Miguel y José Antonio, en aquella madrugada del miércoles 18 de noviembre de 1936, vivieron el duro trance de separarse después de tantos meses de convivencia. Días que, sin duda, les permitieron rememorar sus años de niñez; aquel otro tiempo de vida en medio de la algarabía de una familia numerosa al cuidado de la tía Ma, la añoranza de la tía Inés. Aún José Antonio ejercía de hermano mayor. Así se había comportado en el juicio. Los veranos en Robledo de Chavela en casa del tío-abuelo, el que una vez tuvieron en Algeciras… imágenes que volvieron a la memoria en aquel duro verano de 1936; dibujos de Miguel con paisajes y el entretenimiento de hacer caballitos. Quedaba como un eco, aquella noche, la pequeña esperanza de volver un día al chalet Santa Teresa de Chamartín.
Miguel grabó en su memoria el momento en que por vez primera se separaron antes de la muerte; llegó a pensar que iban a fusilar a su hermano inmediatamente[1]. Defraudaron a quienes les rodeaban, guardias, funcionarios y milicianos, porque no hubo escena alguna. Firmes supieron contener el dolor que les ahogaba tras dos días de tremenda tensión. Poco después José Antonio entraba en su última celda en la galería baja. El mobiliario: un jergón de paja, una mesita y un taburete.
El agotamiento de la tensa jornada del 17, que había empezado para él muy temprano y acabó cerca de las 3 de la madrugada, junto con la presión de revisar mentalmente el proceso, debió tumbarle en el jergón. No pudo prácticamente conciliar el sueño, le costaba dormir. Su aspecto no era bueno, hasta tal punto que el médico de la prisión, Manuel Hurtado, le reconoce el día 18. No padece enfermedad alguna, pero recomienda, quebrando el aislamiento en la celda hasta la ejecución, que por «razones de higiene» se le permita una hora de paseo al día[2]. José Antonio recobró su aplomo aquella mañana. A la hora de comer, Miguel Primo de Rivera recibió una nota y parte de la comida especial que como condenado a muerte le sirvieron a su hermano. En aquel papelito, que indica el estado de ánimo de José Antonio, pese a su difícil situación, escribió: «Te mando la mitad de este raro alimento que me han dado para almorzar. Debe ser uno de los privilegios que tenemos los condenados a muerte»[3].
Ambos hermanos se encuentran en el patio en el que habitualmente realizaban sus paseos y hacían algo de ejercicio aislados de los demás presos. Miguel, que empezaba a dar muestras de depresión, estuvo a punto de no bajar. Ambos hermanos se encuentran allí. Probablemente lo hagan también el 19. Miguel guardó un inexplicable silencio sobre la última conversación extensa con su hermano. Solo se sabe que hablaron del futuro político y que él se lo trasladó a Franco cuando fue liberado en 1939. Miguel le da ánimos y según algún autor José Antonio sereno niega cualquier esperanza: «Tú sabes que no»[4]. También consiguió informar a su hermano de que había redactado un nuevo testamento; le comentó que iba a intentar escribir unas cartas de despedida, aunque no sabía si tendría fuerzas para dejar unas letras a cada uno, de todos modos le haría llegar una lista[5].
Guillermo Toscano y los anarquistas
La seguridad en la prisión se había reforzado durante el juicio. Guardias de Asalto, soldados, funcionarios y un grupo de milicianos anarquistas constituían el dispar grupo de vigilantes que en la madrugada del 18 estaban en la Provincial. Desde una fecha indeterminada dadas las contradicciones de las declaraciones, que nos lleva de finales de septiembre a principios de octubre, acompañaba a los hermanos Primo de Rivera un «grupo especial», ajeno a las directrices del director del centro penitenciario, de obediencia anarquista. Con algunos de ellos tanto José Antonio como Miguel iban a mantener algunas conversaciones y el líder falangista no rehuyó debatir con ellos.
Aquellos hombres tenían como «jefe» al anarquista Guillermo Toscano Rodríguez. A sus órdenes quedaron José Pantoja Muñoz, Luis Serrat Martínez, José Perera Perera y Manuel Beltrán Saavedra; no todos llegaron al mismo tiempo, sino que se fueron incorporando desde el Cuartel de Milicias Confederales. Entre ellos algunos se conocían previamente. Toscano, Pantoja y Beltrán habían escapado juntos de Huelva tras el triunfo de los rebeldes mientras que Luis Serrat conseguía llegar a Extremadura. Trabajadores en oficios casi todos se afiliaron a la CNT (Beltrán pertenecía a la UGT). Serrat se convirtió en los años treinta en un propagandista en las Juventudes Libertarias, llegando a ser secretario de educación; Pantoja era en 1936 secretario de uno de los sindicatos anarquistas y Toscano, quizás el de mayor proyección, llegaría a ser secretario de la Federación Local de Sindicatos, representando al anarquismo onubense en el importante congreso de Zaragoza celebrado en mayo de 1936[6]. Todos ellos eran fervientes partidarios de la revolución anarquista.
El destino es a veces caprichoso y huyendo de Huelva, por distintos caminos, acabaron en Alicante. Serrat, fichado como pistolero anarquista, lo que tampoco era decir mucho, pertenecía a las Milicias Confederales Antifascistas y estaba afiliado a la FAI, al escapar de Huelva se unió a una columna de carabineros para combatir en Extremadura siendo herido en Heredia de Vargas, fue evacuado a Madrid y de allí a Alicante[7]. Toscano, Beltrán y Pantoja consiguieron escapar de Huelva en un barco pesquero, el Cinta n.º 1, llegando a Casablanca; desde allí, vía Orán, a Alicante en agosto de 1936. Toscano y Pantoja encontraron acomodo burocrático en el cuartel de milicias. Les duró poco, ya que la Columna Maroto, compuesta por anarquistas y comunistas, quedó formada el 6 de agosto, saliendo inmediatamente, vía Murcia, hacia el frente de Granada para contribuir a la liberación de la ciudad. Los rutilantes milicianos entraron en línea en la zona de Guadix y la prensa alicantina reflejaba en tonos triunfalistas sus primeros combates. Sucede aquí un hecho difícil de explicar, pese a la declaración efectuada en los interrogatorios a los que fue sometido Guillermo Toscano tras ser detenido al acabar la guerra en abril de 1939. Según él chocó con el «comandante» Francisco Maroto, el «Durruti andaluz», hasta el punto de retornar con Pantoja a Alicante sin más[8].
Sea como fuere lo cierto es que Toscano y Pantoja, a los que se unirían Serrat, Perera y unos días después Manuel Beltrán fueron destinados a un puesto cómodo en «misión especial», lejos del peligro del frente: constituirse en «guardia personal» de José Antonio y Miguel. Acababan de convertirse en guardias de seguridad interior de prisiones, lo que en una situación de guerra no estaba nada mal. Atendiendo a hechos posteriores habría que estimar que dependían directamente del Comité Popular Provincial de Defensa y todos debían de tener la consideración de «hombres de confianza»; además llevarían el armamento usual en las fuerzas de seguridad, los mosquetones mauser modelo 1916. Toscano, como jefe del grupo, llevaría una pistola. Los hermanos Primo de Rivera compartían cuando llegaron celda por lo que establecieron turnos ante la misma o en el pasillo y les acompañaban en su tiempo de paseo en el patio. En el interior de la prisión eran más que disuasorios y cualquiera que intentara llegar hasta los hermanos sabía en Alicante que esta guardia especial estaba allí. Desde que llegaron se acentuó la necesidad de tratar con los anarquistas para llevar adelante cualquier intento de liberación o canje de José Antonio. Hasta la ejecución nunca abandonaron su puesto y, como recuerda López Zafra, estuvieron siempre presentes durante la actuación en la cárcel del juez instructor y después en la sala del juicio. Guillermo Toscano explicó en sus sucesivas declaraciones cuáles eran sus obligaciones en la prisión:
«[…] las primeras órdenes le fueron dadas por la Organización (CNT) y consistían en hacer guardia cerca de la celda en que estaban recluidos, sin someterse a las órdenes de nadie; que ellos irían a la cárcel donde se les proporcionaría lo necesario para desempeñar su cometido»[9].
Según la declaración de Luis Serrat, su misión «principal era la labor de defensa de JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA y su hermano Miguel, como precaución contra posibles reacciones del pueblo y presos comunes contra ellos. Que estas guardias la efectuaban al interior de la prisión. Que este servicio lo efectuó de una manera periódica desde el 6 de noviembre hasta el 23 del mismo mes»[10].
Es muy difícil pensar que a aquel grupo se les pasara por la cabeza que un día tendrían que ejecutar a José Antonio. De hecho, pese a sus diferencias, Toscano entabló una cierta relación con los Primo de Rivera. Él, personalmente, solía vigilar los paseos aislados de José Antonio, por lo que hablaba con él de «cuestiones sindicales» prácticamente todos los días. Toscano, al prestar declaración ante la Causa General, recordaba que el líder falangista intentaba captarlo «para sus doctrinas falangistas, coincidiendo en muchas ocasiones». Recordaba que «siempre le hacía ver que los obreros no lo comprendieron nunca». Su trato con José Antonio y su hermano debió ser muy correcto y amable, a pesar de las circunstancias, ya que Miguel, intercedió por él, una vez que fue detenido al acabar la guerra, hasta que se demostró su participación en el piquete de ejecución de su hermano y ser quien le dio el tiro de gracia.
No hay constancia de que el comportamiento de este grupo, durante semanas, con los hermanos Primo de Rivera fuera duro. Miguel Primo de Rivera, por ejemplo, recordó al testificar en el procedimiento sumarísimo contra Manuel Beltrán que con «nosotros su conducta fue correcta» y con José Antonio «se comportó en forma corriente, sin violencias y sin ensañarse con el mismo»[11].
Cuando se hizo evidente que pronto tendría que comparecer ante el Tribunal Especial Popular, el líder falangista comenzó a poner en orden su vida para enfrentarse a la muerte. El 10 de noviembre, aprovechando que tenía que declarar ante el juez instructor, Federico Enjuto, pidió a este la presencia de un notario para poder hacer testamento. Enjuto Ferrán se encargó de hacerlo posible. El día 12, el director de la prisión firmaba la autorización para que el notario don Mariano Castaño pudiera entrar en la Provincial:
«Los Srs. Oficiales de servicio permitirán la entrada en el establecimiento penitenciario al notario don Mariano Castaño para que extienda testamento el recluso José Antonio Primo de Rivera, lo cual se efectuará en presencia de los oficiales don Trinidad Muñoz y don Vicente Muñiz»[12].
El secretario del juez, Tomás López Zafra, se había encargado de localizar al notario. La información sobre lo que sucedió aquel día es contradictoria pese a ser su autor el propio López Zafra. Las diferencias entre la declaración efectuada ante el instructor de la Causa General y la publicada en el diario Arriba probablemente se deba al lógico adorno periodístico de la segunda.
Si nos atenemos a los hechos aquel día, en el locutorio, José Antonio recibió al notario en presencia del juez y del fiscal Vidal Gil Tirado. Había preparado el texto que entregó en unas cuartillas al secretario del juez, López Zafra. Este procedió a leerlas ante el notario Mariano Castaño Mendoza. Era la minuta de un testamento con dos partes. Una de índole privada en la que instituía herederos a todos sus hermanos dejando una especie de legado para su tía. Y después una parte política. Vidal se opuso a que se aceptara la parte política del documento diciendo: «esto no es un testamento». En la declaración de López Zafra encontramos algunas notas sobre su contenido: «en dicha parte política, según recuerda el dicente, ya que una simple lectura con el tiempo transcurrido, hace que no recuerde con precisión al detalle, José Antonio hace historia del nacimiento de la Falange y su desenvolvimiento en la vida nacional. Razona por qué crea la Falange, su concepción de la misma y cree que hizo referencia a su misión en lo futuro». José Antonio tuvo el primer choque con Gil Tirado al replicarle ante su oposición: «Tampoco va a permitirme eso».
No parece que Enjuto Ferrán se opusiera al mismo, ya que el notario salió de la prisión con el texto para protocolizarlo, y esto solo pudo hacerlo con permiso del juez. Según López Zafra fue Gil Tirado quien recurrió al Comité Popular Provincial para evitar que se cumpliera el trámite legal, lo que explica que los oficiales de la notaría se negaran a hacer su trabajo y fuera el propio notario el que preparara el documento. No es difícil estimar que la oposición de Gil Tirado debió de estribar en la carga probatoria que aquel documento podía contener en favor de la defensa. Refrendo indirecto de la razón por la que pese a ser citado como testigo en el juicio y acudir al mismo, como sabemos, no se le permitió declarar. Del documento nunca más se volvió a saber, siendo lo más probable que el notario lo destruyera para evitar males mayores[13].
Condenado a muerte, solicitó la presencia de un sacerdote y un notario. Es evidente que José Antonio desconocía los efectos de la persecución religiosa. Para ello se dirigió a la Comisión de Justicia del Comité Provincial de Defensa. La decisión dependía de un nuevo personaje de la tragedia, José María Sánchez Bohórques. Abogado fiscal del Tribunal Especial Popular era, a la vez, secretario de la JSU alicantina; se había hecho un nombre por su intervención en los procesos contra los falangistas alicantinos. El secretario del Tribunal Especial Popular, Haroldo García, testimonió que Sánchez Bohórques, miembro de la comisión, se opuso a que se permitiera a un notario protocolizar el testamento de José Antonio; sin embargo, apoyó que se localizara un sacerdote «porque este nos revelará la confesión»[14]. El Comité Popular Provincial de Defensa autorizó que un sacerdote preso pudiera confesar a José Antonio:
«Comité Popular Provincial de Defensa
Sección de Justicia Popular
Autorizamos al Director de la Prisión Provincial para que elija un sacerdote que confiese al condenado José Antonio Primo de Rivera, teniendo entendido que la confesión ha de durar como máximo una hora. SALUD.
Alicante a 18 de noviembre de 1936»[15].
Tradicionalmente se sitúa en la tarde noche del 18 de noviembre la confesión de José Antonio, aunque Guillermo Toscano, en una de sus declaraciones, anotó que fue el día 19. El sacerdote tenía que estar en la Provincial, no podía venir del exterior.
