Asombró a los historiadores romanos, y de ello dejaron constancia en sus escritos, la lealtad de los pueblos de Iberia a sus jefes, a sus caudillos. Lealtad a la que también designaron como devotio ibérica.
Cabría preguntarse si la devotio ibérica, acreditada a lo largo de más de dos mil años de historia, ha desaparecido en la actualidad. Este libro parece acreditar que no. O que por lo menos no completamente pues se trata de una selección de artículos publicados en diferentes medios por el coronel de Infantería -en situación de retirado al haber cumplido la edad reglamentaria- Lorenzo Fernández Navarro de los Paños Álvarez de Miranda en los que en el fondo subyace esa devotio ibérica.
La mayor parte de tales artículos han sido publicados en El Español Digital (La Verdad Sin Complejos). Algunos también en El Correo de España y en revistas editadas en papel como ARES, Revista de Historia y Actualidad Militar.
Esta obra no dejará indiferente a nadie. Quienes admiran al general Franco, y deploran que se profane su memoria, su ingente obra, e incluso su sepultura, se emocionarán con la lectura de los textos.
Quienes odian a Franco por odiar a España: Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera por tales. Creo y deseo no haber tenido otros enemigos que aquellos que lo fueron de España -dejó escrito en su mensaje póstumo- se indignarán.
Y los tibios y traidores, que debiéndole todo a Franco consienten con su silencio cómplice el acoso y derribo de una de las figuras más señeras de la historia de España, tal vez sientan remordimiento. Excepto los malnacidos, que han perdido tal capacidad junto a la vergüenza. Pues siempre se dijo que de ser bien nacidos es ser agradecidos.
Finalmente decir, que aunque hay una gran diversidad de artículos, el hilo conductor es la llamada Transición (que el autor califica como Transacción) pues la esencia de la transformación política acaecida a la muerte de Franco fue la transacción o venta de la España Una, Grande y Libre -su inmensa obra histórica- a sus enemigos. A cambio de que no cuestionaran la Monarquía. Que hoy obviamente cuestionan porque Roma traditóribus non redere.
Con argumentos inapelables, expuestos con claridad meridiana y una ágil prosa, el autor va exponiendo las razones de su posicionamiento ante la actual situación de España. En otros artículos aborda hechos históricos glosando a sus protagonistas con emotivo relato. Haciendo que el lector penetre, más allá del hecho narrado, en la grandeza humana o en las miserias de sus protagonistas. Finalmente, en otros textos de sustrato histórico, hace gala de una sorprendente erudición, que unida a un fino humor, lejos de hacer tediosa la lectura, la convierte en algo tan ameno que obliga al lector a proseguirla hasta el final del capítulo. Porque esa es otra de las virtudes del libro, la diversidad y originalidad de los temas tratados.
En definitiva se trata de una obra original. Rebosante de imaginación y sobre todo valiente. Como corresponde a un soldado de la Fiel Infantería Española que se atreve a decir lo que muchos piensan. Pero callan por miedo a manifestarlo en público. Máxime cuando la nefanda ley de la memoria democrática pretende cercenar la libertad con el dogal de lo “políticamente correcto” para imponer su sectario y falso relato.
Reiterando lo ya dicho, por fas o por nefás, los artículos de este libro no dejarán indiferente a nadie. Y serán objeto de encendidas alabanzas o de feroces diatribas. Haciendo en tal caso bueno aquello de ¿Ladran? ¡Luego cabalgamos!
El autor juró bandera el 15 de diciembre de 1971 como cadete alumno de la XXX promoción de la Academia General Militar de Zaragoza (AGM).
Al jurar bandera, asumió el sagrado compromiso de cumplir cuanto rezaban las palabras con las que se le tomó el juramento:
¡Cadetes!
¿Juráis a Dios y prometéis a España, besando con unción su Bandera, obedecer y respetar siempre a vuestros, no abandonarlos nunca y derramar si es preciso, en defensa del honor e independencia de la Patria y del orden dentro de ella, HASTA LA ÚLTIMA GOTA DE VUESTRA SANGRE?
¡¡¡Si, lo juramos!!! Fue la respuesta.
Y debe recordarse que de entre esos jefes, a los que juraba obedecer y respetar siempre y no abandonarlos nunca, el primero era Franco. Y que nunca, es nunca; ni vivo ni muerto como reza el Credo de la Legión.
