El dinero enviado por Franco, la representación diplomática germana y los barcos de guerra de la Kriegsmarine entrando y saliendo del puerto aún estaban en Alicante cuando comenzó el juicio contra José Antonio, Miguel y Margot. Las seguridades que a finales de octubre había dado el gobernador civil, Francisco Valdés, a los negociadores alemanes se habían diluido, pues nadie podía poner en duda que el líder falangista sería condenado a muerte. Además, la legación alemana en la España del Frente Popular estaba preparándose para abandonar el territorio en cuanto se produjese el inminente reconocimiento del gobierno de Franco por el Tercer Reich. Tanto el encargado de negocios como los mandos de la armada alemanes habían adquirido un compromiso con el Generalísimo y, por si fuera poco, cuatro días antes de iniciarse el juicio habían telegrafiado que las gestiones iban por buen camino.
Probablemente, aunque José Antonio fuera condenado a muerte, no se esperaba que se cumpliera la sentencia. Lógicamente, no solo los alemanes se plantearon dudas acerca del sentido que podía tener, cuatro meses después de empezar el conflicto, ejecutar a un rehén como Primo de Rivera dada la sobredimensión que estaba adquiriendo en la zona enemiga; la lógica hacía pensar que el gobierno de la República no quisiera así perder un rehén de tamaña importancia. Por otro lado, se trataba de ejecutar con apariencia de legalidad a alguien que llevaba en prisión desde el mes de marzo cuando la credibilidad del gobierno socialista de Largo Caballero estaba seriamente cuestionada en las cancillerías occidentales debido a la represión del verano y a los informes emitidos por las embajadas sobre las matanzas que se estaban llevando a cabo en Madrid el 7, 8 y 9 de noviembre. El gobierno, en el caso de Primo de Rivera, con la fuerte presencia diplomática existente en Alicante, tenía la oportunidad de dar muestras del respeto a la legalidad y de aprovechar una baza propagandística de primer orden. Pero estos razonamientos, entre el 18 y el 19 de noviembre, se revelaron como erróneos porque no se estimó la posición a favor de la ejecución del prisionero de Alicante de gran parte del gobierno, empezando por su presidente, ni se pudo saber que se trataba de un juicio convenientemente preparado para cubrir con una pátina de aparente legalidad la resultante de un proceso político.
Entre el 16 y la madrugada del 20 de noviembre el tiempo jugó en contra de José Antonio y la «prisa» por cumplir la sentencia vino determinada por la decisión consciente, por parte de socialistas, anarquistas y comunistas, de evitar que el retraso pudiera dar tiempo a un indulto/conmutación de pena por la presión internacional a favor del prisionero.
Cuando, pese a la posición del propio gobernador civil, se hizo evidente que la ejecución se iba a producir, a los alemanes, directa o indirectamente, solo les quedó intentar un soborno a la desesperada el 19 de noviembre mientras se extendían los hilos de la presión diplomática sobre el gobierno del Frente Popular.
Eugenio Montes a la desesperada.
Lamentablemente el escritor Eugenio Montes, como tantos otros de los que vivieron en primera persona con capacidad de intervenir, aquellos días previos al 20 de noviembre de 1936, no nos ha dejado un relato pormenorizado de sus actividades.
Como sabemos, pacientemente había estado construyendo un lobby de personalidades a favor de la liberación de José Antonio, sin mucho éxito por otra parte. A partir de la publicación de la sentencia, el 18, de lo que tuvo que tener confirmación adentrado el día, con el tiempo corriendo en contra, tuvo que dedicar todas las horas del día y la noche a intentar localizar a aquellos que pudieran pedir al gobierno de la República y al presidente de la misma que no se ejecutara la sentencia. Lo que Montes ignoraba era que en el seno del gobierno eran minoría los que eran contrarios a la ejecución.
El objetivo de Montes es conseguir que sea el gobierno francés de León Blum el que presione a Largo Caballero. Todo el día 19, la madrugada y la mañana del 20 Eugenio Montes usa el teléfono y se traslada de un lugar a otro.