José Manuel Planelles Marco había sobrevivido a la persecución. Tuvo que comparecer ante el Tribunal Especial, presidido por Juan Francés, que sustanciaba las causas contra los denominados desafectos, siendo absuelto. Su familia había acudido a recogerlo el día 18, pero él se negó a abandonar la prisión porque iba a asistir a José Antonio, pese al peligro que ello, lógicamente, entrañaba. Tenía 51 años pero era un hombre envejecido[16]. El líder falangista lo retrató como un «sacerdote viejecito y simpático». José Antonio se dirigió a él en latín. Se comentó que le hizo alguna pregunta teológica con el fin de asegurarse que era realmente un sacerdote, pero dado el tiempo que llevaba en la prisión es dudoso que no conociera su existencia. Los vigilantes y el director se alejaron, les dejaron solos mostrando un profundo respeto. En la distancia vieron a José Antonio, rodilla en tierra, mantener un largo diálogo con Planelles. La confesión duró 45 minutos. Al finalizar, el sacerdote le bendijo y le dejó un librito de los Evangelios que sería una de sus últimas lecturas. Al concluir, ambos se abrazaron. Cuentan que cuando regresó a su celda comentó: «Hoy he confesado a uno que va a morir por todos nosotros»[17].
Jueves, 19 de noviembre de 1936.
Los anarquistas, que habían sido su particular «guardia personal», solo ocasionalmente pudieron verle aquel día, aunque estaban con Miguel. Los testimonios indican que su último día de vida lo pasó escribiendo y paseando por su celda. Después de tanto tiempo con él, los funcionarios estaban impresionados de verle allí, en aquella incómoda celda sobre su mesita. Su hermana tuvo la misma sensación al presenciar aquellos hombres el último encuentro que tuvieron en la noche del 19 de noviembre: «no perdían una sola de sus palabras y tenían reflejada en sus caras la admiración hacia aquel hombre que, a las mismas puertas de la muerte, tenía un espíritu tan fuerte y no perdía un momento su valor». Que no se trata de un relato de exaltación posterior lo revela el testimonio recogido por el secretario de la Audiencia de Alicante: «habiendo sido admirable la entereza de José Antonio y su preparación espiritual para afrontar con dignidad el trance supremo del paso a la otra vida, pronunciando serenamente y con la mayor firmeza y fe palabras de consuelo a su tía y hermana acongojadas»[18]. Domingo Díaz estuvo en la prisión, ante la celda de José Antonio, ese último día dejando un testimonio similar:
«Lo veía a través de la reja de la celda. Paseaba. Quedaba abstraído un momento. Nadie se atrevió a molestarle. Su valor imponía respeto a todos. De vez en cuando paseaba con andar firme y seguro… andaba con una gallardía que no se puede describir»[19].
José Antonio, sabiendo que se agota el tiempo, ha pedido al director dos cosas: primera, que sus hermanas puedan acudir a verle lo más tarde posible; segunda, que pueda despedirse de Miguel poco antes de ser ejecutado. Escribía, rezaba y leía el librito sobre los Evangelios. Se estaba preparando para morir, necesitaba alejar su mente de cualquier pensamiento de ira, desesperación o venganza. Como católico quería morir perdonando y pidiendo perdón, algo que atraviesa sus últimos escritos.
Con letra que muestra una asombrosa serenidad, una profunda tranquilidad, ha escrito a mano su testamento y sus últimas disposiciones. Un texto que se inicia con una profesión de fe poniéndose en sus manos:
«Condenado ayer a muerte, pido a Dios que, si todavía no me exime de llegar a este trance, me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos sino la de su infinita misericordia».
Tampoco olvida su fe cuando escribe las que serán sus últimas disposiciones incluyendo hasta el detalle de «rogar especialmente» a sus albaceas, Fernández-Cuesta y Serrano Suñer, que destruyan «cualesquiera libros prohibidos por la Iglesia o de perniciosa lectura que pudieran hallarse con los míos», pero la primera de sus cláusulas la reserva para hacer una nueva profesión de fe con una petición que en aquellos momentos no podrá ser posible:
«Deseo ser enterrado conforme al rito de la Religión Católica Apostólica Romana que profeso, en tierra bendita y bajo el amparo de la Santa Cruz».
Ha tenido fuerzas para escribir 12 cartas de despedida a los más cercanos. Lo hace a última hora de la tarde y principios de la noche. Ignora aún el asesinato de su hermano Fernando. Cartas en las que desgrana su adiós y su anhelo consciente de que su vida ya solo está en manos de Dios.
Están cruzadas aquellas últimas líneas por la esperanza de que aún pueda llegar el indulto; revelan sus propósitos para afrontar las que pueden ser sus últimas horas. Entre líneas deja entrever que va a dedicar su soledad a la comunicación con Dios. Pide de «todo corazón» a Dios que se le «alargue la vida», porque está «profundamente necesitada de enmienda». Su última compañía es la Biblia que le hizo llegar Carmen Werner, la dirigente de la Sección Femenina a la que dedica una de aquellas misivas[20]. Tiene a mano el artesanal cuadernito de oraciones que conocemos que contiene las peticiones para la conclusión del Santo Rosario. Entre ellas la encomienda «al Patriarca San José para que nos alcance una buena muerte».
Espera «la muerte sin desesperación» pero también «sin gusto». A él le hubiera consolado morir «con todo el rito y la ternura de la muerte tradicional», en casa y rodeado de amigos, «respirando un aroma religioso de sacramentos y recomendaciones del alma». Le horroriza en cambio «morir fulminado por el trallazo de las balas, bajo el sol triste de los fusilamientos y haciendo una macabra pirueta»[21]. José Antonio quería morir con absoluta dignidad. Era algo que le obsesionaba desde hacía tiempo según refirió al acabar la guerra Rafael Garcerán:
«Una noche, me habló de la manera de ir a la muerte ciertos personajes históricos conocidos y criticó el poco espíritu de alguno que llegó al patíbulo en brazos de sus ejecutores. Sostenía que la muerte, ingrata siempre, debía afrontarse con absoluta dignidad, y me refirió una pesadilla que tuvo sobre este hecho que siempre fue objeto de especial preocupación para él. Había vivido en sueños su fusilamiento con una fuerte sensación de detalle y estaba satisfecho de sí mismo.
Se frotaba las manos con alegría casi infantil y me aseguró que estaba contento de la prueba porque ella le deparó la certeza de que cuando llegara el caso lo llevaría de veras con toda dignidad»[22].
Una y otra vez escribe: «si Dios me concede seguir viviendo»; «Dios quiera que acabe de otro modo»; «unos días que, si Dios no lo remedia, son los últimos míos»[23]; «si Dios dispone que viva»; «creo que aún podría ser útil mi vida y pido a Dios que se me conserve»; «Dios quizá quiera que acabe de otro modo»; «aún tengo esperanzas de que se me evite» la muerte, «me ilusiona la esperanza de vivir»[24]. Pero «todo lo dejo resignadamente en manos de Dios»[25]. En el cuadernito de oraciones se pide al Señor «piedad y misericordia de mí». Pero, en el fondo, era el final que sabía que no podía esquivar. En uno de sus libros, concretamente en uno que contenía el poema de Campoamor, El tren expreso, había subrayado unos versos que decían: «mi agonía es la bárbara agonía del que quiere evitar lo inevitable». Al lado había escrito: «¡Qué gran verdad!».
Al mismo tiempo es el hombre que se muestra preparado para morir y que trata de consolar a los suyos, ya que «tal vez en otra ocasión me cogiera peor preparado para la eternidad»[26]. Si Dios lo dispone «moriré confortado con el ejemplo de tantos que cayeron más jóvenes que yo y más humilde y silenciosamente»[27], que «él acoja mi alma y me sostenga para que la decorosa resignación con que muera no desdiga junto al sacrificio de tantas muertes frescas y generosas». Está preparado para «morir bien» porque tras confesar está «lleno de paz»[28]. El católico profundo que es, en la soledad de la prisión, probablemente reza las oraciones del cuadernito[29]:
«Creo en Dios padre, creo en Dios Hijo…
Creo en todo aquello que cree y confiesa Nuestra Santa Madre la Iglesia Católica Apostólica y Romana en cuya fe y creencia quiero vivir y morir…
Amo a Dios padre. Amo a Dios hijo. Amo a Dios Espíritu Santo. Amo a mi Dios y quisiera amaros con aquel amor con que merecíais ser amado y de no haberos amado y de haberos ofendido me pesa Señor. Señor porque tened Piedad y Misericordia de mí».
Está preparado para comparecer ante Dios: «dentro de pocos momentos ya estaré ante el Divino Juez, que me ha de mirar con ojos sonrientes»[30]. Se marcha de este mundo tras pedir perdón a todos y rogando «que vosotros, de vez en cuando, penséis que se fue del mundo queriéndoos con toda el alma vuestro hermano que os abraza».
No llores, Carmen
Al acabar el Consejo de Ministros, entre las siete y las ocho de la tarde, tras la oportuna orden, se cursó a Alicante la comunicación del enterado. Sobre las nueve el director del Reformatorio, que si tenía noticia de ello no lo reveló, acude a ver a Carmen, Margot y la tía Ma para que se preparen, van a ir a la Provincial para despedirse de José Antonio. Quien no podrá ir con ellas es Pilar Millán Astray, compañera de infortunio[31]. Todo está previsto, la autorización está firmada a la espera de ejecutarse, había sido cursada por el director de la prisión, atendiendo a la petición del líder falangista, el día antes:
«Gobierno Civil
Comité Popular Provincial de Defensa Justicia Popular
Autorizamos al Director de la Prisión Provincial para que ponga en comunicación al condenado José Antonio Primo de Rivera con sus familiares detenidos en esa Prisión y en el Reformatorio.
El tiempo de duración de esta entrevista ha de ser el de uso y costumbre en causas análogas.
SALUD
Por la Comisión
Alicante a dieciocho de noviembre de 1936.
AL DIRECTOR DE LA PRISIÓN PROVINCIAL»[32].
Adolfo Crespo ha esperado hasta el último momento, pero dado que la sentencia tiene que cumplirse inmediatamente, y el plazo se agota al amanecer, si quieren verle, tienen que ir a la prisión provincial. Ellas le habían pedido que solo en «último extremo fueran a sacarnos de nuestra cárcel para evitarnos lo que con razón considerábamos dolorosísimo». Sobre las nueve y cuarto debieron encontrarse con José Antonio, eran conscientes de que la ejecución estaba confirmada. En 1942 Margot recordaba que su cuñado las recibió «risueño y tranquilo». Le esperaron en una celda habilitada para ello. Llegó escoltado: «es imposible –escribe Carmen– decir con palabras la impresión de esos momentos. No existe ninguna que lo pueda expresar. El hermano, a quien adorábamos, venía hacia nosotros por última vez, imposibilitado, a pesar de su talento y de cuanto valía, de salvar su propia vida». El fundador de la Falange trató de tranquilizar a sus familiares:
«Al vernos, sonriente, y sin perder ni un momento la serenidad, nos abrazó a las tres. Yo, entonces, no pude dominarme más, y loca, entre el esfuerzo que venía haciendo y la emoción enorme rompí a llorar. El me besó con toda su alma, mientras me decía:
–“No llores Carmen, todavía hay esperanzas”.
–“No es posible… José –le dije yo–, no es posible que puedan hacer esto contigo”.
–“Es lo natural, han sido tantos los de la Falange que han caído ya, que yo, que soy el Jefe de ellos es natural que caiga también. Pero aún hay esperanzas: tengo tres probabilidades contra siete…, pero puede ser…”, y vuelto al Director que nos acompañaba le preguntó:
–“¿Es que me las trae usted porque me han negado el indulto? Esto me hace pensar que es así”.
–“No –le dijo categóricamente el Director–; aún no ha llegado la confirmación de la sentencia”.
Cambió enseguida la conversación y entonces nos preguntó por Fernando. Nosotras sabíamos que Fernando había dicho que estaba en Sevilla, se lo dijimos a él así.
– “Se ha salvado –repitió– entonces soy yo solo”. Esto lo decía con la inmensa alegría de pensar que sólo era él quien debía morir.
Luego volviéndose a tía Ma, le dijo:
–“No te preocupes, tía Ma, he confesado y estoy muy tranquilo. Ha bajado un sacerdote que está también preso y he confesado con él; además, desde que nos metieron en este proceso feroz me estaba preparando por si llegaba este momento, y todos los días he hecho oración y rezado el rosario. Además, me han dado muy bien de comer; no hay nada como estar condenado a muerte para que le cuiden bien a uno. En vez del rancho que nos dan todos los días, me han dado sopas de ajo con huevos y una carne estupenda…”
Yo, que conservaba un crucifijo, se lo di y le dije:
– “Sólo con mirarlo tiene indulgencia plenaria para la hora de la muerte… te lo traigo por si acaso”.
Lo cogió inmediatamente con verdadero gusto y lo enseñó a los que estaban allí: «Es sólo un crucifijo lo que me han dado», por si pudieran creer otra cosa[33].
El reloj sobrepasaba las diez de la noche cuando abandonaron la prisión provincial. No transcurre una hora cuando el director de la cárcel recibe una llamada del Gobierno Civil, ha llegado el enterado a la sentencia. No obstante, pide confirmación por escrito. Una hora después se recibe el documento[34].
«Gobierno Civil
Comité Popular Provincial de Defensa Orden Público
Sírvase entregar a las fuerzas encargadas de ejecutar la sentencia de muerte a los detenidos, José Antonio Primo de Rivera.- Ezequiel Mira Iniesta.- Luis Segura Baus.- Vicente Muñoz Navarro.- Luis López López.
Alicante, 19 Noviembre 1936.
Por la Comisión, R. Llopis
Vº Bº, El Gobernador Civil».