También es necesario resaltar que el orden dentro de ella que juraban defender no era el “orden público” (responsabilidad de las Fuerzas de Orden Público) sino el ORDEN INSTITUCIONAL representado por los Principios del Movimiento Nacional y las Leyes Fundamentales del Reino. Precisamente lo mismo que había jurado solemnemente Juan Carlos I en tres ocasiones; cuando juró bandera, al ser proclamado sucesor a la Jefatura del Estado a título de Rey y finalmente al aceptar la Corona.
Juramento al que ha faltado por tres veces -número de resonancias bíblicas- al encargar a Torcuato Fernández Miranda una fórmula pseudolegal (de la ley a la ley) para incumplir lo que había jurado solemnemente: Mi pulso no temblará para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los Principios y Leyes que acabo de jurar (al ser proclamado sucesor) y también al ser proclamado Rey de España: Señor, ¿Juráis por Dios y sobre los Santos Evangelios, cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los Principios que informan el Movimiento Nacional?
-Juro por Dios, y sobre los Santos Evangelios, cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los Principios que informan el Movimiento Nacional-
Si así lo hacéis, que Dios os lo premie. Y si no, os lo demande
Hoy, en su exilio dorado, toda hace parecer que Dios -y la historia de España- han empezado a demandárselo.
Se ha dicho que la fórmula buscada para incumplir el solemne juramento fue “pseudolegal” porque la Ley propuesta al Pueblo Español, y que este aprobó en referéndum, fue para una reforma política, que excluía de forma taxativa, la ruptura mediante un proceso constituyente. Los artífices de aquella estafa política al Pueblo Español eran muy conscientes de que la inmensa mayoría de los españoles conformaban lo que se llamó el “franquismo sociológico” y que de haber planteado sin trampas la RUPTURA con el Régimen anterior, la Transición (o la Transacción como la llama el autor) nunca se hubiera hecho en la forma como se hizo. No se insiste más en ello porque el autor, en varios de sus artículos lo hace.
Y a mayor abundamiento, por pertenecer a la XXX promoción de la AGM, tiene el despacho de teniente firmado por Franco. Un honor que le gusta resaltar. Como se verá en el capítulo dedicado al Abandono del Sahara, esta promoción recibió sus despachos de teniente con antelación a la fecha que les hubiera correspondido. Prueba irrefutable de que el Régimen de Franco se disponía a defender el Sahara -al pueblo saharaui y al honor de España- frente a la invasión de Marruecos con su Marcha Verde.
Por ello nada tiene de extraño que cuando tras la muerte del Caudillo, primero se destruyó su ingente obra (mediante una artera ruptura, contraria a la voluntad del pueblo español que había votado una ley para reformarla) quienes se mantuvieron fieles al juramento empeñado se consideraron víctimas de un engaño. De una estafa.
Y consecuentemente muchos en su fuero interno -y algunos además dando testimonio, como es el caso del coronel Navarro- vivieron al margen del nuevo sistema político que sucesivamente fue pisoteando sus conciencias. Estas humillaciones se fueron materializando en una serie de hitos. Fue el primero la vergonzosa entrega del Sahara a Marruecos. Luego la estafa de una nueva Constitución a la que no autorizaba la Ley para la Reforma Política. Pronto la acción terrorista sin una respuesta enérgica y el cambio de la bandera de la España Una, Grande y Libre mediante un simple Real Decreto. Lo que materializaba la estafa constitucional. Seguido a continuación de la vil persecución a una bandera que ondeaba en todos los cuarteles y establecimientos oficiales cuando ellos la juraron.
Pero cuando un Gobierno infame detentó el poder sobre la sangre de casi doscientos españoles, llegó a la inaudita felonía de proscribir mediante la inicua Ley 52/2007 “de la revancha histórica” no solamente la ingente obra de Franco, sino incluso su memoria. Es en ese momento cuando el autor del libro considera que la fidelidad a su juramento lo ha convertido en un proscrito. Y obra en consecuencia. Porque además pronto tendría lugar la penúltima felonía: la profanación de la sepultura de quien había sido su primer capitán.
