Pasaron al fin los momentos de indecisión; al impaciente e inquieto «¿se va o no se va?» le reemplaza la alegre certidumbre de hoy… Salimos con rumbo a Alhucemas y nuestra larga preparación laboriosa y detallada, es la garantía de la histórica hora de mañana… Nadie duda… La confianza ciega de todos en el mando y la serena confianza del mando en todos, son el aval más firme de la soñada empresa.
El continuo entrenamiento de las tropas, su insistente preparación, la meditada organización de todos los servicios, los repetidos simulacros y ejercicios tan completos y brillantes, y esta gran fe en todos nosotros serán los que allanando los indiscutibles y esperados obstáculos, nos han de facilitar el desembarco y el avance… una detenida instrucción preparatoria en el manejo del material, un estudio concienzudo de la fortificación probablemente necesaria, la previsión de los transportes y sus contingencias, un cálculo apropiado de la acción enemiga y de las resistencias que hemos de vencer, un plano director de fuegos y enlaces y la cuidada
moral de las tropas serán la base firme de las victoriosas jornadas de Alhucemas.
El viaje en los transportes a lo largo de la costa –por Río Martín, Uad Lau, Targa, Tiguisa–, nos va mostrando la inhospitalaria tierra; sólo algunos pequeños y cerrados valles son ante nuestra vista mezquinas muestras de verdor y de vida… luego la costa, acantilada y negra, abrupta y cerrada con sus elevadas montañas, en cuyas laderas, salpicados como nidos de águila, se agarran míseros aduares rodeados de diminuta y amarillenta parcela, rudimentariamente labrada.
La espantosa aridez y la pobreza de esta zona tan montañosa y bravía es el más sólido baluarte levantado contra la civilización… altas cumbres y míseros poblados son la única perspectiva en el telón de fondo de nuestro escenario de hoy…
La noche cierra con el mismo horizonte; aparecen en las sombras costeras las luminarias de algunas hogueras y el convoy naval, apagado y lento, sigue la ruta marcada por el mando… El mar, que está tranquilo como un lago, favorece su marcha. Las barcazas, cargadas con las tropas de la expedición que se agrupan en sus cubiertas como racimos de hombres, negrean en la noche a remolque de los buques de transporte. Canciones alegres, himnos entusiastas, se elevan en todas ellas; cantos regionales evocadores y sentidos, jotas vibrantes, y ensordecedores ¡vivas! denotan el entusiasmo y viril moral de estos soldados… Son las dos de la mañana y aún nos trae la brisa fresca el eco tenue de los cantares.
Pero en el mar no todo es fácil y las dificultades se presentan aun en los tiempos más favorables; se ha soltado un remolque y una de las «K» es arrastrada por la corriente sobre la costa; se hace necesario «cobrar la amarra» y los cincuenta metros de calabrota caídos al mar, dificultan la operación; la barcaza, cargada, también estorba la maniobra, y lentamente empiezan los marineros a cobrar el remolque. Cerca de una hora se retrasa la operación y la masa negra de la costa aumenta por momentos. Él convoy sigue al fin su marcha perezosa y se van perdiendo de vista sus contadas luces…
DÍA 7
Nos llega el día frente a Morro Nuevo; el entusiasmo es grande. La costa se dibuja algo brumosa, pero la sábana de arena de La Cebadilla se destaca claramente con una blancura amarillenta; el griterío, los cantos y la alegría se suceden, pero no ha llegado aún el momento y el mando dispone un simulacro sobre Kilates. Las fuerzas han de permanecer en las barcazas todo el día de hoy y al siguiente efectuaremos el desembarco… La contraorden pone un gesto de contrariedad en todos los semblantes; a los momentos de emoción intensa precursora del ansiado desembarco, sucede el enervamiento de la espera. Sin embargo, la confianza en que será corta -sólo de veinticuatro horas- vuelve a levantar los ánimos, y la tropa, apiñada e incómoda pero siempre contenta, sigue su vida en las barcazas.
