Hace tres años, en mi libro Pérdidas de la guerra, se afrontaba por primera vez de modo global el gran tema del impacto que la guerra había producido en la demografía española. Hasta entonces, sólo don Jesús Villar Salinas se había acercado a él con rigor y profundidad. Existían magníficas contribuciones a su estudio, debidas a Montero, Gibson y Jesús Salas, que o bien se referían a aspectos parciales o bien, como mi hermano Jesús, se reducían a efectuar una buena estimación desde enfoques estadísticos que llevaba a conclusiones válidas en cuanto a órdenes de magnitud globales. Todo lo demás, con ser muy abundante, no era, en general, más que propaganda interesada o pasión desbordada.
A este respecto, el novelista austriaco Stefan Zweig, en su libro El mundo de ayer, nos recuerda, refiriéndose a la llamada guerra europea o primera guerra mundial, que «durante ella el rumor más ruin se transformaba de inmediato en verdad. Se prestaba crédito a la difamación más absurda…». «Los cuentos respecto a manos cortadas y ojos arrancados, que en cualquier guerra aparecen puntualmente en el cuarto o quinto día, llenaban las páginas de los diarios.» Esto, que sucedía en los albores de la guerra total, era sólo el preludio de la que más tarde se llamaría «guerra psicológica», que habría de librarse de forma tenaz y constante para sostener la moral de la propia retaguardia y quebrantar la del contrario, y de la que sería elemento permanente y motor la predicación del odio al enemigo, del que tenía que presentarse una imagen execrable. Fue en nuestra guerra en donde aparecieron por primera vez órganos especializados para sostener este tipo de acción. Su misión era la de elaborar y transmitir al mundo una imagen distorsionada de la realidad, que magnificara los hechos, exagerara los datos y generalizase una visión fabuladora de los acontecimientos.
En cambio, la de los historiadores, que vendrían después, sería la de restablecer 1 la verdad, pues, como dijera Ortega y Gasset en La redención de la provincia, no es admisible que aquello que se escribió por la guerra y para la guerra sea tomado en serio a la hora de escribir la historia. Pero en España los odios se conservan y transmiten de generación en generación, y los tópicos que ideó la propaganda para azuzarlos se consolidan en «leyenda».
El profesor Juan Marichal, de la Universidad de Harvard, ha hablado de «la historia española moderna, tan habitualmente maltratada por sus propios moradores, que parecen limpiarse de culpas al practicar dolorida y cotidianamente la autodifamación nacional»; y comentando este párrafo, el llorado presidente de la Real Academia de la Historia don Jesús Pabón decía: «El morador de la España contemporánea nunca fue humilde o sobrio al hablar de su situación, de la suya, de aquélla a la que se sintió vinculado; muy al contrario: respecto a su situación fue exagerado, ditirámbico, triunfalista. Precisamente en su situación, España había conocido la plenitud de los tiempos y los españoles alcanzaron la tierra prometida.
Para la demostración, el español contemporáneo había comenzado por una condenación de la situación anterior, por una difamación del pasado inmediato. El mecanismo era de una simplicidad maniquea. Todos los bienes estaban en la situación actual, puesto que todos los males se dieron en la precedente.
Y, claro está, los autoelogios de cada situación, borrados por la condenación de la sucesora y la autodifamación nacional española y contemporánea, eran el resultado de una serie de difamaciones sucesivas del pasado inmediato.»
Frente a este afán interesado de unos y otros por ofrecer una visión repulsiva de los hechos imputables a sus contrarios y otra beatífica de los achacables a los propios, los estudiosos debemos rescatar el tema de ese terreno beligerante en el que querían mantenerlo, y devolverlo al sereno y limpio campo de la investigación histórica. No se trata de condenar a unos y absolver a otros, sino de profundizar en los acontecimientos, situándolos en sus estrictos límites y magnitudes, Sin exagerar ni ocultar lo sucedido, manipular los datos, generalizar anécdotas más o menos tremebundas, ni ofrecer interpretaciones que pudieran servir para consolidar una leyenda que el tiempo podría encargarse de hacer inapelable.
Cifras legendarias
La más superficial introducción al estudio de la población española durante los años treinta y cuarenta obliga a desechar, por absolutamente imposibles, las abultadas cifras de muertes que suelen manejarse con ligereza y sin la menor base científica o documental. La inmensa mayoría de los que pontificaban sobre el particular lo hacían sin la menor autoridad o apoyándose en fuentes totalmente recusables, con lo que, de forma deliberada o inconsciente, servían de caja de resonancia para la propagación y consolidación de un «mito».