No es difícil asumir la desesperación de Eugenio Montes en su carrera contra el tiempo. La sola relación de sus movimientos, incompleta, es apabullante. Consiguió localizar al expresidente del gobierno, Portela Valladares, quien, como sabemos, apreciaba sinceramente a José Antonio. Inmediatamente telegrafió al ministro de exteriores francés Ivon Delbos, al presidente del gobierno francés León Blum, al ministro de exteriores británico Anthony Eden y al embajador francés en España Jean Herbette. Portela conocía bien a Largo Caballero y a no pocos de sus ministros, por lo que «no tenía mucha fe» en el éxito de la gestión.
También Miguel Maura había remitido una petición similar al ministro francés. León Blum, quizás impresionado por las peticiones que le llegaban, si seguimos el testimonio del exministro republicano Joaquín Chaparrieta, se mostró favorable a pedir el indulto o la conmutación.
Jugando con la redacción, desconociendo que las gestiones sobre el gobierno francés fueron múltiples y no solo una, también en estas circunstancias algunos autores han tratado de sostener la tesis de que Franco boicoteó estas iniciativas. En ese caso la intervención del conde de Romanones. Así, el Generalísimo habría retrasado a conciencia la aprobación del proyecto del conde de Mayalde de hacer una visita al presidente del gobierno francés. La fuente del aserto es Ramón Garriga, que luego explota Paul Preston para calificar los hechos, directamente, como sabotaje por parte del Caudillo. José Finat, amigo personal de José Antonio, habría propuesto utilizar la influencia de su suegro, el conde de Romanones para que este se trasladara a Francia y directamente contactara con el gobierno francés para evitar la ejecución. El conde de Mayalde gestionó directamente el salvoconducto con Franco y, según Garriga, éste demoró la autorización. Pero ninguna fuente, ni la lógica elemental, ni la cronología, avalan tal aseveración. Recordemos: José Antonio fue condenado a muerte a las 3 de la madrugada del 18 de noviembre. La noticia no pudo publicarse en la prensa de la mañana de la zona republicana por razón horaria y se difundió por la tarde. El 19 de noviembre el conde de Romanones ya estaba en San Juan de Luz (Francia), con permiso de Franco, claro está, dispuesto a llegar a París, durmiendo en aquel lugar. ¿Dónde está el retraso?
La realidad es que Garriga tergiversó la fuente y los demás ampliaron los hechos. Fue el propio conde de Romanones quien por escrito explicó los hechos en 1938: en San Juan de Luz, Montes se presentó a «hora matutina, demudado el semblante, preso de verdadera angustia, el veinte de noviembre, para decirme que, sin pérdida de momento, me dirigiera al Gobierno francés para que obtuviera del de Madrid que no se cumpliera la sentencia de muerte». Inmediatamente, Romanones, telegrafió al ministro de Relaciones Exteriores, Yvon Delbos.
Evidentemente, todos creyeron que tenían algo más de tiempo. Entre otras razones porque el gobierno republicano no había emitido ninguna nota, ni hecho ninguna declaración tras el Consejo de Ministros del 19 de noviembre que hiciera suponer que se había tratado el enterado a la sentencia.
Si seguimos los diversos y fragmentarios relatos sobre las actuaciones de Eugenio Montes, resulta evidente que a última hora de la noche del 19 debió de recibir alguna comunicación sobre la inminencia de la ejecución. Así pues, desde las primeras horas del 20 de noviembre Montes no ceja en su empeño. Según declaración del exministro Ramón Feced Gresa[1], aunque sin precisión horaria, Montes llegó a Niza para verle; estaba haciendo gestiones con expatriados, para que intercediese con ayuda de Rodríguez Pérez y otros para impedir la ejecución de José Antonio. Feced, tras instalarse en Biarritz, el 13 de noviembre, se ofreció al amplio lobby de la causa nacional que operaba en Francia a través del conde de los Andes[2]. Feced planteó que como exministro de la República lo más conveniente era dirigirse al presidente francés y al ministro de Negocios Extranjeros. El propio Montes redactó el telegrama que fue firmado por todos y enviado.