Cerca de la medianoche el director se lo comunica a José Antonio. A pesar de ello aún se piensa en que a última hora pudiera aplazarse la ejecución. De hecho, unas horas más tarde, antes de partir, el alférez que está formando el pelotón de la Guardia de Asalto que se va a trasladar a la prisión para ejecutar a José Antonio, de acuerdo con el protocolo establecido por la ley, accede a las dependencias del gobernador por si se hubiera producido alguna novedad. José Antonio ha preparado el sobre en el que introduce el testamento y sus últimas cartas. La noche es fría, la celda húmeda y oscura, es difícil conciliar el sueño, por ello pide que le den algo que le permita dormir[35]. Deberán despertarle poco antes de la ejecución, quiere vestirse adecuadamente, para poder despedirse de su hermano.
¿Quién debe fusilar a José Antonio?
No hay constancia de cuándo se decidió que la ejecución tuviera lugar en el patio de la prisión situado a la izquierda de la parte trasera del edificio, en el lugar donde en una pequeña dependencia separada está la enfermería. Parece evidente que el cambio obedece a la posibilidad cierta de que se produjera alguna acción en el breve camino que va de la prisión al cementerio.
Corresponde, según había previsto Gil Tirado atendiendo a lo dispuesto en el Código de Justicia Militar, la ejecución a la fuerza pública a la que deben de ser entregados los reos. Por ello, pasadas las dos de la mañana el capitán de la Guardia de Asalto, Eduardo Rubio Funes recibe la orden de formar el piquete de guardias que compondrán el pelotón que aplicará la sentencia de muerte a José Antonio. Llamará al alférez Juan José González Vázquez: debe formar y mandar la fuerza. Sobre las cinco de la mañana los guardias van llegando. A las seis menos cuarto de la mañana saldrá con sus hombres hacia la prisión provincial[36]. No está prevista la intervención de milicianos.
Parece distinto el parecer del Comité Popular Provincial de Defensa-Orden Público. En su seno se estaba discutiendo quién debía tener el «honor» de fusilar al fundador de la Falange. La FAI exige que quienes formen el piquete sean hombres de toda confianza. Ramón Llopis, que preside la Comisión de Orden Público, cursa a la prisión la orden de formar el pelotón con los milicianos de la cárcel, pero estos son pocos y decide enviar más hombres. La razón de ello la encontramos en una declaración perdida en los legajos de la Causa General que nos alerta del rumor sobre un intento de compra de la Guardia de Asalto para intentar liberar a José Antonio y conducirle a un consulado, probablemente al británico. Ante ello, Llopis quiere evitar sorpresas de última hora: la Guardia de Asalto no intervendrá[37].
Guillermo Toscano es despertado de madrugada, tiene una llamada de Ramón Llopis. Este le informa de que con sus hombres forme el núcleo del pelotón de ejecución, advirtiéndole que bajo ningún pretexto la ejecución puede realizarse fuera de la prisión y que enviará hombres para apoyarle. Debió quedar sorprendido porque el oficio de entrega nada decía sobre ello y era algo que correspondía a la fuerza que enviara el gobierno civil. No tiene mucho donde escoger por lo que todos los milicianos que han estado vigilando a ambos hermanos son seleccionados no sin ciertas protestas por parte de alguno de ellos que se exteriorizarán en el instante final.
Sobre las cinco de la mañana entran en la prisión los milicianos de la FAI enviados por Llopis, que probablemente quedan a las órdenes de Domingo Díaz. Estos hombres, según la tradición oral, estaban tomando un coñac en un bar cercano antes de entrar en la prisión vanagloriándose de que iban a fusilar a José Antonio. También llegan los miembros de la Guardia de Asalto y después unas decenas de acompañantes autorizados por el Comité Popular Provincial de Defensa para contemplar la ejecución, menos de una treintena de personas, entre ellas un fotógrafo; un grupo de «exclusivos invitados». Todos ellos tienen que ser hombres de confianza. En el exterior de la prisión, por orden de Ramón Llopis, también hay concentrados algunos pequeños grupos para evitar cualquier posible traslado.
Piquete de ejecución
En la investigación abierta al final de la guerra no fue posible identificar correctamente a todos los integrantes del piquete que ejecutó a José Antonio y a los denominados durante décadas «mártires de Novelda». Una sombra cubría aquellos nombres de los que solo 3 o 4 trascendieron, aunque abundaron las noticias sobre posibles «asesinos», porque en la «España de la victoria» lo que había sucedido aquel amanecer del 20 de noviembre fue un asesinato cubierto por un aparente manto de legalidad.
En nuestro trabajo El último José Antonio ofrecimos por vez primera una identificación de gran parte de aquellos hombres, pero a día de hoy continúa siendo imposible tanto precisar el número de los integrantes de aquel pelotón como los nombres de todos ellos.
El patio n.º 5 de la prisión en que se efectuó la ejecución no era muy grande. Quienes hemos estado allí, antes de su demolición, sabemos que es difícil formar una línea frente al lugar en que se situaron las víctimas superior a una docena de hombres, máxime si necesitan espacio para disparar con mosquetones; el espacio es un rectángulo. Pero aún estando allí hoy, donde existe un jardín, es posible retrotraernos a la realidad de aquel lugar.
A las seis de la mañana concurrían en la Provincial dos piquetes: el primero, formado por los guardias de asalto a las órdenes del alférez Juan José González Vázquez; el segundo, integrado por los milicianos de la prisión y los refuerzos de la FAI. Quizás sumaran una veintena de hombres. Cabría estimar, según las declaraciones, que los que se dispusieron a formar para la ejecución podrían llegar a la docena.
| Tabla XII El piquete de ejecución | |||
| Nombre | Ideología | Empleo | Papel desempeñado |
| Domingo Díaz | FAI | Sargento | ¿Jefe de la ejecución? |
| Demetrio Monllor | Cabo | Guardia de Asalto | |
| José Belda Serrano | Cabo | Guardia de Asalto | |
| Francisco Blanes | Guardia de Asalto | ||
| Antonio Pastor | Guardia de Asalto | ||
| Luis Serrat Martínez | CNT | Fusilero | |
| José Pantoja Muñoz | CNT | Fusilero | |
| Marciano López Molina | FAI | Fusilero | |
| Francisco José Perera Perera | Anarquista | Fusilero | |
| Andrés Gallego Pozo | Fusilero | ||
| Manuel Beltrán Saavedra | Anarquista, UGT | Fusilero | |
| Simón García Urgell | Fusilero | ||
| Augusto García, el Portugués | Fusilero | ||
| Dositeo/Doroteo Sánchez Fernández | Comandante | Según declaración propia | |
| Guillermo Toscano | FAI | Autor del tiro de gracia | |
El testimonio de Diego Molina Molina, que viene a coincidir con los pocos datos que consiguió reunir Miguel Primo de Rivera, reduce el pelotón de ejecución a doce personas: seis por la prisión y otros seis milicianos de la FAI que «vinieron del exterior». La mayoría eran anarquistas[38]. Luis Serrat afirmará en sus declaraciones que fueron 8 y José Pantoja «unos catorce»[39].
El piquete no es uniforme, algunos de sus miembros han pedido participar: hay milicianos anarquistas, miembros del 5º Regimiento de Milicias Populares y algún guardia de asalto. Ningún funcionario de la prisión ha querido participar y algunos se negarán a presenciar la ejecución despidiéndose de José Antonio antes de que este traspasara la puerta que conduce al patio desde la celda en la primera planta que ocupaba.
Los testimonios recogidos indican que no hubo en realidad un jefe del pelotón efectivo. Nadie dio la orden de fuego. José Antonio precipitó la ejecución. Nominalmente el piquete debería haber sido mandado por el alférez Juan José González Vázquez. De hecho, cuando fue detenido en octubre de 1939 en la prensa se le presentó como el oficial al mando del piquete, y como tal ha aparecido en algunos textos[40]. En algunas declaraciones se habla de la presencia de un sargento con el que intercambiaría alguna palabra José Antonio, pudiera ser el mencionado Domingo Díaz o Doroteo Sánchez si es que este formó parte del pelotón; el primero estaría al mando de los milicianos de la FAI llegados a la prisión. Finalmente se estimó que, por razón de armamento, pues portaba pistola, y porque le dio el tiro de gracia a José Antonio, lo que habitualmente hace quien manda el pelotón, el jefe de los fusileros era Guillermo Toscano. A ello contribuyó alguna de sus declaraciones en la que no midió bien el alcance de sus palabras al explicar que el director de la prisión, Adolfo Crespo Orrios, le dio un oficio para realizar la ejecución[41].
A partir de los interrogatorios efectuados a los detenidos y a los sometidos a procedimiento sumarísimo, la instrucción de la Causa General pudo establecer con seguridad la participación en la ejecución de Guillermo Toscano, Luis Serrat Martínez, José Perera Perera, Manuel Beltrán Saavedra, José Pantoja Muñoz y Antonio Pastor. No pudieron identificar a quienes recibían los apodos de el Portugués y Pascualet. Sin embargo, según declaración de Carmen Hernández, en uno de los procesos en Alicante tras la guerra, el Portugués era el mote de Augusto García[42]. Por su parte, Pascualet o Pascualín era uno de los guardias de asalto. En junio de 1939 la policía incluye en el listado de los integrantes del pelotón a Andrés Gallego Pozo. Según otros testimonios también intervino Dositeo/Doroteo Sánchez Fernández, que llegaría a comandante del Ejército Rojo, quien quizá pudiera ser el sargento que algunos testimonios mencionan[43]. Otros dos nombres deben ser añadidos a ese listado, Diego Molina y Domingo Díaz, ya que, aunque no hemos encontrado referencias a ellos en la Causa General sus declaraciones concuerdan con los relatos conocidos[44].
No era fácil la identificación porque los integrantes del pelotón no se conocían entre sí. Solo los que estaban en la Provincial mantenían relación entre ellos; de ahí que sus nombres pudieran ser recordados casi tres años después de los hechos. Cualquiera que hubiera participado en la ejecución sabía que si era detenido tras la victoria de los nacionales sería condenado a muerte. Algunos, si seguimos testimonios personales, fueron a su vez ejecutados al ser localizados, aunque solo se tuvieran sospechas sobre su presencia entre aquellos hombres. Queda, por ejemplo, el testimonio recogido por Luis Soler del quintacolumnista Miguel Pérez Mateo. Resumamos el relato.
Al acabar la guerra, un grupo importante por su volumen de «republicanos» aguardaba su salida en el puerto de la ciudad. El coronel Rodrigo ordenó que, a todos, menos a los comunistas, se les dejara regresar a todos a sus casas. Allí descubren a un miliciano que se jactaba de haber participado en la ejecución de José Antonio. Suficiente para ser ejecutado en el acto. Pérez Mateo consigue que se le traslade a la Diputación donde un alférez quiso pegarle «cuatro tiros» y ahí se pierde su rastro.
Por otro lado, en Valencia fue detenido otro de los presuntos integrantes del piquete, Simón García Urgell, siendo ejecutado.
Queda un listado no muy extenso de nombres, que, de un modo u otro, fueron citados como integrantes del pelotón y en algún caso sometidos a procedimiento sumarísimo por las nuevas autoridades. Se habló de los hermanos Ferrando, del cabo Andrés Almela, que algún autor incluye entre los miembros del pelotón, pero no participaron. En las notas dispersas del instructor de la pieza sobre José Antonio en la Causa General se registra la presencia de un tal «Juan Tenorio», indicando que salió de Huelva con Guillermo Toscano, quizás fuera simplemente el apelativo de alguno de los milicianos de la prisión.
El diario Amanecer incluyó, publicando su fotografía, entre los integrantes del pelotón al capitán Ángel Becerra, pero los investigadores de la Causa General consignaron que en esa fecha no se encontraba en Alicante[45]. Teófilo Torres Burguillo fue denunciado por haberse «jactado de haber dado cinco tiros a José Antonio», lo que le implicaba en la muerte del líder falangista; cinco tiros eran los que permitían el tipo de mosquetón empleado en la ejecución. Fue condenado a muerte por ello y por ser comisario político. Franco no conmutó la pena[46]. Según declaración de Carmen Hernández, que recogía la información de José Pantoja, en el piquete había 5 comunistas y 2 guardias de asalto, siendo uno de ellos Federico Esteve Navarro Federo, afiliado a la UGT y a Izquierda Republicana. Ello supuso la apertura de un procedimiento sumarísimo contra él. Federico Esteve compareció ante el tribunal para hacer frente a tan grave acusación y explicó:
«Que es cierto que con motivo de la sentencia de muerte dictada contra JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA, durante los dos o tres días anteriores a su ejecución, se redobló el servicio exterior de la Cárcel Provincial, servicio este que realizó la fuerza de la 40 Compañía de Asalto y por tanto le correspondió a él realizarlo también. Que el día de la ejecución fueron llevados otros reos desde el Reformatorio a la Cárcel Provincial, en la que fueron ejecutados juntamente con José Antonio, en cuya conducción intervino el dicente, fuerza que la realizó al mando del Teniente GONZÁLEZ, aun cuando este extremo dice no lo recuerda con exactitud.
Que recuerda que el piquete de ejecución de JOSÉ ANTONIO Y SUS COMPAÑEROS, lo formaron un grupo de milicianos, así como que el entonces guardia de Asalto ANTONIO PASTOR, hoy fallecido por haberle dado muerte su esposa o querida, se destacó del grupo de los guardias de custodia e hizo fuego sobre las víctimas; que él no hizo fuego sobre los que se iban a ejecutar por motivo de hallarse formando parte del piquete de custodia distante de aquellos unos diez o doce metros; que una vez ejecutadas las víctimas fueron cargadas en una ambulancia en la que fueron trasladadas al cementerio, al que también fue el dicente conduciendo el coche con la escolta»[47].
Federico Esteve era padre de cuatro hijos y la acusación podía llevarle a la muerte. Cierto que era indirecta, pero la testigo remarcó que después de la ejecución la mujer del acusado afirmó que había ido voluntario y que al volver «tuvo que lavarse las manos, que manchó de sangre al subir el cadáver al camión». En el Consejo de Guerra el tribunal desechó la acusación y optó por el sobreseimiento[48].