La leyenda a que me refiero se ha materializado, dentro y fuera de nuestro país, en una cifra redonda enmarcada en una no menos redonda frase que sirvió de título a la conocida y difundida novela de José María Gironella Un millón de muertos. Ya disponíamos de un lema con «garra», de una frase certera que lograría el gran impacto psicológico con el que sueñan los agentes publicitarios. ¡Un millón! La palabra que refleja todo lo exorbitante, inmenso, fabuloso. Nada expresa mejor nuestro reconocimiento hacia el prójimo que darle un millón de gracias, ni la opulencia de éste o aquél que decir de ellos que son millonarios. El millón da cumplida muestra de lo grandioso, y si grandiosa fue nuestra guerra civil y numerosas sus víctimas, éstas tenían que ser, forzosamente, cuando menos, un millón.
La redonda cifra tuvo, al parecer, su origen en una carta pastoral del cardenal Gomá, quien en la temprana fecha del 30 de enero de 1937 se hacía eco de un rumor aparecido en zona nacional según el cual eran ya un millón las víctimas de una guerra que apenas se, había iniciado. Más tarde, el episcopado, en su famosa carta colectiva, aceptaba como un hecho «la pérdida de más de un millón de españoles, con el desgarro que ello ha producido en el alma nacional» (La referencia a la carta pastoral de 30 de enero de 1937 puede verse en la publicada por ABC el día 20 de marzo de 1976, firmada por don Carlos Fernández), y consumaba así el lanzamiento de un tópico que acabaría en «mito». Pero lo curioso es que el episcopado español, sin saberlo, tenía razón. Sin proponérselo, prematuramente, y cuando aún no se había producido esa pérdida, acertaron a profetizarla. En efecto, España había perdido más de un millón de sus posibles habitantes.
Los obispos, al hablar de la pérdida de españoles, sin aclarar si éstos eran reales o potenciales, habían dicho una gran verdad y alimentado una gran mentira. Luego, unos y otros, tirios y troyanos, se apropiarían de la cifra y, para alcanzarla, distribuirían a su gusto las partidas parciales hasta hacer coincidir su suma con esa aceptada y no discutida del millón, variándolas a capricho y a gusto del consumidor hasta cubrir toda la gama de posibles combinaciones, sin más condición que la de que el total se acercara, en más o en menos al guarismo sagrado.
En la búsqueda de un pedestal adecuado, la leyenda creyó encontrar el punto de apoyo que le faltaba en el olvidado, magnífico y fundamental trabajo de don Jesús Villar Salinas: Repercusiones demográficas de la última guerra civil española. en el que el autor resumía toda la primera parte de su obra en dos frases que serían objeto de la más fabulosa tergiversación. Villar, al estudiar la evolución de la población española durante la guerra, escribió: «Faltan los ochocientos mil habitantes perdidos en esos años.» Y afirmaba: «Como cifra global de pérdidas puede admitirse que, en números redondos y aproximados, la guerra ha costado algo más de un millón de habitantes.» Ya tenemos confirmada la cifra, y nada menos que en un trabajo premiado por la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Lástima, sin embargo, que la mayoría de los que la recogieron se limitara a leer esas dos frases y a interpretarlas torcidamente, cuando no de modo malicioso. En su contabilidad, la partida más importante la constituían los no nacidos, que fueron, según Villar, 612.850. Junto a esta partida básica, las defunciones arrojaban un incremento de 246.568, de las que sólo 173.731 eran debidas a la acción directa de las operaciones militares o a la violencia sobre las personas en la retaguardia. El total de pérdidas se elevaba, por tanto, a 859.418, que con la emigración redondeaba con exceso el tan traído y llevado millón. Lo que quedaba de cierto era que España había perdido, efectivamente, más de un millón de sus posibles habitantes (Villar Salinas estudia todos estos puntos en la primera parte de su obra. que titula «Valoración estadística de los fenómenos demográficos durante los años de la guerra civil.»).
Las estimaciones de Villar Salinas, lejos de ser exageradas, pecaban por defecto. Jugando con la ventaja de manejar informaciones y datos desconocidos cuando él escribió, en mi libro Pérdidas de la guerra elevo esta cifra a 1.124.257 habitantes, de los que 557.182 corresponden al número de españoles que debieron nacer, que eran legítimamente esperados y que no acudieron a la cita con la vida por la caída de natalidad que acompañó a la guerra, y 567.075 los que murieron prematuramente a causa de ella. Esta última cifra, o alguna otra muy semejante, es la comúnmente aceptada hoy por todos los historiadores que no quieran ser tachados de empecinados en el error. Pero al igual que su antecesora, el famoso millón, suele repartirse de forma caprichosa, simplista y casi siempre sectaria. Con increíble frecuencia se olvida que incluye a las defunciones ocasionadas por el incremento de morbilidad que acompaña siempre a las guerras, y que en la nuestra fueron muy numerosas. Normalmente, éstas se adjudican «a capón» a las causas de muerte que el autor de turno desea hinchar para lograr identificar lo «sucedido» con lo que de manera previa había decidido que «necesariamente» tuvo que suceder. Es un pecado en el que han caído y siguen cayendo muchos autores «consagrados».