En realidad, a estas gestiones, que podían haber salvado a José Antonio de la ejecución tras ser condenado les faltó tiempo. Condenado a las 2.30 de la madrugada del día 18 de noviembre solo se dispusieron de 38 horas hasta la celebración del Consejo de Ministros; 51 hasta la ejecución. Las gestiones diplomáticas llevan tiempo. Cuando León Blum, ante la cadena de peticiones de intervención, puso en marcha la maquinaria gala, quizás en la tarde del 19 de noviembre, probablemente en las primeras horas del 20 ya era tarde. En la mañana del 20 de noviembre, el cónsul francés en Alicante informaba al Eliseo que José Antonio había sido ejecutado al alba de aquel día. El propio Ivon Delbos llamó a Romanones para comunicarle «muy luego» que «por desgracia» llegaban tarde, «José Antonio había sido fusilado aquella misma mañana»[3]. También se lo comunicó al exministro Feced de modo similar «diciéndole, que su gestión no había podido tener eficacia porque José Antonio había sido ejecutado en Alicante»[4].
Todos los que lo intentaron chocaron con un impedimento, la falta de tiempo. De ahí la prisa en la zona republicana por ejecutar la sentencia. Era imposible que Largo Caballero se hubiera desentendido, en esos momentos, de aquellas peticiones, sobre todo si saltaban a la prensa. Era precisamente lo que Azaña y su hombre de confianza, el ministro Carlos Esplá esperaba, que la repercusión internacional evitara la ejecución si, simplemente, se suspendía la sentencia.
Salvador de Madariaga que intervino, a instancias de Montes, en las gestiones en Francia comenta: «fue muy de lamentar que fracasáramos todos en salvar a un hombre que quizá hubiera podido hacer cambiar el rumbo de la historia de España si hubiera vivido. Los responsables de su ejecución fueron unos insensatos. Lo digo con la tranquilidad de un ánimo imparcial, porque no sé a quién procede colgarle esa tremenda insensatez»[5].
Elizabeth Bibesco
Quien no olvidó a José Antonio en estas últimas horas fue la princesa Elizabeth Bibesco, que intentó usar su capacidad de influencia en Francia, Inglaterra y España. Según parece consiguió hablar con Manuel Azaña para pedirle que no se ejecutara a José Antonio, pero el presidente de la República había perdido la partida en Alicante y en el Consejo de Ministros. En un arranque de sinceridad le confiesa que él es también un prisionero.
Lady Elizabeth, como se sabe, era hija del expremier liberal-conservador lord Herbert Asquith, conde de Oxford y de Asquith y había mantenido una relación difícil de valorar en toda su extensión con José Antonio. Su solo nombre abría cualquier puerta. Ello le permitió llegar hasta el primer ministro británico Stanley Baldwin, lo que le llevó hasta el Foreign Office. También es factible pensar que fuera ella, realmente, la que buscara el apoyo de la reina Victoria Eugenia que aseguraba llegar hasta la más alta institución británica, pues entonces las relaciones entre ella y Alfonso XIII eran inexistentes. Recordemos que según Pilar Primo de Rivera el Foreign Office «no se digno a contestar». Probablemente no sea exacto. El tiempo también corrió en su contra. Lo único que les restó por hacer era pedir que se confirmara que efectivamente José Antonio había sido ejecutado.
El mundo de los rumores y la enamorada
Es interesante subrayar cómo en algunos países hispanos la ejecución de José Antonio tuvo cierta trascendencia con recreaciones noveladas, pero con datos reales, que se difundieron diluyendo el mito del Ausente. Así, por ejemplo, Vicente Sánchez-Ocaña publicaba un largo artículo, “José Antonio Primo de Rivera ¿vive?” que vamos a rescatar en este trabajo y que muestra cómo los hechos se mezclan con los rumores para dar vida al mito, aunque los rumores sean sobre un inverosímil intento de salvación y cómo el líder falangista habría salvado la vida:
«Sin embargo, al tiempo que esa historia de la muerte de José Antonio, se murmuraba por los cafés de emigrados otra: la de su salvación… Varios diarios importantes de Europa la han repetido y el semanario de París Le Journal de la Femme la ha narrado extensamente.
Resumida es así:
Una hija de un expresidente del Consejo de Ministros, republicano y enemigo irreconciliable del Nacional Sindicalista, estaba enamorada de José Antonio, secretamente. Tan secretamente que nadie, ni el mismo José Antonio, que no trataba a la señorita en cuestión, lo sospechaba.