Durante muchos años, pasada la guerra, una foto dedicada de un miliciano, bastante reproducida, ponía rostro a uno de los teóricos miembros del piquete de ejecución. En el reverso de la misma se incluía el siguiente texto:
«Apreciable camarada te hago saber que no tengas inconveniente ninguno de enseñarle esta fotografía a los verdaderos comunistas para que sepan que fue el que le dio el primer tiro al Primo de Rivera y a cuatro más lo cual que disparé con mucha emoción porque comprendo que eran unos de los estorbos principales y a todas horas del día estoy dispuesto a quitar del medio cuantos más mejor…»[49].
Help me die with dignity
Pasadas las cinco de la mañana el oficial Enrique Alijo, al que corresponde la guardia aquel día, acude a despertar a José Antonio quien comienza a vestirse, entre la ropa se coloca el escapulario de la Merced, orden a la cual pertenecía[50]. Su pantalón gris y una camiseta han sido su vestuario en las horas antecedentes de capilla. No tiene camisas entre sus pertenencias, tan solo un jersey con cuello tipo polo de color oscuro. Va doblando su ropa que guarda en su maleta: las toallas, un pantalón blanco, algunos jerseys y el mono azul que le acompaña desde que entrara en la Modelo[51].
Guillermo Toscano está en pie desde las cinco de la mañana. Aún no dan las 6 de la mañana cuando se dirige a la celda de Miguel. En la mente de este quedó grabado aquel instante: «los pasos de los siniestros guardianes sonaron en mi alma con la angustia que se puede suponer, y cuando abrieron la celda, unas palabras secas, pero abrumadoras, hicieron que se confirmaran mis temores: Vas a despedirte de tu hermano»[52]. Es probable que hasta ese momento desconociera que se había dado el enterado a la sentencia: «Yo inmediatamente descendí a la galería del patio inferior, donde él se hallaba».
La escasa distancia existente entre las celdas se hizo eterna. La tensión rompe a Miguel quien, según relataría Margot en 1942, iba llorando. Hay muchas caras desconocidas en aquel pasillo. Alguien comentó: «llora porque le van a fusilar hoy». Miguel contestó: «lloro porque fusilan a mi hermano. Si se tratase de mí, no lloraría».
José Antonio le espera en su celda, está acabando de vestirse. Toscano les da quince minutos, la despedida no puede ser más larga. Hay pocas palabras. Ambos se funden en un abrazo. Es una situación incómoda. Hay 5 milicianos y guardias armados a las puertas de la celda. Ambos hablan en inglés, José Antonio le entrega un listado con las personas a las que quiere que haga llegar su despedida. Es un momento muy difícil. Se acerca a Miguel y le dice: «Help me die with dignity» («Ayúdame a morir dignamente»)[53].
Las seis y veinticinco de la mañana. Ya no tienen más tiempo. Solo para un último abrazo. José Antonio, serenamente, le dice: «Miguel, ¡Arriba España!». Este rememoró al llegar a la España nacional en 1939 aquel instante ante las cámaras: «al separarnos había tanta luz en sus ojos y tanta placidez en su semblante que yo le dije igual que si rezase a un santo: José Antonio, ruega por nosotros». Miguel anota en su memoria la hora de la despedida, las seis y veinticinco de la mañana.
«A las seis y veinticinco yo regresaba hacia mi celda, mientras José Antonio, erguido y solemne, caminaba hacia el patio para enfrentarse con las armas de los pelotones de ejecución que iban a fusilarle.
Deciros que aquel que siempre vivió con el espíritu tenso y el alma alegre fue a la muerte con la gallarda serenidad del que va a prestar su último servicio a España».
Como rezaba el protocolo de traslado le ataron las manos. Le pusieron su abrigo sobre los hombros[54]. En una salita situada antes de acceder al patio le aguardaban el director de la prisión junto varios de los oficiales de la misma. Van a despedirse. Probablemente, y por razones poco claras estaba allí el capitán Romualdo Maset Martínez de la Guardia de Asalto, no era el jefe de los hombres enviados por el gobernador civil. Era un oficial que había desarrollado una cierta amistad con José Antonio. Se despidió de él con un abrazo, no quiso acompañarle al lugar de ejecución[55]. Probablemente el director de la prisión ordenó que le retiraran las ataduras. Con él y con los oficiales de la prisión mantuvo una breve conversación, les tendió su mano diciéndoles: «Si alguna vez les he molestado o algo malo he hecho, perdónenme». Lo que cuadra muy bien a su modo de ser. ¿Con quiénes habló José Antonio en estos últimos momentos? Las fuentes aquí son contradictorias. Según la declaración de Diego Molina, el dirigente falangista habló con el Jefe del destacamento de ejecución, un sargento que nadie ha identificado. Parece más lógico que la petición que todos citan que hizo la realizara al director de la prisión o a alguno de los oficiales: «Como siempre que se fusila, se derrama sangre, yo quisiera que se hiciera desaparecer la que yo vierta, para que mi hermano no la vea». Aunque en 1938 se publicó que fue el juez Federico Enjuto quien recibió tal petición.
Con quien sí es seguro que mantuvo una breve conversación, aunque no se haya hecho referencia a ello, es con el oficial de prisiones de turno de ese día, quien además debía acompañarle, el oficial Enrique Alijo. Sin embargo, este, que apreciaba a José Antonio, no quiso presenciar la ejecución, aunque estuviera obligado a ello; se despidió del fundador de la Falange en la puerta. El hecho cierto es que el patio no se limpió, pero, fuera por lo que fuera, aquella zona quedó cerrada en los días siguientes a la ejecución.
El patio número cinco es el más cercano a la celda que ha ocupado. Se orienta hacia el noroeste. José Antonio mirará en dirección contraria, hacia un oblicuo amanecer.
Los chicos de Novelda
El 16 de agosto de 1936 se ordenó el traslado de 31 detenidos de Novelda a la prisión habilitada en el castillo de Santa Bárbara en Alicante, ya que la Provincial y el Reformatorio estaban copados. La mayor parte de ellos habían sido arrestados en la calle sin acusación formal alguna. 23 de ellos comparecerían ante el Tribunal Especial Popular, en el salón de actos del Ayuntamiento, a principios de noviembre acusados de un delito de conspiración para la rebelión. 4 de ellos, los falangistas Ezequiel Mira Iniesta y Luis Segura Baus y los militantes tradicionalistas, Vicente Muñoz y Luis López López, serán condenados a muerte el 12 de noviembre. Albergaron la esperanza de no ser ejecutados al alargarse la espera. Según escribió Vicente Muñoz, deberían haber sido ejecutados el día 16. Sin embargo, el enterado no llegó hasta el 18, pero no se produjo la inmediata ejecución. Según algún testimonio, se difundió que podían haber sido indultados, aunque es posible que solo fuera un rumor[56]. Manuel Torregrosa anotó que la dilación fue buscada a propósito para hacerla coincidir con la de José Antonio. No es descartable que el Comité Popular Provincial de Defensa decidiera ejecutarlos en la Provincial para dar la sensación de que la del líder falangista no era algo excepcional. La orden es firmada por Ramón Llopis Agulló.
Aquella misma mañana del 20 de noviembre fueron trasladados desde el Reformatorio y aguardaron en la zona de entrada hasta ser llevados al patio donde iban a ser ejecutados. ¿Qué pensaban aquellos muchachos en sus últimas horas? Al igual que José Antonio escriben a sus familiares despidiéndose y hay en aquellas cartas muchas similitudes con el modo de hacer frente a esta situación extrema con el líder falangista.
Unos días antes, Ezequiel Mira había escrito a su familia: «ahora que voy a morir tengo la satisfacción de que no tengo que reprocharme más que pequeños pecados que Dios me perdonará… A los que tan falsamente me acusaron los perdono. Recuerdos a todos los que me conocieron. Desde el cielo rezaré y miraré por vosotros y por ellos»[57]. Luis Segura Baus consuela a sus padres:
«Queridos padres: En estos últimos instantes de mi vida, solo os tengo en el pensamiento a vosotros.
Sí, querida madre. Muy duros han sido para mi los momentos últimos pero más lo han sido acordándome de vos.
No desesperéis y sobre todo no lloréis ni os aflijáis […] ¿Para qué, qué más da vivir unos años más o menos si al fin todos hemos de morir?
Tened mucha resignación, como yo la tengo, ya que hoy más que nunca me doy más cuenta que en este mundo solo hay podredumbre, vicios y pasiones desatadas.
Esta es mi última despedida y con ella recibid un beso hasta la eternidad en cuya busca voy.
Adiós».
Entre las cartas que, en las vísperas de la ejecución salieron de la prisión, figura una altamente reveladora de la personalidad de otro de aquellos jóvenes, Vicente Muñoz, y de la forma con la que se iba a enfrentar a la muerte. Estaba dirigida a su padre y hermano, en ella también perdonaba a los que le habían denunciado y condenado:
«Mi querido padre y hermano: en estas horas tristes en las que mi vida sólo depende de la voluntad de Dios, os hago presente mi gran cariño hacia vosotros y el dolor que siento por dejaros. Pedid a Dios mucho por mí, para que me acoja en su seno y me perdone las ofensas que en vida hice. Pedid también mucho por todos aquellos que injustamente me acusaron, para que les perdone, como yo les he perdonado. Sé que muero inocente, por lo tanto, no sufráis por mí, pues la misma inocencia y el saber que dejo un mundo injusto por otro mejor, si la piedad de Dios me lo otorga, me dará la resignación necesaria y el valor preciso, para mirar a la muerte sin temor. Despedidme de todos aquellos que en vida me hayan conocido y pedidles que me perdonen si algún mal les hice, ya que no puedo hacerlo yo. Feliz de mí, que veré pronto, si Dios quiere, a aquella santa que fue mi madre, para que junto con ella, pueda rezar por todos vosotros, como ella estará ahora rezando por mí. Adiós para siempre, mi querido padre, hermanos y deudos. Rezad por mí. Acordaos de mi novia y si algún día necesita algo de vosotros concedédselo como si fuera yo. Vuestro Vicente Muñoz Navarro».
Dos de ellos tienen novia. José Vicente, el 15 de noviembre, reúne las fuerzas suficientes para despedirse hasta la eternidad de Luisa. Es el otro testimonio del drama de aquel 20 de noviembre:
«Queridísima e inolvidable Luisa: creo que es hoy el último de los días de mi vida. Mañana, a estas horas, probablemente habré dejado de pertenecer al mundo de los vivos; pero en cambio, por la misericordia de Dios, que no por mis méritos, tendré la dicha de encontrarme en el cielo, que espero para ti. No me arrepiento de quererte tanto como te quiero; más que hasta ahora, en este mismo instante y más a cada minuto, que me quede de vida… Si quieres mi felicidad, debes alegrarte, porque la he encontrado en el seno de Dios…
El mismo ha querido esto, para bien de los dos, y en su piedad inmensa es porque juzga que éste es el mejor desenlace para la felicidad de nuestras almas. Él verá si te conviene –porque merecértelo te lo mereces– que encuentres otro hombre en esta vida que te haga más feliz de lo que yo te hubiera hecho […]
¡Qué sabemos nosotros, miserables criaturas, de la grandeza inescrutable de Dios! No llores por mí, más bien reza, porque así me beneficiarás. Tus oraciones me harán más bien que tus lágrimas, y haz que me recen también todas aquellas almas piadosas que me recuerden.
[…] Esta será mi última carta […] y te emplazo para el cielo que más tarde o más temprano ha de llegar para ti. Procura ganártelo. Así seaCon el corazón oprimido por la angustia de no verte más, te envía la sinceridad de su amor tu VICENTE»[58].
Con el fondo de una oración
La figura de José Antonio, poco antes del alba del viernes 20 de noviembre de 1936, se distanciaba de la que aún hoy se preserva. Había perdido peso, la cabeza rapada, su traje gris cubierto por el abrigo, con gran entereza según los testigos salió al patio; «ligeramente pálido» apunta un miliciano de la FAI capturado después. A su derecha, entre 20 y 40 personas, incluyendo a los milicianos y a los miembros de la Guardia de Asalto; a la izquierda, donde el muro separa la prisión del mundo exterior, quebrado por la pequeña enfermería en su esquina, hay unos muchachos y algunos hombres. Algunos funcionarios han decidido, quizás como último gesto de solidaridad y desagrado, no salir. Coinciden los testimonios a la hora de subrayar que la madrugada era muy fresca, recordando que sintieron frío. El alférez Gónzalez Vázquez anota que impresionó el momento en que José Antonio salió al patio. Hubo silencio.
Junto a José Antonio hay algunos de los que han sido su «guardia personal», entre ellos Guillermo Toscano y Luis Serrat. Este último es un joven anarquista que ha presenciado el juicio, lleva meses al lado de José Antonio, tiene poco más de 18 años. Está quebrándose. Casi con seguridad es él quien le dice: «Si te sientes mal, camarada, apóyate en mí».
Allí, parado, se desprende de su abrigo, como quien deja una coraza; quizás porque tampoco lo llevan los chicos que esperan para morir con él. Según Toscano, dejó caer su abrigo que un miliciano recogió, José Pantoja. Según Miguel Primo de Rivera, se lo entregó a un miliciano, pero reproducía lo que le habían contado. González Vázquez también anota que dejó caer el abrigo al dirigirse hacia el lugar de la ejecución[59]. Avanzó por decisión propia, sin guía ninguna.
El pelotón que está frente a los chicos de Novelda, es un conjunto en el que hay uniformes de la Guardia de Asalto, milicianos. José Antonio debió reconocer a aquellos que habían estado vigilándole en la prisión. Probablemente no lo esperaba. Más allá están los guardias de asalto que no van a participar. Nadie se identifica como jefe del pelotón. Es más que probable que se dirigiera a González Vázquez al reconocer los galones de alférez, pidiéndole ser el primero en ser ejecutado. Era lógico. La escena hacía prever que primero fueran fusilados aquellos jóvenes que no conocía y que ya estaban en el campo de tiro de la línea que formaría el pelotón. No quería contemplar una ejecución. Alguien debió notificarle que todos serían ejecutados a la vez. Preguntó si aquellos hombres disparaban bien.
Repasando los testimonios no es difícil suponer que José Antonio actuó de forma decidida. Nadie le acompañó hasta el lugar donde iba a dejar la vida. Ajustado al momento y al personaje parecen las escuetas palabras de «¡Vamos!» o «¡Cuando quiera!», dirigidas al pelotón[60].