Danza de números
Así, por ejemplo, Jackson, el difundido historiador americano, en República y guerra civil española, al efectuar su estimación de las víctimas causadas por la guerra, parte de la hipótesis, que adjudica gratuitamente a Villar Salinas, «de que habían muerto de medio millón a un millón de personas y de que, en número redondos, la cifra de 800.000 para el período de 1936 a mediados de 1940 podría ser bastante aproximada». Para fundamentar la elección de esta cifra, argumenta así: «La población de España había ido aumentando a buen promedio en la década anterior a la guerra. El doctor Villar extendió el promedio de nacimientos del período 1926-1935 hasta 1939, y llegó a la conclusión de que sin la guerra la población de España habría sido de 1.110.000 personas más de las que revelaba el censo de 1940. Si sustraemos de ese campo los 300.000 emigrados que había a mediados de 1940, el estudio del doctor Villar enumera más de 800.000 muertos». revelaba el censo de 1940. Si sustraemos de ese campo los 300.000 emigrados que había a mediados de 1940, el estudio del doctor Villar enumera más de 800.000 muertos.» Más tarde añade: «El estudio del doctor Villar impresiona por una razón particular: su acierto al pronosticar la población que habría de arrojar el censo, del que sólo difirió en 17.000 personas.» Después de esta demostración de su total desconocimiento del libro del doctor Villar Salinas, se ve aún en grandes dificultades para alcanzar la deseada cota de los 800.000 muertos, y se queda en la de los 580.000, que es, efectivamente, la que alcanzó la sobremortalidad producida por la guerra; pero «al estimar por separado los totales de muertes atribuidas a diferentes causas: batallas, represión en ambos bandos, incursiones aéreas y enfermedades», se olvida de estas últimas, y así, con un arbitrario reparto de los números parciales, engorda de modo increíble la partida de muertos debidos a la represión de los vencedores y minusvalora la de las víctimas de la guerra, y muy especialmente las de la represión republicana.
Años más tarde, en el prólogo a la edición española de su obra. reconoce que sus cálculos pecaban de exagerados, pero no los rectifica en el texto, y reduce sus cifras a menos de la mitad en lo que se refiere a los excesos de los nacionalistas, que ahora supone que oscilaron entre un mínimo de 150.000 y un máximo de 200.000, cuando antes los cifraba en 400.000, y sitúa el total de las pérdidas de la guerra entre un mínimo de 330.000 y un máximo de 405.000, notable acercamiento a la verdad, de la que aún queda muy distante en su estimación de las víctimas de la represión y que pone de manifiesto la ligereza y frivolidad con que el señor Jackson maneja las cifras, antes y ahora.
Junto a este autor, no son escasos los que se hacen eco de las deducciones de la escritora francesa Elena de la Souchere, autora de Explication de l’ Espagne. quien, basándose en las estadísticas oficiales del INE, llega a asegurar que la represión de los vencedores durante la posguerra alcanzó, por lo menos, a 200.000 personas, y para demostrarlo hace el siguiente razonamiento: «Las estadísticas del período 1939-1941 arrojan 107.000 muertes violentas, mientras el número total de personas que murieron de muerte violenta fue- ron 22.500, luego oficialmente se acepta la ejecución de 84.500». La cifra de 22.500 es el número de los que quizá hubieran muerto violentamente durante esos años, incluso sin guerra. y sigue: «Como las defunciones de antes de la guerra eran del orden de las 386.000 anuales, y en esos años fueron 470.000, 484.000 Y 424.000, el número total de muertes en ese periodo fue superior en 220.000 a la cifra correspondiente a los años inmediatamente anteriores a la guerra, luego la cifra de los ejecutados debe ser ésta y no la de 84.500.»
La deducción de la escritora francesa es sorprendente. Se olvida primero de que de las 107.000 víctimas de muerte accidental, casual, o provocada intencionadamente, no hay que deducir sólo a las 22.500 que ella supone, sino al 75 por 100 de las restantes, que se deben a inscripciones diferidas de muertes producidas durante la guerra, y de que de los 220.000 fallecimientos observados sobre el promedio de los normales en la década de los treinta, todos los que exceden de los 84.500 se deben a la mayor incidencia de enfermedades, especialmente en 1941, que tan graves consecuencias tuvo para España durante aquellos años y que aún fueron más agudas en el propio país de Elena de la Souchere, donde a partir de 1942 tuvieron el triste privilegio de ostentar la marca de la más alta mortalidad europea, muy por encima de la española, que hasta entonces siempre había sido inferior.