Al saber por la radio que el jefe de la Falange iba a ser juzgado, es decir, fusilado, la muchacha enamorada –a la que llamaremos N., aunque no sea ‘N’ la inicial de su apellido– corrió a visitar al presidente Azaña.
–¡Van a matar a José Antonio Primo de Rivera! –gimió arrojándose a sus pies.
–¡Van a matarlo y usted lo podía salvar!…
Desconcertado por aquella brusca explosión de dolor, el Presidente murmuró algunas frases consoladoras y evasivas… No era seguro que el señor Primo de Rivera fuera condenado… El Tribunal juzgaría con rectitud… Tal vez su culpa no mereciera la última pena… Había que esperar.
–¡Van a matarlo!¡Van a matarlo! –repetía ella.
Al fin pareció serenarse y se despidió como si tomara por buenas las vagas palabras de aliento que le daban.
–Sí –concedió, bajando la cabeza– Tiene razón. Ha sido un arrebato mío. Es menester aguardar.
Pero lo que menos pensaba era aguardar. Aquella misma noche, acompañada por una amiga, confidente de sus congojas, partía en automóvil hacia Alicante, donde, precisamente acababa de llegar –lo sabía por su padre– un barco cargado de aviones para las tropas del señor Largo Caballero.
Su nombre le permitió entrar en relación con los aviadores, conseguir que le confiaran un aparato (porque, deportista consumada, pilotea un aeroplano tan diestramente como lleva a 100 kilómetros su coche por las tortuosas carreteras del Guadarrama) y realizar varios vuelos de ensayo sobre la ciudad.
En seguida se fue al Gobierno Civil y ordenó que la pusieran en comunicación con su padre.
–Papá –le dijo–: estoy en Alicante donde acaban de condenar a muerte a José Antonio Primo de Rivera. He venido para salvarlo, porque, aunque tú no lo sabías, estoy enamorada de él y si él muere nada me importa ni tú, ni mi madre, ni mi vida. He conseguido que me den un aeroplano que tengo guardado en un sitio donde toda la policía de Alicante no lo encontraría, aun cuando tú la movilizaras, que no la movilizarás por la cuenta que te tiene evitar el escándalo. Pues bien; si en el espacio de dos horas no llega el indulto, yo me marcho a pasar la noche junto a mi aeroplano y mañana al amanecer, cuando vayan a fusilar a José Antonio, volaré sobre la cárcel. Volaré con la provisión de bombas que tengo completa en el aparato… José Antonio morirá y yo moriré también, pero siquiera veinte milicianos van a acompañarnos en el viaje. Te doy mi palabra papaíto.
En vano, el padre quiso interrumpir aquel loco discurso, discutir, protestar, suplicar… La señorita N. lanzó fríamente su ultimátum, colgó el auricular y esperó.
Antes de las dos horas que había dado de plazo llamaban al Gobernador Civil desde Valencia.
–¡Con su cabeza me responde usted de que don José Antonio no será fusilado!– le decía una voz imperiosa.
La novela es bonita, pero yo creo que no es más que eso: una novela.
En primer lugar la señorita N., a la que conocí en otro tiempo debe tener ahora trece o catorce años. Sin duda, una pasión romántica puede prender en una chiquilla de esa edad, pero que tenga bastante carácter para luchar por ella con la energía que cuentan que luchó la señorita N. es menos verosímil.
Tampoco son admisibles algunos detalles materiales de la historia: a los trece o catorce años no es corriente que una muchacha haya aprendido a gobernar aeronaves.
Pero aun aceptando que la hija del expresidente republicano estuviera enamorada del jefe de la Falange y que fuera a Alicante y que le hiciera desde allí a su padre el heroico chantaje del aeroplano, me parece improbable que su audacia lograra éxito. Los que han vivido en Madrid, Valencia o Barcelona los meses últimos saben que ningún personaje político se determinaría a dar órdenes a las milicias de la FAI con ese tono altivo con que aseguran que llegó a Alicante el indulto de José Antonio, y que si se determinara sería igual, por la buena razón de que la FAI lo mandaría a paseo».