En este momento, Julián Zugazagoitia, sin que ninguna fuente lo avale, inventa lo que Antonio Gibello consideró un «patético monólogo», que debemos reputar como apócrifo, melodramático e interesado:
«¿Verdad que vosotros no queréis que yo muera? ¿Quién ha podido deciros que yo soy vuestro adversario? Mi sueño es el de la Patria, el pan y la justicia para todos los españoles, porque carecen de pan y de justicia. Cuando se va a morir no se miente y yo os digo, antes de que me rompáis el pecho con las balas de vuestros fusiles, que no he sido nunca vuestro enemigo. ¿Por qué vais a querer que yo muera?»[61].
Él se colocó delante de aquellos chicos que quedaron a su derecha. El pelotón ya está en línea de ejecución[62]. Sonríe. Le dice a sus compañeros: «¡Ánimo, esto es cuestión de un momento!». Los jóvenes aún rezan. Según pudo saber Magdalena Mira, hermana de Ezequiel, habían iniciado un rosario poco antes de la ejecución esperando terminarlo en el cielo[63]. En ese instante, José Antonio, prende la Cruz de pobre bendecida que lleva al cuello con una cinta, probablemente de color rojo, para acercársela a los labios y darle un beso esperando la indulgencia plenaria. No la esgrime como en alguna reconstrucción se ha imaginado[64]. Una declaración prestada ante los instructores de la Causa General revela que uno de los anarquistas, componente del piquete, negándose a disparar abandonó la línea a la voz de «¡Yo no mato machos!», pero no queda registro sobre su nombre.
José Antonio, ante el pelotón que ya está en posición, alza el brazo y grita «¡Arriba España!». La tensión del momento hizo el resto. Si el piquete, como es lógico, tenía un jefe este no pudo dar orden de «¡Apunten! ¡Fuego!».
Sonó la primera descarga. Miguel escuchó desde su celda los gritos de su hermano y la descarga. Los jóvenes llegan a contestar «¡Arriba!»[65]. El cuerpo de José Antonio cae en dirección hacia la puerta de la enfermería.
Uno de los jóvenes de Novelda, herido, se arrastra por el suelo. Es probablemente Luis López. Los demás aparentemente no están heridos al concentrarse el fuego sobre José Antonio, pero la sangre les ha salpicado. El pelotón ha disparado desde muy cerca y las balas han abierto la chaqueta de Primo de Rivera, la mayor parte de los proyectiles han impactado en el pecho y en la cabeza, alguna queda incrustada en la pared[66]. Suenan los cerrojos de los fusiles para subir la bala. Luis Serrat, no aguanta más, y abandona el pelotón.
Los fusiles se vuelven hacia los tres jóvenes: dos permanecen de pie, uno está de rodillas, quizás alguna bala le haya alcanzado en las piernas o quizás continúe rezando el rosario. Suena la segunda descarga. Miguel pensó, cuando le dieron algunos detalles, que un pelotón ejecutó a José Antonio y otro a sus acompañantes[67].
Como años después, en 1985, explicaría en Novelda el fiscal Ricardo Gullón, con aquella acción se sumaba una segunda ilegalidad pues está prohibido fusilar a alguien dos veces. Tras la segunda descarga Guillermo Toscano empuña su pistola, se dirige hacia el lugar donde han caído. A José Antonio y a los demás les da el tiro de gracia[68].
En 1938 el juez Federico Enjuto indicaría que dos balas le dieron en la cabeza, aunque bien pudiera referirse al tiro de gracia. Esto concuerda con una anotación del fiscal de la Causa General, no transcrita en las declaraciones, en la que citando al forense anota que tenía la cabeza destrozada. Esta información nunca trascendió. El mito exigía que el cadáver apareciera prácticamente intacto. De hecho, cuando se le preguntaba, el médico forense que certificó la muerte comentaba que no llegó a ver el cadáver, ya que estaba cubierto por una sábana y solo le tomó el pulso. En 1939, el cadáver de José Antonio fue identificado por los datos que se tenían sobre el lugar que ocupaba en la fosa, su ropa y sus medallas y no porque, como afirma la leyenda, su rostro apacible apareciera prácticamente intacto.
La descarga también estalló en la cabeza de su hermano Miguel de forma dramática hasta hacerle enfermar. La misma descarga que oye Pilar Millán Astray, que no ha podido dormir, desde el Reformatorio, mira su reloj, las siete menos veinte de la mañana[69]. Carmen y Margot corren hacia la ventana con la insensata esperanza de poder ver algo. Igual recuerdo transmite otro de los presos de aquel lugar, el falangista Agatángelo Soler. Carmen, echada en su catre de la prisión, llorando, solo acertaba a repetir: «Han matado a José, han matado a José…». Al día siguiente la prensa informó del cumplimiento de la sentencia pero sin dar detalle alguno[70].
El testimonio de Guillermo Toscano
Las declaraciones de Guillermo Toscano, en líneas generales, depuradas de algunos errores de memoria y de su clara intención de aminorar la carga probatoria en contra suya existente, quizás sean la fuente más completa sobre la ejecución de José Antonio[71]. Al acabar la guerra se escondió en Baza. Su detención se filtró a una prensa que con tonos sensacionalistas anunció que se había detenido al hombre que había dado el tiro de gracia a José Antonio, lo que equivalía a una condena a muerte segura. No debió gustar la publicidad al SIPM que estaba realizando una auténtica busca y captura de los miembros del piquete[72].
Al contrario de lo que pudiera suponerse, su ejecución se dilató hasta junio de 1941. Se estima que debido a la protección inicial brindada por Miguel Primo de Rivera. Según ha referido Fernández Cuesta, este le protegió hasta que se le comunicó su participación en la ejecución efectuando el tiro de gracia, entonces se abrió el proceso que le condenó a muerte[73]. En la prisión Guillermo esperaba el indulto[74]. Según su sobrina nieta, Clara Toscano, explicó a José María Zavala, Guillermo «no asesinó a José Antonio Primo de Rivera, sino que evitó el sufrimiento de una muerte agónica con el tiro de gracia»[75]. Evidentemente es una forma de contemplarlo[76]. Lo cierto es que en la prensa se le presentó como «el asesino de José Antonio», y ese era un estigma que en aquellos primeros años de posguerra era muy difícil de llevar para una familia[77]. Lo que es difícil negar es que Toscano, hasta donde nos permite establecerlo los testimonios, debía de sentir aprecio por José Antonio.
Desde su detención fue interrogado en diversas ocasiones sobre lo sucedido en Alicante el 20 de noviembre. Sorprende su grado de colaboración y de precisión. Ciertamente debía de conocer que otros de los detenidos le señalaban como el autor del tiro de gracia, al igual que las declaraciones de algunos funcionarios de la prisión. A diferencia de otros procesados, no habían realmente más cargos contra él. Su comportamiento con los hermanos Primo de Rivera, durante meses, había sido bueno. Habían sido muchos los días pasados con José Antonio en el patio de la prisión. Él no era más que un miliciano que mostraba arrepentimiento si seguimos los testimonios. La única carga probatoria, más allá del tiro de gracia, era la declaración de un testigo que afirmaba que el día siguiente a la ejecución, en la prisión, afirmaba: «con esta pistola he metido siete tiros a ese canalla»[78].
En nuestro trabajo El último José Antonio optamos por reproducir las diversas declaraciones de Guillermo Toscano[79]. Estimamos, sin embargo, que cobran realmente importancia cuando se hace una reconstrucción ordenada, a partir de las mismas, de su testimonio:
[…] La noche antes, el Jefe de la Cárcel y el declarante recibieron oficios para que dispusieran la ejecución del fallo, quedando José Antonio en capilla en la misma celda. […] Para formar el piquete de ejecución, fueron designados el declarante y los milicianos que lo acompañaban en la custodia a José Antonio […]Que los milicianos que con el declarante formaban la guardia y el piquete de ejecución que dio muerte a José Antonio, recuerda a: José Pantoja Muñoz, Manuel Perera, Luis Serrat, Manuel Beltrán y el dicente, todos de la CNT Ignora dónde puedan encontrarse, aunque supone que no habrán podido salir de España. Igualmente ignora los nombres de los Guardias de Asalto y de los testigos presenciales de la ejecución.
[…] que no sabe quién le comunicó a JOSE ANTONIO, la sentencia definitiva, pero sí asegura que se confesó en aquella madrugada, y que de otra Prisión fueron llevados los familiares que estaban detenidos en la Prisión del Reformatorio. […] un poco antes de las seis y media de la mañana, fue el declarante con el Jefe de la Prisión a la celda de José Antonio al que le participaron que había llegado la hora del cumplimiento de la sentencia, que como José Antonio pidiera que bajara su hermano Miguel para despedirse, le fue concedida la petición formulada, y el que declara subió al piso donde estaba la celda de su hermano Miguel el que bajó a la de José Antonio, se despidieron, José Antonio le hizo entrega de unas pocas cosas que allí tenía, […] seguidamente salió JOSE ANTONIO solo de la celda, con una gran entereza, […] que el que declara fue, con los anteriormente mencionados, al piso de la Prisión donde estaba la celda de José Antonio haciéndose cargo de él […] pasó por el cuerpo de guardia, estuvo hablando con todos los que había presentes (Director de la Prisión, dos empleados y el declarante), se despidió de ellos muy agradable, manifestándoles que tuvieran suerte y se dirigió al patio acompañado de todos ellos.MANIFIESTA, que no fue esposado […] y acto seguido salió con el Jefe de la Prisión y el que declara al patio, donde ya estaban otros tres individuos al cargo del piquete de ejecución[80]; que salió José Antonio vestido con traje negro, llevando sobre los hombros un abrigo y que al llegar al patio, y ver que cerca de la tapia del patio habían otros tres, se debió impresionar de momento y dejó caer el abrigo que llevaba por los hombros, […] y también que al llegar al patio, se sorprendió al ver en el mismo y ya ante el Pelotón de fusilamiento a otros tres que el declarante no sabe quiénes eran, y se supone eran de otra cárcel. En el patio, además de la fuerza que estaba en fila de ejecución había como espectadores hasta un número aproximado de cuarenta personas[81].
[…] que el que declara cuando llegaron al patio y sin que diera lugar José Antonio al que declara le indicase que se pusiera entre los que estaban con los Guardias de Asalto él mismo se debió dar cuenta, puesto que se dirigió y se colocó con ellos, y todos dando frente al pelotón de ejecución y el dicente a la fila encargada de la ejecución; que el declarante como único armamento que llevaba era la pistola y los demás que componían el grupo de la ejecución estaban armados con fusil. […] Preguntado reiteradas veces para que diga quién dio la orden al pelotón de hacer fuego, dice que él no oyó que nadie la diera, y que el fuego se hizo, contra los que resultaron fusilados, en el momento que José Antonio Primo de Rivera al levantar el brazo y gritar Arriba España, sin que hubiera terminado esta última frase se hizo la descarga contra los mismos.Que no hubo voz de mando para hacer las descargas, las cuales se efectuaron a capricho en número de cinco o seis, y al pronunciar los gritos de “Viva España” y “¡Arriba España!”, por parte de JOSÉ ANTONIO[82].
[…] José Antonio murió con gran entereza y, una vez colocado ante sus verdugos, dio los gritos habituales de la Falange ¡Arriba España!, con voz fuerte y llena, siendo secundado por las otras víctimas que también dijeron ¡Arriba España!, cayendo enseguida atravesados por las balas. […] Que es cierto que el declarante fue el que con su pistola le dio el tiro de gracia a José Antonio, como así mismo a los otros tres y que a cada uno tan sólo le hizo un disparo en la cabeza. […]Dice que una vez en el suelo él, como era el que llevaba pistola, fue el encargado de darle el tiro de gracia a todos ellos. […] Que presenciaron la ejecución el Jefe y empleados de la Prisión, cuyos nombres y apellidos ignora, así como también algunas personas de la población, que igualmente ignora sus nombres y apellidos. Que antes de la ejecución, está completamente seguro que nadie le quitó ninguna prenda de vestir a José Antonio, así como tampoco después de llevarlo a cabo, que lo que no puede decir, porque no recuerda nada sobre el particular, es si el gabán lo cogió alguno o se lo entregaron a su hermano Miguel. […]Media hora después quedaron los cuatro cadáveres en una ambulancia del Ayuntamiento, ignorando los nombres de los individuos que intervinieron en la conducción. […]Después de dicho acto, [en] todos los asistentes se manifestó la consiguiente algazara dentro de los comentarios, y por tener que seguir en el servicio de vigilancia personal de Miguel, el declarante y los otros tres se fueron a ocupar sus puestos.En esta vigilancia permanecieron unos cinco o seis días más, que por su propia voluntad y ante el requerimiento hecho a la Organización, por tener noticias había de ser trasladado Miguel, cesaron en el servicio…»[83].
En el patio n.º 5 de la prisión todo había terminado. Son los guardias de Asalto los que ahora intervienen. El médico forense del Distrito Norte, que no quiso presenciar la ejecución, José Aznar Esteruelas certifica la muerte. Finalizada la ejecución parece que hubo una cierta algazara entre los asistentes antes de ser desalojados. Incluso parece que se han obtenido fotografías de los cuerpos[84]. En el Reformatorio, los falangistas presos rezarán el Rosario en los días siguientes por el alma de José Antonio.
El alférez Juan José González Vázquez comienza a ejercer su autoridad. Son sus guardias los que depositan los cadáveres en camillas para introducirlos en la ambulancia que deberá conducir sus restos hasta el cementerio. Fuera de los muros aún permanecen los milicianos con vehículos enviados por Llopis Agulló. Hay momentos de tensión porque quieren asaltar la ambulancia. El alférez González Vázquez advierte que la defenderá con sus hombres. Solo permite que una miliciana compruebe que allí está el cadáver de José Antonio[85]. Sobre las siete de la mañana la ambulancia, escoltada por una camioneta de la Guardia de Asalto emprende la marcha, detrás van 3 vehículos con milicianos. La distancia se cubre en unos pocos minutos.
