron objeto de destrucción en Francia, en la URSS y también en España entre 1931 y 1939.
Los liberales progresistas españoles del siglo XIX impulsaron procesos de desamortización que condujeron a la expropiación de conventos y edificios que terminaron abandonados y arruinados, ruinas que hoy se muestran a los turistas con escasa explicación sobre la responsabilidad de su deterioro.
Todos estos ejemplos constituyen antecedentes de la corriente iconoclasta contemporánea vinculada a la llamada ideología de la memoria y a las leyes de memoria histórica y democrática.
El horizonte de este proceso sería el asentamiento de una verdad o memoria oficial obligatoria que contribuya a deconstruir la historia, la identidad y los valores de una sociedad.
Esta corriente va más allá de Francisco Franco, su régimen o su clase política e intelectual. Franco puede ser simplemente la excusa para avanzar hacia un proceso más amplio de resignificación histórica.
En este contexto se han producido retiradas de monumentos, cambios en el callejero o destrucciones patrimoniales. Muchas de estas actuaciones comenzaron tras las elecciones municipales de 1979 en municipios gobernados por la izquierda.
En numerosas ocasiones existieron resistencias sociales importantes. Un ejemplo fue la denominada «guerra de las esquelas», cuando familiares de víctimas del Frente Popular publicaron recordatorios en la prensa para mantener viva la memoria que algunos pretendían borrar.
El proceso de retirada de monumentos se ha intensificado especialmente en las últimas décadas, generando incluso el efecto paradójico de reactivar el debate público sobre la figura de Franco.
Conviene recordar que los ataques contra monumentos comenzaron antes de la muerte de Franco. Desde finales de los años sesenta se produjeron actos de vandalismo o atentados contra monumentos vinculados al régimen.
En 1962 un grupo anarquista colocó un artefacto explosivo en el Valle de los Caídos. En 1974 fue atacado el Monumento a los Caídos en Barcelona.
Posteriormente ETA lanzó una campaña contra los denominados vestigios franquistas y el FRAP atacó también monumentos similares.
Tras la muerte de Franco algunos monumentos siguieron siendo objetivos de atentados, como ocurrió con la voladura del Ángel de la Victoria y la Paz en Valdepeñas en 1976.
Este trabajo intenta documentar el proceso de retirada, eliminación o destrucción de un patrimonio histórico y artístico relacionado con este periodo.
La investigación muestra la pérdida, en muchos casos irrecuperable, de un amplio patrimonio histórico, artístico y cultural que debería haberse preservado o musealizado.
La llamada furia iconoclasta se ha acompañado de una manipulación conceptual destinada a legitimar estas acciones. Para ello se transformó el concepto de monumento histórico en el de «vestigio franquista», término que reduce su valor patrimonial.
Muchos monumentos a los caídos han sido reinterpretados como exaltaciones ideológicas cuando en realidad su origen responde a una tradición histórica mucho más amplia de recuerdo a las víctimas de conflictos.
La utilización del concepto «mito de los caídos» ha servido para deslegitimar estos monumentos, presentándolos como propaganda política cuando en muchos casos simplemente recordaban a víctimas concretas.
La mayoría de estos monumentos no pueden considerarse hoy exaltaciones políticas. Su permanencia ha sido interpretada como un problema simbólico que ha llevado a su retirada o destrucción.
En realidad, los monumentos dedicados a Franco fueron muy escasos. España nunca estuvo llena de monumentos a su figura como a veces se afirma.
Difícilmente se alcanzaban tres decenas de monumentos dedicados a Franco en todo el país, algunos erigidos incluso tras su muerte por iniciativas populares.
Entre ellos se encontraban la estatua de Guadalajara, el monumento de Orihuela o la estatua al comandante Franco inaugurada en Melilla en 1978.
Las conocidas estatuas ecuestres respondían más a una lógica institucional que a un programa de propaganda monumental.
La primera estatua pública de Franco fue el relieve colocado en la Plaza Mayor de Salamanca durante la Guerra Civil.
La primera estatua ecuestre se instaló en 1942 frente al Instituto Ramiro de Maeztu en Madrid.
Las demás no aparecieron hasta los años sesenta, e incluso algunas fueron erigidas después de su muerte.
Pese a la extensión de este trabajo y a las miles de imágenes recopiladas, lo presentado constituye solo una muestra parcial del alcance del proceso de retirada o destrucción del patrimonio relacionado con este periodo histórico.
Un catálogo completo requeriría una obra enciclopédica.
Probablemente aún existan numerosos monumentos a los caídos que no han sido alcanzados por este proceso o de los que únicamente quedan fotografías o postales antiguas.
De algún modo, estas páginas recuperan los lugares de una memoria proscrita hasta el año 2025 y también aquellos que todavía se encuentran amenazados.
Epílogo
Cerramos esta obra con la exigencia y la petición, a quien corresponda, de instar a las autoridades a rendir cuentas públicas de la destrucción del Patrimonio Nacional efectuada.
Se solicita que se elabore un catálogo completo de todo aquello que se ha retirado, eliminado o destruido, con su correspondiente documentación fotográfica, indicando el lugar de depósito, su estado de conservación y su situación actual.
Se pide preservar el valor documental que estos elementos poseen para el estudio de una época.
Se propone permitir el acceso a este patrimonio a todos los ciudadanos interesados, facilitar su estudio a investigadores y promover su exhibición museística cuando corresponda por su valor histórico o artístico.
Y se insta a conservar in situ aquellos monumentos que todavía se mantienen.
Francisco Torres García
Historiador
CONCLUSIÓN
El análisis desarrollado por Francisco Torres plantea una reflexión sobre los efectos que puede tener la eliminación de símbolos y monumentos históricos en la comprensión del pasado. A lo largo del texto se insiste en que los monumentos, placas y elementos arquitectónicos no solo poseen un significado político o ideológico, sino también un valor documental y patrimonial que permite estudiar y comprender una época determinada.
La retirada o destrucción de estos elementos, según el autor, puede suponer la pérdida irreversible de parte del patrimonio histórico y cultural de un país. Por ello, se propone la necesidad de documentar, catalogar y preservar adecuadamente las piezas retiradas, garantizando su conservación y acceso para investigadores y ciudadanos.
El debate sobre la memoria histórica continúa siendo uno de los temas más complejos de la historia contemporánea española. Frente a ello, el autor plantea que el estudio del pasado debería apoyarse en la preservación de sus testimonios materiales, permitiendo así que las generaciones futuras puedan analizar, interpretar y comprender su propia historia con mayor profundidad.
