Un legionario escribe un sentido artículo reflejando lo que representa para el Tercio el retorno de Franco, de quien para muchos es el «caudillo de la Legión»:
«Ha tiempo que en los campamentos donde habita la Legión, el nombre de Franco –el modesto caudillo del Tercio– se anunciaba con palabras de admiración y de contento íntimo. En todos los labios había un interrogante, que más era venturosa afirmación al evocar la brava figura de este ilustre soldado.
Los días, trágicos como gloriosos de Tizzi Azza, que tan sensibles pérdidas produjo en ese admirable Ejército, entre ellas las dolorosa del heroico Valenzuela, señaló un vacío que solo podía llenar con títulos, en el Tercio adquiridos, una figura cuyo relieve y prestigio habían de exigir del elegido, por la voluntad del país y el deseo unánime de todos sus soldados, un sacrificio más: el de su brillante juventud con todos los halagos y las sonrisas del triunfo y el de esa dicha amable muy legítima, que prometíale un nuevo y venturoso hogar.
Ya ha llegado Franco. Le esperaban todos sus soldados y no lo sabía nadie. Estos, en su mayor parte, se hallaban ausentes, algo alejados del campamento, cumpliendo un servicio que es ya un deber cotidiano. Su sencillez y modestia, que son norma y caracteres que en él se destacan, raramente con soberana gallardía, le hicieron presentarse sin avisos ni telegramas anunciadores, sin otros títulos que los del jefe que lo es siempre del espíritu de sus soldados; con la cordialidad del camarada fraterno que ha de hallar abiertos unos brazos amigos; con la franca majestad del padre a quien espera el íntimo respeto que ha sabido inspirar en el feliz gobierno de sus tropas, las cuales, bajo su dirección sabia y científica, y sus resoluciones, serena y decididamente puestas en práctica, pudieron afrontar las situaciones tácticas más embarazosas y difíciles.
Allí le hallamos, en un rincón del improvisado aduar que aloja en África a tantos oficiales, y nos recibió con la mano extendida, siempre dispuesta a estrechar la de sus soldados, y su sonrisa, esa eterna sonrisa, algo contagiosa, que anima su figura de estudiante.
Frente a las clases de la Legión, que forman en fila para recibir el saludo de su jefe, ante estos sargentos y estos cabos curtidos y con canas cuyas divisas bordaron en sus brazos mil heridas gloriosas, su inquieta figura juvenil se nos ofrece con la sobriedad y gallardía del caudillo a quien sus pocos años no han restado esa veneración y ese acatamiento que hacía él sienten estos hombres singulares, cuyas vidas azarosas azotó el aire de todas las aventuras y de todas las rebeldías.
Empuña su mano, cuando se dirige a los viejos legionarios, la insignia del mando, ese bastón de mando que, si pulsado por tan animoso brazo pareciera extraño aderezo, ha de ser sin embargo venturoso guión de estas Banderas, con el que señale su camino glorioso. Es báculo, más que exorno de la figura militar; cayada de viejo por la experiencia del brazo que lo anima; este bastón, que se nos ofrece como junco flexible que el lujo o el capricho colocara en sus manos, es emblema del mando, que en él tiene toda la austera encarnación de la autoridad del jefe.
No hubo formalidades ni desfiles. Unas cuantas palabras sentidas, vibrantes, en las que hablaba el corazón. Franco no ha vuelto a la Legión, pues su recuerdo no se separó de sus Banderas, igual que ha vivido su nombre en el espíritu de los legionarios. Su saludo fue el “decíamos ayer…” del sublime catedrático, que en lugar de sonar en las aulas tenía un eco de emoción en el campamento, ante estos guerreros a los que de nuevo se une, para seguir dirigiéndolos, para seguir triunfando»[1].
Además, algo usual en los anteriores textos, tanto Cándido Lobera, como el anónimo legionario, destacan la capacidad y el acierto táctico de Franco en combate. Hay pocos actos oficiales en lo que se convierte en una gira de inspección. Por su parte, la prensa dará a conocer las palabras en tono de arenga que el «bizarro teniente coronel Franco» dirige a los legionarios en Ceuta al tomar el mando. Lo primero es rendir homenaje al jefe legionario caído en combate que le ha precedido en el mando:
«Caballeros legionarios: Gloriosos soldados de la Infantería española, los que en los momentos supremos escribisteis con vuestra sangre las más heroicas páginas de nuestra Historia; los que guiados por vuestro espíritu legionario habéis vencido en ciega y feroz acometividad las más tenaces resistencias enemigas, los que llevasteis vuestro socorro a los puestos avanzados y en las defensas llegasteis a los extremos más heroicos alentados por vuestro espíritu de disciplina y sacrificio, sabiendo morir con vítores a España y a la Legión, los que en apiñado abrazo caísteis en racimo defendiendo un glorioso cadáver de las hordas rifeñas. Caballeros de la Legión, heroicos guerreros, vuestro teniente coronel os saluda.
Conservad puro siempre el espíritu legionario, tened ciega confianza en vuestra fortaleza, mantened firme el Credo de la Legión, hermoso legado de vuestro primer Jefe legionario y conservad en la memoria el recuerdo y ejemplo del más glorioso infante, del mejor legionario, el teniente coronel Valenzuela, que con su gorro y pensamiento en alto murió por nuestra querida Legión.
¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva la Legión!»[2].
[1] A.: «El bastón de Franco», El Telegrama del Rif, 27-7-1923; El Correo Gallego, 3-8-1923.
[2] La Correspondencia de España, 26-6-1923; La Libertad, 26-6-1923; El Faro de Vigo, 26-6-1923; El Telegrama del Rif, 27-6-1923.