A las puertas del actual cementerio Nuestra Señora Virgen del Remedio de Alicante, aguarda Tomás Santonja Ruiz, encargado del mismo. Nadie lo sabe, pero él y su mujer son simpatizantes de Primo de Rivera; su hermano Rigoberto, afiliado al partido, le había presentado a José Antonio en 1934. La ficha de inhumación del cementerio indica que a José Antonio se le dio sepultura a las siete y veinte de la mañana[86].
El alférez González Vázquez pide un recibo de entrega de los cuerpos que se le extiende. El coche ambulancia se detiene al borde de la fosa número 5, fila 9, cuadrado 12. Allí aguarda un sepulturero. Cuando sacan el cadáver de José Antonio cae el crucifijo que le había dado su hermana. Un miliciano pretende cogerlo. Santonja interviene jugándose la vida: «eso es un objeto que pertenecía al muerto, y los cadáveres que entran en el cementerio quedan bajo mi exclusiva responsabilidad y custodia». No es esta la única versión de aquellos instantes, aunque también es posible que el relato que, durante años, el hijo del conductor de la ambulancia ha guardado en su memoria adolezca de la lógica falta de precisión producto del paso del tiempo. Según algunos relatos orales, fue una miliciana la que al ver el crucifijo que José Antonio llevaba al cuello se lo arrancó al grito de «¡Tira esto!». El hijo de Antonio Javaloyes, que tras la guerra fue protegido por el presidente de la Diputación Lamberto García y los falangistas, recuerda que fue su padre el que impidió que arrebataran al cadáver aquella cruz. Es posible que el hecho aconteciera primero a las puertas de la prisión, cuando la Guardia de Asalto tuvo que abrir la ambulancia, y que se repitiera cuando al sacar los cuerpos en el cementerio se cayó el crucifijo. En el cementerio, Santonja hizo valer su autoridad. Después, tal y como nos precisa José Mallol, uno de los falangistas presentes en la inhumación de 1939, el crucifijo se ató a la cintura de José Antonio, lo que permitió su identificación. El cuerpo de José Antonio fue registrado en el cementerio con el número 22.450.
José Antonio es enterrado el primero, en un ángulo de la sepultura con dirección este, a unos dos metros y medio de profundidad. Según el juez Enjuto, que no presenció la inhumación, cabeza abajo para que si «resucitaba no pudiera ir hacia arriba». Último detalle torpe de una conducta equivocada, escribirá Zugazagoitia. Sobre y junto a él los cuerpos de los jóvenes de Novelda. Todos quedaron cubiertos por unos treinta centímetros de tierra a unos tres metros de profundidad. La fosa, que recibió otros diez cuerpos, entre ellos el del coronel Rafael Flaquer, fue cerrada definitivamente el día 22 con una capa de cemento[87]. Tomás Santonja decidió proteger el lugar, por lo que a quienes le preguntaban sobre el lugar los encaminaba hacia la fosa contigua. Oficialmente, José Antonio aguardaba la eternidad en la fosa número 5/9/11[88].
Unas horas después Miguel firmaba el recibí de las pertenencias de José Antonio. Este es el contenido que figura en texto del recibo firmado en la prisión provincial el 20 de noviembre de 1936:
Una pluma estilográfica con incrustaciones al parecer de oro.
Una Biblia con estuche.
Un tomo de leyes penales.
Varios sobres y papel de carta.
Un tubo de pasta para los dientes.
Tres cepillos para los dientes.
Un vaso de galalit.
Un legajo con varios documentos relacionados con la causa.
Una manta, dos sábanas y un cabezal[89].
Ello se sumaba a las cosas que su propio hermano le había entregado cuando se despidieron. Por las declaraciones sabemos que los cadáveres no fueron saqueados, pero algunas pertenencias de José Antonio, que quizás fueran en su abrigo, acaban en manos de los milicianos: el citado abrigo, una pluma y un peine. Franco, cuando se conocen las sospechas sobre quien puede tener la pluma del líder falangista, dará personalmente órdenes para que se localice para entregársela a la familia[90].
[1] ANTIGÜEDAD: op. cit., p. 51.
[2] Nota autógrafa dirigida al Director de la Prisión por el médico Manuel Hurtado (18-11- 1936). AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501 (Anexo fotográfico).
[3] En el mismo tono, Miguel le remitió un mensaje con el vigilante: «Dígale que esta carne tiene un aspecto estupendo… que muchas gracias… y que no se preocupe de nada, que todo saldrá bien». PRIMO DE RIVERA, Miguel: «Gloria y Victoria», ABC (Sevilla), 19-11-1961.
[4] Miguel Primo de Rivera reveló a la revista Y. Revista para la mujer que aquel día, a la hora del paseo, coincidió con su hermano. Estuvieron hablando sobre el futuro y la Falange, dándole instrucciones. Que sepamos, pese a la reclamación de Ximénez de Sandoval, Miguel nunca comentó nada más: «sentía morir precisamente cuando su obra y su ilusión iban a vivir realidades fecundas». En la misma línea el periódico falangista Azul , en su edición de 21 de noviembre de 1939, incluyó en un suelto unas palabras que según se afirma José Antonio dijo a Miguel en la víspera de su ejecución: «yo termino en la hora misma en que la Falange va a alcanzar su irresistible resplandor, y es mi vida la que pasa a su vida» y que concuerdan con lo que registraba el biógrafo del líder falangista. XIMÉNEZ DE SANDOVAL: op. cit., p. 533; ANTIGÜEDAD: op. cit., p. 52; Los procesos…, p. 240.
[5] En algunos relatos se confunden los tiempos dada la falta de precisión. Un ejemplo en el relato incluido en Los procesos…, pp. 392-394.
[6] Guillermo Toscano era camarero; se había afiliado al sindicato anarquista en 1928.
[7] De profesión mecánico era calificado como «extremista peligroso» siendo afiliado a la «CNT-FAI» según los informes obrantes en el sumario del consejo de guerra.
[8] En realidad, Toscano nunca explicó realmente las razones y por qué abandonó la columna en frente de combate de una forma creíble. Según su declaración, lo hizo por disidencias con Maroto por la decisión de que la columna se bautizara con el nombre de su jefe, lo que resulta poco creíble, ya que así era nominada en la prensa cuando salieron hacia el combate. Por ejemplo, según la prensa, el 17 de agosto las fuerzas de Maroto estaban combatiendo en Guejar. En frente de combate un enfrentamiento de este tipo se salda como mínimo con la detención si no con algo más grave. ¿Desertaron Toscano y Pantoja y se volvieron a Alicante? Es difícil pensar que sus amparos en el anarquismo alicantino fueran de tal nivel. Quizás, simplemente, decidieron que la retaguardia era más segura. La vida de la columna Maroto duró unos meses y su efectividad en el frente distó de consolidarla pese a que sus efectivos podían sobrepasar el millar de hombres. Cfr. GIL BRACERO, Rafael: Revolución sin revolución. Marxistas y anarcosindicalistas en guerra: Granada-Baza, Granada: Universidad de Granada, 1998.
[9] En abril de 1939 señaló que aunque «no recuerda día fijo en que empezaron la guardia y cree sería en los primeros días del mes de Octubre». AHN-Expedientes policiales, expediente 97.327.
[10] Procedimiento sumarísimo contra Luis Serrat Martínez. AHMGD/Sumario 2.240.
[11] Procedimiento sumarísimo contra Manuel Beltrán Saavedra. AHMGD/Sumario 576.
[12] Nota de autorización firmada por Adolfo Crespo (12-11-1936). AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501.
[13] Declaración de Tomás López Zafra, AHN-CDMH/Causa General, legajo 1501/2; Arriba, 20-11-1948; Declaración de Antonio Fitera. AHN-CDMH/Causa General, legajo 1501-2.
[14] Natural de Jerez, Sánchez Bohórques, siendo joven pasó del republicanismo al comunismo. En 1935 ejercía como abogado. Tras el acuerdo que crea la JSU, pasó a ser secretario de la misma en Alicante y se integra en el Comité Popular Provincial de Defensa. En octubre de 1936 era abogado fiscal interino del Tribunal Especial Popular. En 1938 se integra en la estructura del SIM como Consejero Jurídico de los Servicios de contraespionaje. Con los nacionales a las puertas de Alicante consiguió salir de España a bordo del Stanbrook permaneciendo en el exilio. A finales de los años 80 del siglo pasado, ya retornado al país, publicó una novela, en parte con experiencias autobiográficas para rescatar la historia de sus dos protagonistas Ana María y Gonzalo. En ella se ocupa del tema de José Antonio con amplias licencias con respecto a la realidad en un capítulo titulado «Las confidencias de José Antonio». Bohórques escribe desde el presente trasladando al pasado posiciones actuales. Estima en los ochenta que la ejecución fue «precipitada», y que «el gran beneficiario de su final había sido Franco»; que aunque la «condena aparecía justificada y necesaria» el «haber guardado a José Antonio como un precioso rehén» hubiera evitado los bombardeos sobre Alicante (cita, erróneamente, el famoso denominado bombardeo del Mercado afirmando que Franco lo ordenó conmemorando la ejecución cuando tuvo lugar el 25 de mayo) pudiendo ser «una baza importante susceptible de ser utilizada en el curso de la contienda». Evidentemente, en noviembre de 1936, desde su alto puesto en la JSU y en el Comité alicantino no parece que pensara lo mismo. A partir de ahí Bohórques, directamente, inventa las supuestas confidencias que recoge uno de los protagonistas de su escrito, que no resisten cualquier análisis crítico. Así, contradiciendo los propios textos de José Antonio, anota: «Todos le oyeron comentar como un vergonzoso error, el hecho de que los asaltantes fueran encabezados por moros y legionarios» (en su testamento escribió José Antonio: «yo no puedo injuriar a unas fuerzas…»). Y concluye: «no se puede cerrar este capítulo sin citar lo que nos fue referido por una de las últimas personas que consiguieron verle. Según este testimonio de toda confianza, José Antonio afirmó que las distintas acciones para salvarle, apoyadas por Franco, fueron echas para la opinión pública pero con la seguridad de que fracasarían, y que en cambio Burgos no hizo la única gestión que hubiera podido tener éxito interviniendo, mediante concesiones si necesario fuera, cerca de Inglaterra, Francia o Estados Unidos, para conseguir sea el retraso del proceso, la conmutación de pena, o su aplazamiento, y finalmente la suspensión de ésta». Para algunos autores este texto es una demostración de la oposición de Franco a los intentos de liberación sin aplicar la más mínima revisión crítica a una ficción. SÁNCHEZ BOHÓRQUES, José María: España en la memoria, Salamanca: 1988, pp. 43-46.
[15] AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501.
[16] Había nacido en San Juan en enero de 1885 -en algunos textos se indica que en 1884-, y cursado sus estudios en Orihuela en el Seminario de San Miguel. Ejerció su ministerio en diversas parroquias de la provincia alicantina y también se dedicó a la enseñanza. Al estallar la guerra fue detenido en septiembre de 1936 ingresando en la Provincial donde estaba José Antonio. La cárcel fue para él tierra de promisión y allí siguió cumpliendo con su misión sacerdotal. Su familia, aprovechando el reglamento penitenciario, le envió una colchoneta para que pudiera dormir en mejores condiciones pues sufría una lesión medular en la columna que le llevaba a caminar encorvado, pero no le fue entregada. Tras confesar a José Antonio permaneció en la Provincial. El día 29 sus familiares acudieron a la prisión, Planelles abandonaba con su orden de libertad en el bolsillo aquel lugar. Ese mismo día los presos estaban siendo sacados para subirlos atados a un autobús del Hércules CF para trasladarlos al cementerio donde iban a ser asesinados. Planelles no lo pensó y pidió permiso a los milicianos para acompañarlos. Es evidente que conocía el peligro que corría. Según unos, fue señalado en esos momentos como el confesor de José Antonio, siendo acusado de ello Manuel Beltrán; según otros, fue reconocido por un miliciano en el cementerio: «¡Es el cura que confesó a José Antonio!». No hubo más, fue asesinado cumpliendo con su misión. Su cuerpo quedó en la fosa n.º6, fila 9, cuadro 12. Tiene abierto proceso de beatificación como «mártir de la confesión». Ildefonso Cases, presidente de la comisión diocesana alicantina para las Causas de los Santos, ante su vida se pregunta: «¿Sería providencial la presencia del Siervo de Dios para que las 51 víctimas recibieran la absolución sacramental antes de morir?». Cfr. AHN-CDMH/Causa General, legajos 1501-1 y 1502-2; TORRES: El último…, pp. 46-49; TORRES: La vida…, pp. 160-162; ESPINOSA CAYUELAS, Joaquín: Héroes de la FE, Orihuela, 1939; SALA SELVA: op. cit. pp. 96-97; LÓPEZ ARIAS-MONTENEGRO, Carmelo: «El sacerdote que confesó a José Antonio, Don José Planelles, mártir del sacramento», Historia en Libertad (29-11-2015); CASES, Ildefonso: «José Manuel Planelles Marco ¿mártir de la confesión?», Noticias diocesanas. Boletín de la Diócesis Orihuela-Alicante, n.º 225, (25-3/1-4-2007).
[17] José Rico de Estasen ha dejado un interesante testimonio sobre la confesión de José Antonio. Su investigación apareció a principio de los sesenta en el diario ABC, posteriormente se reprodujo en el diario El Alcázar (20-11-1972); XIMÉNEZ DE SANDOVAL: op. cit., p. 541.
[18] Declaración de Antonio Fitera Tejeiro (5-5-1940). AHN-CDMH/Causa General, legajo 1501-2; PRIMO DE RIVERA, Carmen: «Alicante», Y. Revista para la mujer (número homenaje a José Antonio), noviembre 1939.
[19] ANTIGÜEDAD: op. cit., p. 63.
[20] Carta a Carmen Werner. OCEC, vol. II, p. 1700.
[21] Carta a Rafael Sánchez Mazas. OCEC, vol. II, p. 1702.
[22] GARCERÁN, Rafael: «Perfiles de José Antonio», en Homenaje a José Antonio (2ª edición) Y. Revista para la mujer.
