Finalmente, al mediodía del día 9, tras recibir el telegrama con la decisión final del Ministerio de la Guerra, Franco comunica que su boda, que debía de «verificarse dentro de algunos días», ha quedado aplazada, lo que implica que su incorporación al mando será inmediata; se anuncia que el día 10 saldrá con destino a Madrid[1]. Ambas noticias son distribuidas por la agencia Febus. El 10, el gobierno también comunica que se abrirá la instrucción del juicio contradictorio para la concesión de la Laureada al Tercio «por su heroico comportamiento en el último combate de Tizzi Azza». Se iniciaba así un largo camino para la concesión de la misma que aún no se ha cerrado[2]. Nada más conocerse, de madrugada, Fernando Lías, Comandante de la Legión Extranjera, escribe a Franco desde el Cuartel del Rey felicitándole:
«No necesito decirte con cuanto gusto he visto por lo que a mí atañe que se te haya conferido el mando de nuestra queridísima Legión por lo que te reitero mi cariñosa enhorabuena. Como quiera que la situación en Melilla está restablecida sin que haya ocurrido ninguna novedad y lo mismo sucede en este territorio, supongo dadas tus circunstancias actuales demorarás la incorporación; en ese caso te ruego me digas con toda urgencia donde puedo dirigirte una carta interesante y de la cual creo debes enterarte para hablar en Madrid con la superioridad antes de venir a África. Queda a tus órdenes y te abraza fraternalmente
Fernando Lías».
Pero Franco no va a esperar. En el diario El Debate, Ruiz Albéniz, el Tebib Arrumi, escribe sobre su nombramiento un interesante artículo en el que recoge una anécdota de Franco en combate que después sería contada de diversas maneras:
«Oye tú, Paco Franco:
El día de la toma de Taxuda, cuando más recio era el fuego del enemigo, se acercó a ti, que locamente cabalgabas en tu caballo blanco, recorriendo una y cien veces las guerrillas, el más bravo general del ejército español, Pepe Sanjurjo, y puesta en algo su garrotilla de alpinista, te dijo:
“Mira, Paquito, a ti, por lo visto no hay bala que te tumbe; pero yo te voy a apear del caballo, y por las orejas, del garrotazo que te voy a dar como sigas exponiéndote inútilmente a las balas del enemigo”.
Oye tú, Paco Franco, organizador de la primera Bandera, “Los Jabalíes”, la que ganó las gloriosas cintas de Casabona, la que hizo que en la orden general del 10 de Septiembre de 1921 ordenase el alto mando escribir estas palabras:
“En nombre de todos vuestros compañeros del Ejército de África, que se enorgullecen de vosotros, os felicito efusivamente y os ratifico nuestra confianza. Debéis sentiros satisfechos por ello y por haberos hechos dignos de la admiración de nuestra querida España”.
Oye tú, Paco Franco, Franquito; España necesita de ti, de tu Legión, de tu valor, disciplina y espíritu abnegado, ese espíritu que ha hecho reaccionar al de todo el Ejército… ¡¡¡No busques la muerte, piensa solo en la victoria, piensa en que quizás tú no tendrías sustituto!!!
La suerte te acompañó porque de ella te hiciste merecedor y porque alguna compensación en sus tristezas había de tener la condolida España. Ella te seguirá acompañando (no habrá pecho español que a Dios no eleve su plegaria en tal sentido); pero cuida tú de guardar tu preciosa existencia, porque de ella necesita el Ejército y necesita la Legión.
¡Hay que vencer, no hay que pensar en morir! Que sea la de Valenzuela la última sangre preciada que en el Rif se haya derramado; piensa en que de ti y en los que como tú sienten a España, espera nuestro pueblo, y el Ejército con él, el día de acabar con esta triste, enervante, desoladora pesadilla de Marruecos».
Es evidente pues el apoyo mediático que Franco recibe cuando se anuncia su ascenso y el retorno al Tercio. En una olvidada entrevista publicada en La Voz de Asturias, en junio de 1923, se resalta, una vez más, su costumbre de no hablar de hechos propios, ya que considera que los méritos son de todos sus hombres. Algo que ya resaltaron los periódicos cuando estaba en Marruecos: «No es posible hacer hablar a Franco de sus acciones de guerra. Su modestia no tiene nada que ver con esos pudores hipócritas del vanidoso que busca insistencia en el halago». Franco desmiente que, como se dice, vaya a reorganizar el Tercio de Extranjeros («De ningún modo: hágalo usted así constar»); y explica a la vez que rememora su carrera militar:
«Como usted sabe –nos dice la Dirección de nuestro diario– mañana dedicamos la primera página del número a Franco… es preciso que también el nuevo jefe del Tercio nos hable, que él nos cuente algo de su vida, de su carrera, de sus planes… ¿Manera de conseguirlo?… Eso queda a su elección.
Ya impuestos de nuestra misión, nos decidimos a cumplirla. ¿Dónde encontrar a Franco? Sus amigos le ofrecían un banquete íntimo en el Club Automovilístico, y por lo tanto todo se reducía a esperar el momento de su llegada.
Así lo hice, y de ese modo conseguí entrevistarme con la gran figura del día, el aguerrido soldado en quien todos piensan y del que hoy todos hablan con entusiasmo.