La brisa de la tarde anuncia marejadilla de levante; las barcazas que hasta ahora han navegado arrimadas a los transportes, se separan un tanto de ellos; las olas salpican sus cubiertas, donde mientras unos duermen otros relatan fantásticos cuentos de los hombres de guerra. Un mortecino círculo de luces parece señalar la situación de los buques, que lentamente marchan hacia el norte separándose otra vez de la punta de Kilates…
DÍA 8
Amanecemos con nuestros barcos por completo alejados y el convoy desorganizado; la corriente nos ha arrastrado hacia occidente y como la flota es tan numerosa se invierte más tiempo del calculado en reuniría de nuevo. La mañana avanza, y pasan de las diez cuando se logra agrupar las fuerzas de la columna. Aparecen por fin en el horizonte las embarcaciones más alejadas y se preparan las líneas de barcazas que han de abordar la playa; los remolcadores y los «Uad» las llevan a sus costados.
Marchan en primera línea las que conducen las harcas, las mehal’las y la Legión; los carros de asalto sobre la cubierta y protegido bajo ella el personal. La segunda y tercera línea, más retrasadas, llevan el resto de la columna Saro.
Remolcadores y «Uad», muy ligeramente distanciados por lo reducido de la playa, avanzan con sus remolques a toda marcha sobre ella. Las negras barcazas levantadas de proa, con su extraño aspecto de naves primitivas, rompen el mar con grandes espumas. Sus motores, unidos a los de los remolcadores, producen un ruido infernal. Los cañones truenan sobre nuestras cabezas y la costa se cubre entonces con la negrura de las explosiones de la artillería de los buques. El enemigo hace fuego de cañón[1] y ametralladora sobre las barcazas intentando contener el avance. Estamos a unos mil metros de la ribera; suéltanse los remolques y las panzudas barcazas, impelidas por sus propios motores, conducen hacia la tierra de maldición sus enardecidos racimos humanos; ¡la suerte queda echada![2] Son los momentos de mayor emoción. Ya cae sobre nosotros el fuego de fusilería enemigo….
De pronto una sacudida formidable detiene nuestra marcha; hemos tomado tierra; caen las planchas de desembarco, pero aún quedan ante nosotros cincuenta metros de agua. La salida de los tanques que debían preceder a las fuerzas, hácese imposible; los instantes son críticos. Al fin, la corneta suena, y al toque de ataque del clarín de guerra, sigue la arrogante y decidida salida de harqueños[3] y legionarios que, con el agua al cuello y en alto los fusiles, atraviesan rápidamente la distancia hasta la playa…. Ya se trepa por sus arenosos acantilados y en su amarillento reflejo destacan como un sangriento rasgo los gayos colores de las banderas españolas que llevan los de las barcas. Es alcanzada la primera firmeza de la arena y en ella se afianzan las ametralladoras y especialistas….
Hacia la izquierda sigue impetuoso el avance…. La disposición en que quedan las barcazas obliga a cambiar el orden de ataque de algunas unidades y vemos a la izquierda a los legionarios avanzar sobre las estribaciones de «el Fraile». Una compañía metida en el agua marcha por las peñas costeras a rodear la barrancada donde se encuentra el enemigo; se rebasa esta primera y se escalan las pedregosas alturas en dirección al Morro; legionarios y harqueños se apoyan fieramente en la empresa común…. ¡Nos hemos apoderado de la primera obra defensiva del enemigo!; un cañón de montaña y dos ametralladoras caen en nuestro poder. Se dejan atrás los campos de minas establecidos por el enemigo y se coronan brillantemente la primera y segunda fases previstas del combate.
Sigue el decidido desembarque de tropas y elementos; la Mehal’la ocupa su puesto en el combate. La Séptima Bandera[4] avanza firme a ocupar el suyo y aprovechando los momentos de indecisión enemiga se lanza a la ocupación de las baterías de «el Fraile» y el Morro Nuevo; como hileras de hormigas se les ve a los legionarios escalar por las vaguadas la abrupta cresta y pronto la gloriosa Bandera de Valenzuela corona la parte alta de los fuertes. Es un empuje arrollador…, los defensores demasiado tenaces son pasados a cuchillo. Son las tres de la tarde cuando quedan alcanzados todos los objetivos, con captura de tres cañones que el enemigo tenía en sus baterías de El Fraile y Morro Nuevo.