[23] Carta a Garcerán, Sarrión y Andrés de la Cuerda. OCEC, vol. II, p. 1703.
[24] Carta a Fernández Cuesta y Ramón Serrano Suñer. OCEC, vol. II, p. 1709.
[25] TORRES GARCÍA, Francisco: «La interpretación católica de la vida en José Antonio», en VVAA: Proceso a José Antonio. Falange como servicio. España como destino, Ediciones Barbarroja, Madrid 2010, pp. 53-74; TORRES, Francisco: «Catolicismo y fundamentación política: José Antonio Primo de Rivera y la interpretación católica de la vida» en Revista Arbil, nº 123 (noviembre 2009), www.arbil.org/123cato.htm.
[26] Carta a sus hermanos Rosario, Pilar y Fernando. OCEC, vol. II, p. 1701.
[27] Carta a Julio Ruiz de Alda. OCEC, vol. II, p. 1704.
[28] Carta a Antón Sáenz de Heredia. OCEC, vol. II, p. 1708.
[29] «Acto de Fé, Esperanza y Caridad», Cuaderno de oraciones manuscrito que tenía José Antonio. (Documento no incluido en la edición de Papeles póstumos…). AMPR/Documentos de la maleta, carpeta n.º 1.
[30] Carta a Carmen Primo de Rivera y Orbaneja, OCEC, vol. II, p. 1707.
[31] Fue detenida en Alicante el 23 de julio de 1936, nunca fue sometida a juicio y permaneció en prisión toda la guerra. Dejó constancia de las penalidades sufridas en la prisión, de la falta de alimentos y los fallecimientos, tal y como consta en los certificados de defunción, por «anemia perniciosa»; llegaron a comer alfalfa. Recordaba el caso de una muchacha de 23 años, Esmeralda Soriano, que murió de tuberculosis sin que le pudieran administrar medicamentos. Sintiéndose morir en la enfermería dijo a las carceleras: «Voy a morir, rojas, pero muero por España. Levantad los brazos y gritad conmigo ¡Arriba España!». Las carceleras contestaron a su grito. «Declaraciones de Pilar Millán Astray», ABC de Sevilla, 23-4-1939.
[32] Copia fotográfica del documento en AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501.
[33] Primo de Rivera, Carmen, «Alicante», en Homenaje a José Antonio, Y. Revista de la Mujer (segunda edición); Primo de Rivera, Rocío, op. cit., pp. 272-273.
[34] Copia fotográfica en La Dominación…, Anexo II.
[35] Cuarenta años después, Ramón Serrano Suñer, reveló que Franco le había dicho, con reiteración y para fastidiarle, que José Antonio tuvo que ser inyectado para poder llegar ante el pelotón. No existe ningún testimonio que sostenga tal afirmación y Franco se mostraba poco inclinado a secundar los chismorreos. Hasta que no se produjeron las detenciones de los integrantes del pelotón o de los funcionarios poco o nada se conocía de cómo se desarrollaron los hechos. Parece claro que se trata de una de las maledicencias del cuñado de Franco contra el hombre que le envió al ostracismo político. De todos modos, en toda leyenda siempre reposa un fondo de verdad. Puede que los años y el deseo de zaherir a su cuñado le nublaran el recuerdo. Fue Miguel quien al oír los disparos sufrió un tremendo golpe emocional. Tuvo que ser asistido por el médico de la prisión y recibir tratamiento. Fue trasladado al Reformatorio estando incomunicado durante setenta días en una celda sin cristales en la que llegaba a hablar solo. AHN-CDMH/Causa General, Legajo 1560.
[36] En 1937 aparece en la documentación como teniente. En algunas referencias publicadas tras su detención se indica que a las cuatro de la mañana comenzó a formar la fuerza. El lector debe tener presente, para medir la veracidad del testimonio, que en poco podía agravar la situación de González Vázquez su participación en la ejecución ya que había mandado la fuerza que ejecutó al general José García Aldave, lo que le llevaba directamente a la pena capital. Declaración de Juan José González Vázquez. AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501/2.
[37] CHIPONT, Emilio: Alicante 1936-1939, Madrid: Editora Nacional, 1974, p. 23.
[38] Mas Rigó afirma, en base al testimonio de Diego Molina, que el pelotón lo integraron seis comunistas y seis anarquistas de la FAI. Es una deducción gratuita. Molina no afirma que fueran seis comunistas. Es posible que deduzca la presencia comunista por el hecho de que formaran parte del 5º Regimiento de Milicias Populares, pero ello no implica la militancia comunista.
[39] Según Toscano, participaron ocho o diez guardias de asalto, pero todos los demás testimonios lo niegan. Declaración de Federico Esteve Navarro (1-12-1941). AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501/2.
[40] Gaceta de Alicante, 18-10-1939.
[41] AHN-CDMH/Causa General, legajos 1.560/1 y 1.501-2.
[42] Del mismo solo hemos podido anotar que antes de la guerra estaba preso por el asesinato de 2 guardias civiles en Málaga durante una huelga.
[43] Gerardo Estapé indicó que el comandante Doroteo Sánchez se vanagloriaba de haber participado en la ejecución diciendo que «lo único que sentía era que José Antonio tenía que haber sido muerto en el vientre de su madre». Información remitida desde la Causa General de Barcelona (22-3-1942) AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501/2. José María Zavala descarta su participación sin mayor precisión.
[44] Southworth desveló lo referente a este testigo. En 1940 se intentó conseguir su extradición. En 1943 se debió solventar un juicio por la demanda planteada por España, siendo esta desechada. SOUTHWORTH: op. cit., pp. 162-163.
[45] AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.560/6.
[46] De profesión ferroviario tenía 26 años cuando fue sometido a proceso en 1939. Natural de un pueblecito de Ávila había sido comisario de la 128 Brigada Mixta. Uno de los testigos le achacó haber dicho: «en mi vida he dado cinco tiros más a gusto que los que di a José Antonio Primo de Rivera». El 10 de mayo de 1939 se pedía para él la pena de muerte. Fue ejecutado el 24 de junio de 1939. Procedimiento Sumarísimo contra Teófilo Torres Burguillo. AHMGD/Sumario 3.621, legajo 83/8.
[47] Precisó en una segunda declaración que no conducía sino que formaba parte del convoy.
[48] Procedimiento Sumarísimo contra Federico Esteve Navarro, José García Blázquez y Antonio Moreno Páez. AHMGD/Sumario 10.863, legajo 15.674/2.
[49] Reproducción fotográfica en GIL MUGURZA: España en llamas, Barcelona: Acervo 1968, p. 234.
[50] José Antonio pidió que le enviaran a la prisión el escapulario que tenía sobre su cama. RICO ESTASÉN, José: «Como un amplio y ameno jardín», ABC de Sevilla, 20-9-1959.
[51] Según Toscano utilizó un traje. Miguel precisa que era de color gris. José Antonio, si las crónicas de la exhumación no son erróneas, llevaba un jersey, aunque bien pudiera llevar la chaqueta encima. Calzaba alpargatas. Según Miguel, cuando los milicianos le apremiaron para que terminara de vestirse, José Antonio les contestó: «Como solo se muere una vez hay que morir correctamente». En otra ocasión dirá que las palabras fueron: «Dejadme, por lo menos, morir bien vestido». Aunque en algún relato se afirma que vestía el mono carcelario con el que aparece en las fotografías y encima la chaqueta es posible descartarlo, ya que el mono apareció entre sus pertenencias.
[52] En otra versión, las palabras serían: «Tu hermano desea verte antes de morir. Puedes ir a su celda». ANTIGÜEDAD: op. cit., p. 53.
[53] Otra versión de la frase que se ha utilizado es «Help to die brave». En una entrevista de 1939, Miguel la tradujo como: «Miguel, ayúdame a bien morir; a morir como yo quiero». ABC de Sevilla (15-3-1939). En otras ocasiones, Miguel diría que la frase fue: «Help me to die bravely» («¡Ayúdame a morir como un valiente!»). Cfr. El Correo de Mallorca, 15-3-1939; El Día de Palencia, 10-3-1939 y 15-3-1939; El Adelanto (Salamanca), 10-3-1939.
[54] Según Ricardo Estasén, que habló con varios testigos, fue uno de los que allí estaban el que le colocó su abrigo sobre los hombros. Estasén anota que el abrigo no era el de José Antonio sino el de «un alma piadosa». Cuadra bien a la reconstrucción mítica pero sí tenemos constancia de que José Antonio tenía ese gabán, con el que compareció en el juicio. Además, Miguel corrobora que salió de la celda con esa prenda sobre los hombros. ESTASÉN: «José Antonio, un muchacho enamorado de las bellas artes», El Alcázar, 20-11-1983.
[55] Lo que para él fue un asesinato supuso un fuerte impacto emocional, ayudó a algunas personas a escapar del Alicante rojo. Es posible que Romualdo fuera el oficial de la prisión con el que Agustín Aznar intentó contactar en septiembre, cuando aún era teniente. Falleció a finales de 1938 o a principios de 1939, su familia creyó que de dolor por lo vivido, pues creían que fue el autor del tiro de gracia lo que no era cierto. En el proceso de depuración de responsabilidades tras la guerra fue absuelto postumamente.
[56] Declaración de José Latour Brotons (abogado fiscal del Tribunal Popular). AHN-CG, Legajo 1.501-2. Lograron confesar gracias al abogado de Monóvar Tomás Pastor Hurtado. El sacerdote que les confesó se llamaba Ignacio López Castroverde. La noche del 19 el abogado les dio algunas noticias positivas del Alzamiento. La Gaceta de Alicante, 30-7-1939.
[57] Ezequiel iba a contraer matrimonio el 8 de diciembre. Texto autógrafo de la carta en GARCÍA DE TUÑÓN: José Antonio y la República (2ª edición), Oviedo: TARFE 1996, pp. 188-189.
[58] Cfr. TORRES: La vida por…, pp. 19-123 y 195-196; TORREGROSA VALERO, Manuel: Novelda 1936, Memoria histórica, 2009.
[59] El episodio del abrigo dio origen a un mito reescrito decenas de veces hasta el punto de convertirlo en una gabardina. Ricardo Estasén, por ejemplo, relataba cómo un alma piadosa colocó el abrigo sobre los hombros de José Antonio por el frío que hacía. Zugazagoitia relata el hecho como una muestra de la generosidad del dirigente falangista: «Uno de los milicianos le pide la gabardina: “-A ti no te sirve para nada y a mi puede serme útil”. El reo se despoja de la prenda y se la ofrece al miliciano: “-Tuya es”». En otra versión, Primo de Rivera daría el abrigo a Guillermo Toscano para que no lo agujerearan. Otro testimonio es el de Manuel Senante Esplá, que estaba preso en Alicante, afirmando que vio a un miliciano que llevaba el abrigo pues «cuando le fueron a fusilar, y al ver ante sí el grupo de asesinos, les increpó; y a no tener nada a su alcance para arrojarles se quitó el abrigo, tirándolo como un guante de desafío. Entonces uno de ellos se apresuró a recogerlo». En sus declaraciones tanto Toscano como González Vázquez afirmaron que José Antonio lo dejó caer y un miliciano lo recogió. En alguna ocasión se ha acusado a Cástulo Zulueta y Orbaneja, comunista exilado en Rusia, de ser quien «robó o recogió» el abrigo de José Antonio. Era pariente lejano de José Antonio. En el programa Aparte y punto se le acusó de ser, además, el jefe del pelotón. Su hijo, Angélico Zulueta, hizo pública una nota desmintiendo esta información, aunque reconoce que su padre poseía «un abrigo viejo traído desde España». Sin embargo, lo que es indubitable, según declaración prestada por un testigo en Consejo de Guerra, el miliciano que lo recogió fue José Pantoja. Cfr.: ZUGAZAGOITIA: op. cit., p. 275; ANTIGÜEDAD: op. cit., p. 54; TORRES: El último…, pp. 57-58; ESTASEN, Ricardo: «José Antonio un muchacho enamorado de las bellas artes», El Alcázar, 20-11-1983; http://www.hoy.com.do/opiniones/2005/ 2/2/206594/Un-fanfarron-espanol-en-Moscu (entrada 28-4-2008).
[60] ANTIGÜEDAD: op. cit., p. 63.
[61] Siempre que he leído estas palabras me han parecido un añadido. ZUGAZAGOITIA, Julián: Guerra y vicisitudes de los españoles, Barcelona: Tusquets 2001, pp. 274-275.
[62] Es Guillermo Toscano quien ofrece el único testimonio en este punto al hablar de la formación en línea de ejecución. Si eran una docena los fusileros es difícil que formaran una única línea debido al espacio que necesitarían. Algún autor, debido al espacio del patio, ha entendido que se dispusieron en curva frente a la derecha de las víctimas. Es mucho más probable que algunos formaran en línea rodilla en tierra.
[63] Recordando el sacrificio de su cuñado, Margarita indicaba a Federico Sala que «era un recuerdo muy dulce, pensar que su sangre se uniría a la de Jesucristo, por nosotros, y nos ayudará a ser mejores, con su ejemplo, y sin miedo de cumplir con su deber, porque con Dios ¡no se tiene miedo!». SALA: op. cit., p. 233.
[64] También llevaba unas medallas. En alguna ocasión se ha señalado que las llevaba en la mano. En el testimonio de la exhumación se anota que estaban prendidas al jersey, aunque es posible que las llevara en la mano izquierda.