Otro autor cuya obra ha alcanzado extraordinaria difusión es Ramón Tamames. A éste se le antojan poco los 580.000 muertos de Jackson y sube a 285.000 los 100.000 que éste asigna a los caídos en combate, con lo que hace ascender el total de muertos a 765.000, cifra más próxima -escribe- a los cálculos del demógrafo Villar Salinas (pone 800.000, para que no se nos olvide la cifra). No contento con esto, añade que la emigración política puede calcularse, por lo menos, en unas 300.000 personas, con lo que sitúa las pérdidas de población en 1.065.000, y al agregar las ocasionadas por la caída de la natalidad durante la contienda, que, por los datos que aporta, supone que fueron 456.763, en 1.521.763.
El señor Tamames, en La República. La era de Franco, comete la temeridad de pretender contrastar la «verosimilitud» de las cifras por él estimadas, y para ello estudia la evolución teórica que siguió la población afectada por la guerra y la forma en que debiera haber evolucionado de no haber estallado, y llega a la asombrosa conclusión de que la población española sólo dejó de crecer en 575.000 personas. ¿Cómo resuelve el señor Tamames la increíble contradicción que supone aceptar la pérdida de 1.521.763 personas y detectar únicamente la ausencia de 575.000? Naturalmente, de ninguna manera. El profesor español une a un error inconcebible en el cálculo de las pérdidas uno no menor al estimar la población teórica, y de esta forma resulta que la pérdida de habitantes se reduce, en su «científico» cálculo, a menos de la mitad de la real y a poco más de la tercera parte de la que él mismo estimaba arbitrariamente, y así se queda sin apoyo que pueda dar la «verosimilitud» buscada a una presunción absolutamente inverosímil.
Correcciones previsibles
El caso de Pierre Vilar es más significativo, y podríamos ponerlo como modelo de lo que puede el sectarismo partidario. El notable historiador francés, cuando trata de nuestra guerra, pierde su ecuanimidad y sentido crítico, aunque no puede desprenderse de su seria condición de auténtico investigador, y por ello sus conclusiones no pueden ser, de ningún modo, tan burdas como las de los anteriormente citados. y así, cuando trata de las víctimas que ocasionó la guerra, escribe: «Por otra parte, hay ciertas cifras que exigen una crítica. Se ha hablado de un millón de muertos, de 20.000 religiosos que encontraron la muerte, de terror en masa. El espejismo es evidente. Hablando de las ejecuciones franquistas en Zaragoza, tres aragoneses me han dado las siguientes cifras: 5 fusilados, 14.000 víctimas, 30.000 por lo menos. Los cálculos demográficos inducen a creer que las pérdidas de la población española debidas a la guerra civil serían unas 560.000 personas, incluyendo las víctimas de los combates y bombardeos. Verdad es que la crítica de las cifras no debe hacer pensar que la impresión psicológica fuera menos intensa, y eso es lo que vale como factor para el porvenir.» El cálculo de Vilar es correcto y coincide casi exactamente con el nuestro: 567.075.
Hugh Thomas tuvo, inicialmente, felices atisbos en sus cálculos. En la edición de Ruedo Ibérico supone, exageradamente, que los muertos en campaña ascendieron a unos 300.000, «en números redondos»: 110.000, como mínimo, en zona nacional y unos 175.000 en el bando republicano. Estima acertadamente que las muertes irregulares fueron del orden de 110.000: 60.000 en zona republicana y 50.000 en la nacionalista, y hace ascender, por último, a 25.000 el número de víctimas civiles de la acción militar. En total algo más de 400.000 personas muertas violentamente, a las que habría que añadir otras 100.000 fallecidas a causa de enfermedades contraídas en el frente o en el cautiverio. Redondeando, muy por exceso, eleva la suma a 600.000, siempre con el temor de quedarse excesivamente lejos de esa mítica cifra del millón o, cuando menos, de las 800.000 que gratuitamente atribuyen todos ellos a Villar Salinas. Posteriormente, en la edición española de Grijalbo y en esta de Ediciones Urbión, Thomas eleva considerablemente el número de muertes debidas a la acción represiva de los vencedores, sin que para este cambio de orientación pueda aportar ninguna razón, y ello después de publicado mi libro, y a pesar de que desde el estudio de Villar Salinas era evidente que el número de estas muertes y el de las producidas por la guerra, fueron mucho menores que los aireados por la propaganda.