Entre Alicante y Valencia
El ministro Carlos Esplá alegó en el Consejo de Ministros que una suspensión de la sentencia o aplicación del indulto, desde el punto de vista internacional, favorecía al gobierno. Es probable que no fuera extraña a ella la movilización que se estaba produciendo tanto en Alicante como en Valencia por parte de las representaciones extranjeras. El embajador argentino Eduardo Pérez Quesada, que tenía instrucciones de su gobierno, habló con el embajador británico sir Henry Chilton para que telegrafiara al Foreign Office al objeto de que este presionara al gobierno republicano para que concediera el indulto a José Antonio alegando razones humanitarias[6].
En Alicante, el consulado británico, cuya utilización habían recomendado los alemanes, que llevaba el señor Puigcever, que según parece mantenía contactos con Rafael Antón Carratalá, abogado de la CNT, sobre la situación de José Antonio iba a plantear la posibilidad de, a través de un soborno, «comprar la guardia de la prisión»[7]. En Alicante comenzó a correr algo más que un rumor por el que se temía cualquier acción para liberar a José Antonio. De hecho, el propio gobernador civil alertaba el 18 sobre «el temor de los manejos de intento de evasión» por lo que no solo se iba a reforzar la vigilancia con la fuerza pública, sino que, además, ofrecía que si no se ejecutaba la sentencia, para evitarlo, «cada organización sindical o partido designara los elementos de garantía que habían de vigilar, constantemente, la prisión».
Posibilidad de que se realizara alguna acción inesperada que emerge entre las notas del fiscal instructor de la pieza sobre José Antonio de la Causa General, no trasladadas a los textos finales de las declaraciones, en una anotación que nos advierte del intento de «sobornar en la última noche a la autoridad militar de Alicante Sr. Sánchez para comprar a la Guardia de Asalto»[8]. Algo que podría explicar la desconfianza de los anarquistas y su actuación como pelotón de ejecución evitando que la ejecución se realizara en el cementerio y la participación de la Guardia de Asalto.
En Valencia, donde residía el gobierno, a instancias de Aniceto Menéndez y de José Martínez Alejo, el representante cubano, decano del cuerpo diplomático presente en la ciudad, también movilizó a cuantos diplomáticos pudo para intentar que el gobierno concediera el indulto[9].
Todo fue inútil.
[1] Feced pertenecía al Partido Radical Socialista, por el que fue diputado en 1931. Presidente de la Comisión Agraria, Director General de Industria y alto cargo del Instituto de Reforma Agraria; ministro de Agricultura con Lerroux durante un mes no renovaría su escaño en 1933 y no concurriría a las elecciones de 1936. Llegó a estar propuesto como ministro de Agricultura en el frustrado gobierno de Martínez Barrio. En agosto, junto a Sánchez Román, juzgó prudente salir de la zona frentepopulista y exilarse en Francia, antes había refugiado a Serrano Suñer en su casa. Al acabar la guerra, sin responsabilidades políticas alguna, volvió a España siguiendo su carrera profesional.
[2] En octubre de 1936 se habían terminado de organizar los servicios de información de Franco en el sur de Francia bajo la dirección del conde de los Andes. AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.513. BARRUSO, Pedro: Información, diplomacia y espionaje. La Guerra Civil española en el Sur de Francia (1936-1940), San Sebastián: Hiria, 2008, pp. 75-77.
[3] ROMANONES, Conde de: «La última mano que se tendió para intentar salvar la vida del llorado José Antonio», La Voz, 11-11-1938, en VVAA, Dolor…, p. 307. Romanones recibió el pesar del ministro de Exteriores y del presidente de gobierno francés. Estima que, aunque su gestión hubiera llegado a tiempo, «nada se hubiera conseguido».
[4] Declaración de Ramón Feced, 11-11-1940. AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.501/18.
[5] GIBELLO: op. cit., p. 293. Este autor indica que no se produjo ninguna petición por parte de Italia o Alemania, pero es evidente que hubiera sido contraproducente. Sobre todo cuando el 19 de noviembre ya era un hecho el reconocimiento del gobierno de Franco por parte del Tercer Reich.
[6] ROJAS, Carlos: op. cit., pp. 188-189.
[7] Intervención inglesa en los intentos de rescate, AHN-CDMH/Causa General, legajo 1501/2.
[8] AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.560.
[9] AHN-CDMH/Causa General, legajo 1.563.