[65] Miguel Primo de Rivera mantuvo siempre que se produjeron dos descargas, también quienes las oyeron en la Provincial, también los que las percibieron desde el cercano Reformatorio, así como otros testimonios de quienes estaban en la prisión. Usualmente los pelotones de ejecución solo llevan dos balas. Tanto los Mauser 1916, calibre 7X57, regulares entre las fuerzas de orden público como la Guardia de Asalto, como el mosquetón Mauser de 1893 usual en el ejército, admitían un peine con cinco proyectiles. No disparan ráfagas sino que tras cada disparo hay que mover el cerrojo para cargar. Ello quiere decir que como máximo pudieron abrir fuego cinco veces. González Vázquez habla de 40 o 60 disparos, probablemente recordando cuál es la carga de las armas; Toscano de 5 o 6 descargas. Ello da para hablar de una terrible carnicería. Carece de lógica. Primero, tras cada descarga es necesario recomponer la fila de los fusileros y mover el cerrojo, lo que lleva un tiempo y después volver a apuntar. El retroceso del Mauser, máxime si no se está habituado a disparar con el arma y es probable que no todos los que intervinieron fueran duchos en el manejo, hace que el disparo se eleve sobre la zona a la que se apunta. A la distancia en que abrieron fuego, unos 3 metros como mucho, es imposible fallar. La primer descarga hizo caer a José Antonio, los tiradores, en la segunda dispararon sobre los chicos de Novelda. En total unos 25 impactos si eran 12 los fusileros. Después de eso nadie quedaba de pie. Carece de lógica pensar que, con los cuerpos en el suelo, se dedicaran a cargar otras 3 veces las armas para disparar al suelo. Usualmente los tiradores sin precisión apuntan, contando con la desviación, hacia la zona del estómago para asegurar el disparo. Si de verdad se hubiera producido una «carnicería» brutal como la de hacer una treintena de disparos sobre quienes estaban agonizando en el suelo sino estaban ya muertos, es seguro que se hubiera difundido para remarcar la villanía y crueldad de los rojos. El miliciano Pantoja, sin embargo, habla de descargas y tiros sueltos, lo que cuadra con las 2 que tantos recuerdan y los tiros de gracia.
[66] González Vázquez indica que la descarga primera fue cerrada sobre José Antonio, dirigida al pecho, haciendo saltar los botones de la chaqueta.
[67] Miguel preguntó a los milicianos por los detalles de la muerte de su hermano. La Vanguardia Española, 15-3-1939.
[68] Los falangistas de Rojales, Alberto y Joaquín Valero Montesinos, estaban presos en la cárcel en el mes de diciembre. Alberto consiguió que uno de los oficiales de prisiones les permitiera llegar hasta el lugar donde había sido ejecutado José Antonio. El oficial les relató la ejecución con todo detalle y se la refirió a Miguel Primo de Rivera. Mirando la pared encontró una de las balas que, por la posición, pudo atravesar el cuerpo de José Antonio. La extrajo y se la quiso dar a Miguel pero este prefirió que la guardara él. El patio se cerró después de la ejecución y no se permitió el paso al mismo. La bala fue sacada de la cárcel en un portarretratos y escondida hasta el final de la guerra. La bala fue entregada en 1943 a Luis González Vicén quien la engarzaría, a modo de relicario, en una joya de oro y brillantes que debería exponerse en el museo de la Casa Prisión en que fue transformada la cárcel. Martínez Aguirre, José María, «La bala que mató a José Antonio ha sido encontrada en Alicante», El Español (22-1-1944), www.plataforma2003.org/sobre_ja/24_sja.htm (entrada 19-12-2007). El autor de este trabajo conoció varios relatos orales, todos similares, de la muerte de los chicos de Novelda conservados en la memoria local y conoció de forma directa y con más detalles la historia de los falangistas de Rojales. TORRES: La vida…, pp. 133-151.
[69] Testimonio de Pilar Millán Astray en ABC de Sevilla (23-4-1939).
[70] En el año 2011, el periodista José María Zavala, presentaba como gran descubrimiento otro relato sobre la ejecución de José Antonio, que mantiene como verídico en dos obras posteriores. Se trata de la narración recogida en el libro del entre otras cosas novelista Joaquín Martínez Arboleya (Santicaten) que presenta como desconocida y rarísima porque nadie se había hecho eco de sus revelaciones. Prescindiendo de cuantas evidencias muestran en el relato que no estuvo en la prisión y que no presenció la ejecución de José Antonio, probablemente porque cuadraba mejor a un estilo novelístico, lo dio como cierto y verídico, insistiendo en ello en posteriores publicaciones.
Así pues un pelotón sangriento, deseoso de torturar al héroe, disparó a las rodillas para que quedase así y pudiera acercársele un miliciano y ponerle la pistola en la sien para que gritara «¡Viva la República!», a lo que el héroe respondería, según la edición, con un «¡Arriba España!» (en la italiana prefirió un ¡Viva España!), antes de que le descerrajaran el tiro final. Como es lógico, Martínez Arboleya, cuya única verdad es que estuvo en Alicante y, según confesión propia, había tenido problemas con la renovación de visado por sus amistades derechistas por parte de la Comisaría de Investigación y Vigilancia, se las ingenia para ser seleccionado para poder entrar con la treintena de hombres que por orden del presidente del Comité Popular Provincial de Defensa, Llopis Agulló, pudieron acceder convenientemente identificados al patio de la prisión Provincial. A partir de ahí los dislates se suceden. Martínez Arboleya llegó al «alba al pie de la fortaleza [se refiere al Castillo de Santa Bárbara], donde «formó cuadro la muchedumbre de milicianos, hombres y mujeres, dispuestos a presenciar el espectáculo». No está mal el inicio teniendo en cuenta que no hubo muchedumbre alguna y que la ejecución tuvo lugar en la prisión Provincial, algo conocido de sobra, a unos kilómetros del castillo. Solo él vió que le ofrecieron vendarle los ojos (en realidad nadie lo hizo en la Provincial). Continúa: «cara al pelotón, miró con fijeza las bocas de los ocho fusiles que le apuntaban. Su cuerpo se erguía como queriendo zafar sus manos de los grilletes que aferraban sus manos por la espalada al grito de ¡ARRIBA ESPAÑA!, se confundió con la descarga de sus verdugos. Se quebró su cuerpo, cayendo doblado, empapadas en sangre sus rodillas». José Antonio no estaba esposado. Y entonces el miliciano (Guillermo Toscano) «avanzó lentamente, pistola amartillada en mano, y encañó la sien izquierda, le ordenó que gritase Viva la República -en cuyo nombre cometía el crimen- recibió por respuesta otro ARRIBA ESPAÑA. Volvió entonces a rugir la chusma azuzando la muerte. Rodeó el miliciano el cuerpo del caído y apoyando el cañón de la pistola en la nuca de su indefensa víctima disparó el tiro de gracia». Nada de eso, según todos los testigos reales sucedió así.
El uruguayo Martínez Arboleya explica que la ejecución de José Antonio le hizo «sentir, por primera vez, la necesidad de hacer cualquier cosa contra aquel odioso mundo que me circundaba». El lector debe tener en cuenta que el autor, decidido anticomunista según se lee en la reseña biográfica, hizo el pequeño libro para explicar en los años sesenta por qué había acabado en las filas de los franquistas, pese a ser, como se indica en la edición italiana, un «idealista sincero, un republicano puro y un ferviente demócrata». ZAVALA, José María: La pasión de José Antonio, Barcelona: Plaza & Janés 2011, pp. 375-376; SANTICATEN (MARTÍNEZ ARBOLEJA, Joaquín): Perchè he combattuto conto i “rossi”, Milano: Pidola 1964, pp. 57-62; SANTICATEN: Por qué luché contra los rojos, Montevideo, 1961, pp. 61-63.
[71] En este sentido, también atribuibles a errores de memoria, trató de presentar hechos que le fueran favorables. Así indica que fue él quien, por petición de José Antonio, fue a buscar un notario para dictar testamento y que este acudió a la prisión. Lo que no era cierto pues se denegó esta petición.
[72] En oficio remitido al Jefe de la sección del SIPM del Ejército Sur se muestra este desagrado. A pesar de ello, el 15 de abril era otro de los integrantes del piquete de ejecución, José Pantoja Muñoz. AHN-Expedientes policiales. Expediente 97.327.
[73] FERNÁNDEZ CUESTA, Raimundo: Testimonio, Recuerdos y Reflexiones, Madrid: Dyrsa, 1985, pp. 110-111. Los primeros que señalaron a Toscano como autor del tiro de gracia fueron el oficial de la prisión, presente el día de la ejecución, Mariano Arroyo Tirado y el miliciano Perera que formaba parte del piquete. AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.560.
[74] Rafael Redondo ha referido el testimonio del entonces teniente de infantería Serafín López Díaz. Este se encontraba de servicio en la cárcel de Granada donde aguardaba la ejecución de la sentencia Guillermo Toscano. Habló con él durante más de tres horas. Toscano creía posible el indulto. Habló de José Antonio con fervor y de «cuánto aprendió en su compañía». Sin embargo, algunas de las anotaciones que hace Redondo, de las revelaciones de López Díaz, coronel de la Guardia Civil, no se corresponden con la realidad (José Antonio no vestía mono), ni con las descripciones que Toscano hizo, resultando una mezcla de las mismas con los relatos habituales. Probablemente ha puesto mucho de su cosecha para hacer un relato más poético que realista. Una lástima que en vez del lirismo no refiriera con detalle el testimonio de López Díaz. El secretario de la Fundación Francisco Franco tuvo la amabilidad de remitirme un texto más extenso de este artículo en el que figuran unas palabras de Toscano que deben enmarcarse en aquel momento previo a su ejecución: «Yo sentí como algo muy mío que aquel hombre fuera fusilado… porque para mí, me resultó un ser estupendo… completo, y además un hombre con una clarísima exposición de sus ideas… Me causó una impresión imponente. Él fue quien me hizo falangista». Copia del texto ampliado en AFTG; REDONDO MAYA, Rafael: «Guillermo Toscano, ejecutor último de José Antonio», en http://www.plataforma2003.org/hemos.leido/65.htm (entrada 2-11-2005) .
[75] ZAVALA: Las últimas…, pp. 353-354.
[76] En una de sus declaraciones, Toscano, para aminorar su posible responsabilidad, afirmó que creía «que ya estaba completamente muerto».
[77] «El asesino de José Antonio», La última hora (Palma de Mallorca), 15-4-1939.
[78] No se encuentra en la declaración contestación a esta cuestión. Parece evidente, por el tono que Toscano emplea, que no se le dio gran verosimilitud y el interrogador no hace referencia a la misma. Fue el oficial o guardián de la prisión Manuel Arroyo el que, en su declaración de 1941, indicó que a la mañana siguiente encontró al acusado manipulando una pistola y diciendo: «con esta pistola he metido siete tiros a ese canalla». AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.560.
[79] TORRES: El último…, pp. 63-68.
[80] En una de las declaraciones anota que «estaban bajo la custodia de unos cuantos guardias de asalto».
[81] En una de las declaraciones estimará los asistentes en un número inferior: «ante un público de veinticinco o treinta personas extrañas a la cárcel».
[82] El «¡Viva España!» es producto del momento en que se realiza la declaración y no del tiempo en que se produjo la ejecución.
[83] Declaración en la Prisión Provincial de Granada (28-5-1941). AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501-2; Declaración en la Prisión Provincial de Granada (5-6-1941). AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501-2; Declaración en la Prisión Central de Burgos (5-4-1941). AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501/2; Ampliación de la declaración anterior. Prisión Central de Burgos (23-4-1941), AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501-2; Declaración efectuada en Baza (13-4-1939). AHN-Expedientes policiales n.º 97327.
[84] «Con motivo de una comunicación especial con el Inspector de Hacienda Don Manuel Velasco, que se hallaba preso, estaban presentes Don Agustín de Castro y Don Luis Bernabeu, funcionarios de Hacienda, que tomaron cerveza con el Director y a los que éste les enseñó unas fotografías que se tomaron el mismo día de la ejecución de Don José Antonio Primo de Rivera, referentes al parecer al acto de fusilamiento. Este hecho, que ocurrió a los dos o tres días de la ejecución, lo sabe el declarante por habérselo oído decir a los señores De Castro y Bernabeu». Declaración de Juan José González Vázquez, AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501.
[85] Según la prensa fue detenida por haber colaborado en el traslado de los restos de José Antonio de la prisión al cementerio una tal Antonia García que blasonaba de ello. Pudiera ser esta mujer la aludida en el testimonio de González Vázquez.
[86] Ficha de Inhumación n.º de orden 158. Copia fotográfica en Archivo del autor.
[87] Sobre la capa de tierra que cubrió los cadáveres de los ejecutados el 20 de noviembre se inhumó el féretro de Felipe Godina; después sin separación se amontonaron los demás.
[88] Agustín del Río Cisneros destacó la labor «firme y abnegada» de Santonja en su libro sobre Los procesos de José Antonio (p. 376). Más detalles en los periódicos FE (Sevilla), 18-11- 1939; Gaceta de Alicante, 20-11-1939; Arriba, 19-9-1939; Testimonio de Javier P. Millán Astray, AHN-CDMH/Causa General, legajo 1560-1; Declaración de Juan José González Vázquez (1-12-1941), AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501-2. Según un testimonio de posguerra Tomás Santonja, que fue anotando mentalmente dónde se depositaban los cadáveres que llegaban, ante el temor de que algo le ocurriera decidió dejar constancia escrita de todos los detalles. Con esos datos se debieron realizar las fichas de los caídos que se conservan y a las que hemos tenido acceso gracias a Luis Soler y Jorge García Contell (Copia digitalizada en el Archivo del autor).
[89] De algunos de estos objetos no se ha tenido referencia. Teóricamente permanecieron en poder de Miguel, pero algunos como el vaso o la pluma también aparecen en el contenido de la célebre maleta que retuvo durante décadas Indalecio Prieto. A tenor de nuestra investigación sabemos que José Antonio debía tener dos plumas. Tampoco parece que el legajo con papeles sobre el proceso entregado a su hermano se corresponda con la documentación existente en la maleta y publicada por su sobrino Miguel Primo de Rivera. Sabemos que Franco poseía las cuartillas manuscritas de José Antonio con sus conclusiones definitivas del juicio de Alicante y que Miguel fue quien recuperó la documentación del proceso que consultó Francisco Bravo para su libro. Es probable que Miguel entregara a Franco, al que informó tras ser canjeado, el manuscrito citado.
[90] Aunque en algunas ocasiones se ha dicho que el abrigo se lo dio a Toscano, este negó que así fuera. El peine acabó en manos de las «chicas» de Román Arango López; la pluma sí parece que la retuvo Guillermo Toscano. Es curioso que algún autor haga la cita sin mencionar el interés personal de Franco. AHN-CDMH/Causa General, legajo 1560.
