INTRODUCCIÓN
Tras el relevo oficial de la División Azul en octubre de 1943, algunos voluntarios españoles decidieron permanecer en el frente ruso integrados en unidades alemanas. Entre ellos se encontraban numerosos estudiantes y militantes falangistas que habían participado previamente en la Guerra Civil española o que habían llegado a Rusia movidos por el mismo impulso ideológico que había llevado a miles de voluntarios al frente del Este.
En aquel escenario extremo —marcado por el frío, los combates constantes y las duras condiciones del frente— muchos de estos combatientes protagonizaron episodios que formarían parte de la memoria de la campaña española en Rusia. Para algunos, la guerra terminaría en la muerte en combate; para otros, comenzaría una larga etapa de cautiverio en campos soviéticos que se prolongaría durante más de una década.
En Rusia, convertidos en legionarios, luchaba un puñado de españoles que se negaron a regresar después del relevo total de la División, realizado el 12 de octubre, a veinte kilómetros de Leningrado. Entre ellos no faltaban estudiantes; alguno, como Salvador López de la Torre, estaba allí desde el primer combate.
La guerra en Rusia aumentó la inverosímil lista de universitarios muertos. José Madrona de Soto, Luis Berenguer Espinar, Carlos Berzosa Teixeira, alférez en la guerra española; Antonio Rodríguez del Valle, José Luis André Garrido, Rafael Auba Forcada, Luis Duran Martín, Guillermo José Quellemberg, Enrique Roige Rosa, Edmundo Sánchez Sarabia, Ángel Abad Pérez, José Miguel Delgado Rizo, Antonio Martín Pintado, Dionisio Acebal, Eulogio López Cano, Daniel Melitón García, José de Lucas, José Caballero Palacios, Mario Noya, José Luis Hernández-Vaquero, Antonio Muñoz Cebrián, José Pérez Miralles Arteaga, Luis Antonio Pardo, Luis Bricio, Antonio Casas, Luis Castejón, Tomás Sánchez-Isasi, Tiburcio Borras Batista, primer caído de la Falange de Barcelona en Rusia; Ramón Tremón Miró, que dejó otro hermano luchando en la División; Manuel Sánchez Torres, superviviente del Cuartel de la Montaña con otros dos hermanos divisionarios; Emilio Alzamora, retirado en la guerra española del frentepormenordeedad.Enlasnuevascenturiasdecaídosfigurabaunodelosmásdestacadosdelaprimeralínea madrileña, Javier García Noblejas.
Otros morirían tristemente enfermos, como Blanquer, después de transportar sobre sus hombros durante días y días un pesado fusil antitanque, que justamente había ya demostrado su inutilidad ante los blindados rusos al entrar en fuego la División. Entonces se les mandó retirar como armatostes sin valor; pero Blanquer tenía los pulmones deshechos con aquel servicio estéril que le hizo morir lentamente en Madrid.
Entre los estudiantes divisionarios figuraban, en número considerable, aquellos que la guerra había situado geográficamente en la zona roja y otros demasiado jóvenes en el 36, que estaban deseosos por mostrar de cuánto eran capaces en el campo del valor.
Jesús Revuelta Imaz, combatiente en Rusia, obtuvo el premio de periodismo División Azul en 1942.
Por razones de identificación personal, encontramos personajes con estas características en la obra de Rodrigo Royo «The Sun and the Snow», seguramente la primera novela de autor español cuya versión inglesa es anterior a la castellana. Otro estudiante de este grupo, Carlos M. Idígoras, escribiría «Algunos no hemos muerto», publicada su primera edición en Buenos Aires. Otro de las quintas de más allá del 39, Tomás Salvador, escribió ensu relato novelado «División 250»: «Una voz empezó a canturrear: «Un estudiante a una niña le pidió… ¿Qué le pidió? Le pidió su linda cosa y la tonta se lo dio…Aaalaralalá…»» «Un soldado español no sería español ni soldado si estuviera más de media hora sin armar follón.» Demetrio Castro Villacañas escribiría una «Elegía a los muertos lejanos»:
Ya no tenéis ni tumba, el goce de la tumba,
Y estarán vuestros huesos por la tierra perdidos.
