Remembranzas
La historia de nuestro Glorioso Alzamiento tiene motivos, anécdotas y acaecimientos que, sin duda, habrán de ser reflejados en la inmortal página que, con sangre y sacrificio, martirio y esfuerzo, escribió la España patriótica. Los que en las calles de Barcelona se sublevaron contra el marxismo opresor, exteriorizaron el hálito de indignación que suponía aquel arrollamiento comunista de los sin Dios y sin Patria.
Tras de ellos, vino la persecución sistemática de los que, días después de la lucha a puerta abierta, tenían significación de amar a España y a su Dios. Esta fue atroz, sanguinaria, salvaje. La jauría de los impregnados por la malsana doctrina soviética realizaban registros y expoliaciones, acompañando casi siempre del inevitable asesinato.
Algunos se escaparon a la muerte, pero encarcelados en inmundas mazmorras, en oscuros calabozos y martirizados, sufrieron lentamente, con santa resignación y elevado espíritu, el inhumano trato de los sicarios de Negrín. Mas esto tenía un fin; las tropas nacionales, acaudilladas por Franco, estaban dispuestas a liberar a España, y Cataluña, presa del Estado, pronta a ser liberada.
Al ser tomados los primeros pueblos de la provincia por las invencibles tropas del Generalísimo, un aliento renovador penetró en los espíritus de los que yacían amontonados en las cárceles. Por su mente se reflejó la coloración rojo y gualda de nuestra idolatrada enseña. Y el ansia de besarla cundió en todos. Mas no todos pudieron satisfacer este patriótico deseo. La horda comunista les tenía atenazados y su cumplida venganza, al no tener el valor de derrotar a un Ejército colmado de laureles, tenía que ensañarse en los cuerpos de los que, días antes de la conquista de Barcelona, fueron llevados al suplicio.
La odisea
Fue un 24 de enero de 1939. Desde las cárceles y checas se oía el tronar de los cañones nacionales, señalando, con sus alaridos, la deseada liberación. Los cuerpos, agotados por el sufrimiento y la depauperación, reaccionaron. Aún había en las prisiones rojas de la ciudad millares de detenidos, para algunos de los cuales existía de antemano fatal sentencia.
Los rojos no querían dejarse perder tan preciada presa y, cuarenta horas antes de la victoria, sacaron de las mazmorras a más de dos mil patriotas para, hacinados como rebaño en destartalados vagones, conducirlos a los pueblos fronterizos, entre la inclemencia de un frío horroroso, hambre y restallar de latigazos sobre las espaldas escuálidas.
Muchos de los que salieron en estas inhumanas condiciones no pudieron llegar a su destino. La muerte, más piadosa que los verdugos del S. I. M., acabó con su existencia. Otros, al no poderse valer de sus fuerzas para seguir andando, después de haber llegado a Gerona, fueron muertos a tiros y a culatazos. No había compasión ni para los viejos, ni para las mujeres, algunas encinta, ni para los enfermos. Eran seres destinados al sacrificio, por el solo hecho de pensar y sentir con la España de nuestros amores.
En el Collell
Al Collell, pueblo de la provincia de Gerona, distante de ésta unos 45 kilómetros, fueron llevados unos centenares de patriotas que sufrían cautiverio en las checas de Vallmajor, Zaragoza y otros puntos. Se les encerró en lo que habían sido celdas del monasterio, convertidas en horribles departamentos de tortura. La mansión de Cristo y de la Cultura fue transformada por los rojos en recinto amurallado, cual si se tratase de una prisión siberiana.
En ella actuaba un tal Monroy, al que secundaban en sus fechorías individuos que, como Meana, Eusebio y Guillermo, se multiplicaban en el malvivir de los nuestros. Uno hubo, un tal Cuervo, que fue algo más magnánimo con los presos. Por esto precisamente fue asesinado por los rojos antes de su cobarde huida.
La tragedia
Cuando las tropas del Generalísimo Franco ya estaban en Barcelona y la población, henchida de entusiasmo, las aclamaba entusiásticamente, el regocijo empezaba a invadir a nuestros patriotas. Mas esto no fue en todos. Una lista de cincuenta hombres, a los que el Destino había indicado para ser inmolados por Dios y por la Patria, estaba preparada.
Llamados que fueron, se les hizo formar en el reducido patio del ex monasterio y, con promesa de que se les mandaría a trabajar a un cercano campo de aviación, fueron internados en el bosque, distante unos kilómetros del recinto, desde donde invisibles ametralladoras hicieron sobre ellos un mortífero y cruel fuego.
Cayeron unos tras otros, y la mayoría fueron rematados a culatazos, a pedradas, disparándoseles a bocajarro balas explosivas. De los cincuenta, lograron salvarse inverosímilmente dos de los patriotas sentenciados, y allí quedaron cuarenta y ocho cadáveres como muestra de la barbarie roja y como gloria de una España por cuyo ideal sucumbieron.
La identificación
Localizado el lugar donde fueron asesinados, se descubrió la zanja que los rojos abrieron y en la que, unos sobre otros, fueron arrojados los mártires.
Los días pasados en esta misión son para el que esto escribe de la máxima impresionabilidad, y la labor de cuantos se prestaron a la realización del trabajo —familiares, camaradas y autoridades—, digna de todo encomio.
En ataúdes, previamente enviados por la Excelentísima Diputación Provincial de Barcelona, fueron depositados los cadáveres, que recibieron provisional sepultura en terreno frente al edificio que les sirvió de cárcel.
Fue un acto de la más viva emoción. Anochecía y los luceros refulgían en la inmensidad del espacio, reclamando la compañía de los que perecieron por la Religión santa, por la Patria bienamada y por las Flechas de Falange.
Honores a los caídos
En el mismo sitio donde fueron inmolados se ha levantado un sencillo obelisco, en el que están grabados los nombres de los cuarenta y ocho gloriosos caídos. A él conduce la senda que ellos pisaron con los pies sangrantes, con el alma puesta en el más allá. Es un lugar que invita a la reflexión y al acrecentamiento del amor patrio.
Meses después, los cadáveres de aquellos patriotas fueron trasladados a Barcelona. Con dicho motivo, se produjo una manifestación, en la que el pueblo, con sus autoridades al frente, exteriorizaron un vivísimo dolor.
A hombros de camaradas, fueron conducidos los ataúdes cubiertos con la bandera nacional, amparadora de unas almas, siempre alerta, por la grandeza de España.
Por esto hoy, NUEVA ESPAÑA, con su número dedicado a los que coadyuvaron a la defensa de la Patria, honra también a los mártires del Collell y les ofrenda en sus páginas la máxima aureola de su sentir y de su admiración, en corona eterna de siemprevivas, cual son las páginas escritas con sentir y vocación patriótica.