Y es preciso recordar otro hito bochornoso; el secuestro con alevosía y “estivalidad” de la estatua ecuestre de Franco que se encontraba en la entrada de la Academia General Militar de Zaragoza. Acto bochornoso que tuvo lugar con la inaudita mansedumbre del estamento militar. Sin que nadie, no ya se opusiera, sino sin poner reparos a tal infamia. Porque es preciso recordar que al no haberse aprobado todavía la infame Ley de la memoria histórica, no podía alegarse que el consentirlo era obligado por imperativo legal. Es más, muy probablemente fue un “globo sonda” o tanteo para ver las consecuencias que podría tener en el ámbito de los ejércitos la ley de “memoria histórica” que había voluntad de promulgar. Obviamente, ante la falta de reacción, el PSOE comprendió que el ejército “tragaría” con ellas sin mayor problema. Como así fue, quedando con ello despejado el camino para la aprobación de la nueva ley de la memoria democrática… y en consecuencia tomada ya la medida para imponer cualquier “trágala”
No se trata de justificar o disculpar la inhibición del estamento militar ante estos hitos en la deriva de España, pero es cierto que muchos oficiales que habían jurado bandera en los términos en que se hacía durante la vida de Franco, ante la deriva del Régimen Constitucional del 78 se vieron ante una disyuntiva moral. Por un lado la obligación de ser fieles al juramento que habían empeñado, que como ya se ha dicho era la defensa del Orden Institucional (Fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y a las Leyes Fundamentales del Reino) Por otro lado el cumplir lo ordenado por el Caudillo en su mensaje póstumo: …Que rodeéis al futuro Rey de España D. Juan Carlos de Borbón del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado. Pero es preciso dejar constancia que en el testamento ológrafo de Franco no se consigna que ese Rey sea D. Juan Carlos de Borbón… tal precisión aparece claramente anotada con caligrafía que denota una mano distinta. Y en consecuencia añadida con posterioridad al testamento. Una más de las incógnitas a despejar para escribir la reciente historia de España. ¿Fue un lapsus de Franco en sus últimos momentos el no precisar que el Rey para quien pedía afecto y lealtad era Juan Carlos? La coherencia y precisión de todo el texto no parce sustentar tal hipótesis. Más bien parce que fue una críptica prevención. Sabiendo que el sucesor designado iba a incumplir lo jurado por tres veces.
Algo que se barruntaba -de no saberlo con certeza- cuando durante el verano, sin haberse repuesto completamente de la flebitis, asumió de nuevo la Jefatura del Estado al tener constancia de que el príncipe Juan Carlos estaba ya en tratos con Hasan II para entregar el Sahara a Marruecos.
Pero en cualquier caso, esa dualidad de obediencias o lealtades, entre la fidelidad a lo jurado y el cumplimento de la última orden de Franco, quedó resuelta para el coronel Navarro en el momento en que se promulga la Ley 52/2007 y entrar en vigor sancionada de su Real Mano por S. M. El Rey Juan Carlos I. ¿Fue consciente el Rey, al sancionar la Ley, de que no solamente proscribía a Franco y a su Régimen, sino también a la Corona y a la propia Constitución de 1978?
Fuera o no consciente el Rey, el PSOE le había metido un gol por toda la escuadra. Obviamente el segundo gol no se hizo esperar ante la facilidad con que le habían colado el primero a la Corona. Y ese segundo gol llegó en forma de la Ley 20/2022 que encajó (también con la firma de su Real Mano) Felipe VI.
Falta por saber cuál será el final del partido… pero parece adivinarse si los españoles con la ayuda de Dios no ponen pronto remedio. Porque cuando parecía que se había llegado ya al colmo de la vileza, que no era posible una humillación más, tuvo lugar la profanación del sepulcro del Caudillo en el Valle de los Caídos. Con la complicidad -porque la inhibición cobarde es complicidad- de quienes más obligación tenían de evitarlo. Muchos de los cuales, como era el caso de S. M. el Rey Juan Carlos, había jurado obedecerle, respetarle y no abandonarlo nunca cuando siendo cadetes habían jurado bandera.
Ante todo lo expuesto nada tiene de extraño que el autor se declare ajeno al actual sistema político. Que fundamentado en la descomunal estafa de la Transacción rige los destinos del actual Estado de las Taifomanías en que se ha transformado lo que otrora fue Una España Grande y Libre.
Este libro es pues el fiel reflejo de que la Devotio ibérica no ha desaparecido.
Que esa Fides Ibérica que glosaron los historiadores romanos, ha marcado la trayectoria vital y profesional del coronel Navarro de los Paños autor de esta selección de artículos.