Muchos estudiantes repetían su suerte bélica, como Luis Fernando Bandín, que pasó de estudiar Ciencias Químicas en Oviedo, en el 36, a la oficialidad provisional y después a la División Azul.
También quienes del Bachillerato pasaron a mandar tropas en nuestra guerra y de ella saltaron a Rusia, como Ángel Ruiz Ayúcar, se fijaron en los nuevos combatientes.
“Félix y Pepe Luis eran amigos íntimos. Eran del mismo pueblo, hicieron juntos el Bachillerato, iban juntos a la Universidad y juntos vinieron a Rusia” .
Fernando Vadillo saltó del Bachillerato al frente del Ebro y, aún con diecisiete años, se alista en la División Azul. A él se debe la crónica más minuciosa de aquella empresa. Dos tomos demás de seiscientas páginas:«Orillas del Voljov» y «Arrabales de Leningrado».
La pugna, con Rusia en medio, continuaría. Claudín, un estudiante de la F. U. E. de Ciencias, que había dirigido el semanario marxista Juventud, hizo desde Radio Moscú una loa a los comunistas españoles muertos heroicamente en la defensa de Stalingrado, en donde se rompió decisivamente el arma militar de los alemanes. En contraposición, Dionisio Ridruejo compuso su «Canto por los muertos de Stalingrado». Su poema está fechado en Ronda, en donde estaba confinado por el Gobierno, y en él llora la ausencia de españoles en la batalla, luchando al lado de los alemanes.
La dificultad española para someterse a la seca disciplina soviética empujó al suicidio a Pepe Díaz, secretario general del Partido, y produjo las deserciones de gentes tan calificadas como la del que había sido ministro de Instrucción Pública, Jesús Hernández; el creador del Quinto Regimiento, Enrique Castro Delgado; el jefe de milicias, «El Campesino», incapaz de seguir los cursos de la Academia Militar Frunze; Rafael Pelayo Aunión, comandante de guerrilleros en la guerra española, y el cubano Rafael Miralles, jefe del Batallón 710, del Cuerpo de Ejército de Líster. Después de un plante desaparecieron la mayoría de los 210 alumnos de aviación que habían sido trasladados a la U. R. S. S., entre ellos un hijo de Margarita Nelken. La diputado socialista escribió, después de una crisis pasajera, un místico guion sobre San Francisco Javier.
Entre los últimos defensores de Berlín figuraron españoles que habían luchado en la División Azul y que, durante veinte días, defendieron la capital alemana por calles y tejados, en el «Metro» y los «bunkers», hasta que la bandera de la hoz y el martillo ondeó en lo alto del Reichtag.
Cuando los soldados españoles abandonaron la línea del Volchov, en los pueblos de su retaguardia lloraban los hombres y las mujeres de Rusia. En un año, la compenetración había sido total. Se entendía allí la colonización americana. La humanidad del español se desborda con los débiles, con quienes sufren y entre aquellas poblaciones, con desesperación del mando alemán, había compartido sus angustias familiares, su trabajo y su pan, y también su amor con un amplio, pintoresco y claro vocabulario. Alberto Crespo, soldado universitario en Somosierra, escribió en la División sobre estas cosas en «Memorias de un combatiente sentimental».
La campaña rusa produjo, más allá de las líneas de combate, en la conducta de los prisioneros, unos episodios que, al conocerse, llenaron de legítimo orgullo a los españoles.