–Mi teniente coronel –le dije apenas le vi acercarse– nuevamente me permito molestarle abusando de su paciencia… Pero esa es nuestra misión, nuestra desagradable misión, de molestar en infinidad de ocasiones a unos pocos para dar gusto a los más. Usted perdonará, pues, que venga a hacer el papel de impertinente…
–¡Impertinente! De ningún modo, eso…
–En marcha…
Ya sentados, mano a mano en aquel apartado rincón, dimos comienzo al interrogatorio.
–¿Cuándo ingresó en la Academia de Toledo?
–En el año 1907. Tuve suerte; no encontré ningún percance y entré al primer empujón.
–¿Por vocación?… ¿Acaso le influyó en algo lo que pudiéramos llamar la tradición?
–Nada de tradición; vocación, tan solo vocación. Tenga en cuenta que he sido el primer soldado de tierra de mi familia; todos fueron marinos.
–Bien, ¿Cuándo salió usted oficial?
–En 1910, y presté por primera vez servicio en el regimiento de Zamora, destacado en El Ferrol.
Mis etapas en África suman ocho años de servicio en aquellas tierras. Debuté en la campaña del once, destinado al regimiento de África. Permanecí en la zona Oriental hasta el trece, en que, habiendo ingresado en Regulares de Melilla, me fui con ellos a la campaña de Tetuán. Aquí ascendí a capitán por la acción de Beni-Salem, y a comandante por la de Biut, en el año 1916.
–¿No fue en esta última donde le hirieron gravemente?
–Gravemente… pero logré salir del “apuro”, y con el grado de comandante me vine al Príncipe, hasta hace tres años en que me destinaron al Tercio.
–Y aquí alcanzó…
–Ahí –interrumpe prontamente, adivinando sin duda el elogio que brotaba en nuestros labios–, ahí hice lo mismo que todos los legionarios hicieron; luchamos con entusiasmo, con deseos de vencer, y vencimos; muchos de nuestros compañeros cayeron en el camino, otros llegamos al fin; mas ninguno retrocedió; todos supieron hacer honor al lema santo de la Legión, sin…
–¡Que está usted hablando de los demás, mi Teniente Coronel!
–Es que en la Legión, lo que uno hizo lo hicieron todos los legionarios…
–Bueno, permítame que acorte, pues apremia el tiempo. Recuerde que hay que hablar de usted. ¿Cómo se explica el nombramiento, tan inesperado para la opinión?
–Yo no me lo explico de ningún modo. No sabía ni sospechaba nada hasta que comenzó el rumor de mi nombramiento… Y realmente yo no tengo por qué meterme en averiguaciones. Soy un soldado, a mí se me manda, y yo ahora y siempre voy a donde haya que ir.
–¿Aún en las circunstancias actuales?
Sorprendido por la indiscreta pregunta, el caudillo se detiene. Por breves instantes, el soldado desaparece y surge el hombre… el muchacho preso de hondos, intensos afectos… Fue un instante. Al cabo nuevamente habla el militar.
–Mire usted, la profesión de soldado es como una medalla, tiene dos caras: una la de los laureles, la del triunfo; otra… la cruz.
–… Y esta vez para usted ha salido…
–Para mí siempre resulta cara, pues me prendo siempre esa medalla con la cruz para dentro.
–¿Es verdad que le destinan con objeto de que vaya a reorganizar el Tercio?
–¡Reorganizar!… De ningún modo; hágalo usted así constar; aquello continúa como cuando lo dejamos, y prueba evidente de ello es cómo se ha batido la Legión en los últimos combates, y el hecho de que se vaya a concederle la medalla militar.
–¡Cómo se alegrarán los bravos legionarios de su nombramiento!…
–¿Alegrar?… ¿por qué?… soy un jefe como
Un bizarro oficial que hacía unos momentos –ex legionario por más señas– oía la conversación en silencio total, cortó la frase de Franco diciéndole con calor: “Diga usted que sí, que todos se alegrarán muchísimo… ya lo creo que se alegrarán”
–Chico, no te excedas –dice Franco riendo–. Sí, es verdad que mis muchachos me quieren mucho.
–Y para el final, mi teniente coronel ¿qué planes tiene usted forjados para el porvenir?
–¿Planes?… Los acontecimientos serán los que manden; repito que soy un simple soldado que obedece. Iré a Marruecos, veré como está aquello, trabajaremos con ahínco y en cuanto pueda disponer de un mesesito, a Oviedo volveré para… para realizar lo que ya se daba casi por realizado, lo que el deber, imponiéndose a todos sentimientos, aún los que arraigan en el fondo del alma, me impide ahora realizar…[3] Al llamamiento que la Patria nos haga, nosotros solo tenemos una rápida y concisa contestación: ¡Presente!»[4].
[1] La Libertad, 9-6-1923; El Faro de Vigo, 10-6-1923; La Correspondencia de España, 11-6-1923.
[2] La Libertad, 10-6-1923. Cfr. MARTÍ, Javier: Juicio para una Laureada colectiva, Ed. Javier Martí, 2001.
[3] Franco se refiere a su boda, ya anunciada, que se ha tenido que aplazar.
[4] La Voz de Asturias, 10-6-1923.