Desde las primeras batallas sobre un frente no continuo, en terreno de grandes bosques, fueron quedando prisioneros en poder de los rusos, y de forma importante en los choques desarrollados en el sector de Leningrado en el invierno de 1943. Los cautivos españoles en campos de concentración, trabajando en condiciones infrahumanas en minas peligrosas, sometidos a dietas de hambre, padeciendo procesos y cárceles, mostraron entereza y valor hasta límites heroicos durante casi doce años, de los que fueron testigos asombrados prisioneros de otras nacionalidades. Cuando merced a laboriosas gestiones centradas en la Embajada de Londres, regida por Miguel, el hermano de José Antonio, se consiguió el regreso de la primera expedición en un barco de bandera extranjera, el «Semíramis», España entera se aprestó conmovida a recibirlos. Vibró el país con su llegada a Barcelona en marzo de 1954. Aquel barco, con el nombre del ave de la paz babilónica, desencadenó un clima emocional paroxístico que hizo escribir al ABC: «Los que ahora llegan se alistaron voluntariamente un día, en la División Azul, para defender la civilización de Jesucristo.» En el puerto se cantó un frenético «Cara al Sol» en el momento de atracar el barco y las lágrimas corrieron por los rostros más curtidos.
Comenzaron a conocerse detalles de la odisea. El primer relato, en un amplio reportaje, lo escribiría Salvador López de la Torre, bajo el título «Los años muertos». Pronto aparecería el libro del capitán Palacios y Torcuato Luca de Tena: «Embajador en el infierno» , que alcanzaría el Premio Nacional de Literatura y una docena de ediciones. El capitán Palacios, estudiante falangista de Medicina antes de nuestra guerra, creó una «Universidad» entre los prisioneros y, con el capitán Oroquieta, personificaría la conducta de aquellos españoles. Oroquieta, fundador del S.E.U., fue prisionero desde la batalla de Krasny-Bor, después de quedar reducida su Compañía a trece supervivientes.De esta manera, la «quinta del S.E.U.» se convertía en protagonista principal de un episodio que pondría adecuado final a una generación cuya característica para la Historia sería la del heroísmo. Los estudiantes prisioneros del Ejército soviético continuaron dando testimonio literario de aquellos años. Juan Negro Castro, de Medicina, dejaría sus recuerdos en dos títulos: «Pesadilla roja» y «Españoles en la U. R. S. S.»; en el último relató con detalle la huelga del hambre en el campo de las minas de carbón de Birovitchi, acción dirigida por el capitán Oroquieta: «Aquella noche del undécimo día, la barraca de los españoles era como una tumba. La luz de los astros se posaba con más insistencia en los perfiles acusados de los agonizantes, cabalgando en las narices largas y afiladas, en los labios monstruosos, en los pómulos agudizados, en el mentón avanzado, en los hombros huesudos, en el tórax surcado de líneas arqueadas, en las caderas de esqueleto. Y los únicos que aún resistían, los pétreos cuerpos de los doce, acurrucados en un rincón, cantaban a media voz aquella estrofa de«hallaré la muerte si me llega». En la portada de la barraca seguía campeando desafiante el emblema de la Falange y un ¡Viva España!, escrito a sus pies con carbón de las minas.»
La dramática situación de los que regresaban, con frecuencia dados por muertos, produjo menos incitaciones novelísticas de las merecidas; cuando Carmen Kurz abordó en «El desconocido» uno de estos temas hizo estudiantes a los protagonistas. Una historia de universitarios es «La muerte está en el campo», de Martín Vigil, y un estudiante de Medicina, Jaime Salom, lleva al teatro con «El mensaje» el pródigo tema.
CONCLUSIÓN
La historia de los falangistas que permanecieron en el frente ruso después de la retirada de la División Azul constituye uno de los episodios más dramáticos de la participación española en la Segunda Guerra Mundial. Sus experiencias en combate, las pérdidas sufridas y la posterior odisea de los prisioneros españoles en la Unión Soviética marcaron profundamente a toda una generación.
El regreso de los supervivientes en el barco Semíramis en 1954 simbolizó el cierre de uno de los capítulos más prolongados y complejos de aquella historia. Con su llegada a España terminaron años de cautiverio y sacrificio, pero también se consolidó una memoria colectiva que continuó reflejándose en libros, testimonios y relatos que intentaron narrar la experiencia de aquellos españoles en el frente oriental.