En el flanco derecho, difícil y dominado, los Regulares se baten con denuedo, fortificándose sobre el terreno conquistado; a ellos y a las harkas únense para la fortificación los ingenieros que, no obstante el fuego enemigo, actúan rápidamente. Son momentos de febril actividad en que todos los combatientes son zapadores y todos los zapadores combatientes[5]; profundas trincheras, lunetas, caminos de zapa y abrigos para ametralladoras surgen rápidamente a lo largo de la línea ocupada. El enemigo cañonea con tenacidad y precisión. Sus rompedoras estallan entre nuestros soldados que sin embargo continúan su trabajo con disciplina y serenidad.
La noche nos recoge[6] ya afianzados al terreno. Todo el mundo vigila; las ametralladoras dispuestas con sus frentes repartidos, los morteros cubriendo las contra pendientes y barrancos, los granaderos repartidos en toda la línea y los sostenes dispuestos a reaccionar rápidamente en caso de ataque.
La bahía de Alhucemas, centro de la rebeldía marroquí, y eterno fantasma de nuestras más duras campañas africanas, se ha esfumado hoy ante el recio empuje de las columnas españolas. Los muros agrestes de las calas orientales de la bahía, emergen del mar coronados
por sus ruinosas baterías, dotadas de gruesos y bien construidos muros en los que los cañones aparecen ya silenciosos desmontados o abandonados.
A la derecha, el monte Malmusi, rematado por áridos peñascos, se recorta en el horizonte con sus famosos cuernos. En sus laderas, algunas trincheras y edificaciones nos hablan todavía de la resistencia enemiga; disparos aislados que parten de ellas y de algunas cuevas del monte son ahora la única manifestación de hostilidad. Nuestros cañones acaban de imponer completo silencio en este frente, fielmente guardado en todas las avenidas del monte por los bravos harkeños de Muñoz Grandes. Al frente, el monte Benjiar o de Las Palomas; a unos 400 metros de nosotros, alza la negra sombra de su meseta y en ella los cañones de 7’5, de procedencia francesa, nos saludan con sus precisos disparos de rompedora, impotentes contra nuestro sistema de fortificación. El coco de la artillería rifeña es tomado a broma por nuestros soldados[7] y aunque precisos y tenaces, sus fuegos duran lo que tardan en ser descubiertas las piezas por nuestros artilleros o por la escuadra. El Yebel Sel-lem y la Rocosa aparecen también artillados y guarnecidos. A su pie, la isla de Alhucemas parece un diminuto islote. Las baterías enemigas están calladas y sus abrigos ocultos por la isla están hoy bajo el fuego de nuestros cañones.
El fuego es escaso en todo el frente; un viento fuerte y molesto nos envuelve en la arena de estos campos áridos y maldecidos[8] sin otra flora que sus múltiples montones de piedra. Al fondo de la bahía, los valles del Nekor y del Guis se abren a nuestros ojos como una promesa.
Francisco Franco
ALHUCEMAS. DEL DIARIO DEL CORONEL FRANCO (II)
Cebadilla, 22-IX-925. LA PARADA EN LA CEBADILLA
Lentos e interminables nos parecen los días de enervante espera[9], en nuestro vivac de Cebadilla y Morro Nuevo. ¡Pero la detención se impone! La columna Saro que ocupó en los tres primeros días todo el frente de la extensa línea, se afianza en ella para establecer la base del futuro avance.
En la costa, los marinos en lucha con la marejada de levante, tratan de echar en tierra nuestro material y víveres, mientras las tropas trabajan infatigables sobre las rocosas costas, en la fortificación y abrigo contra el fuego enemigo[10].
Al cañoneo del primer día, preciso pero débil, sucede el intenso de los días posteriores, y las explosiones negras y potentes de sus rompedoras francesas, alcanzan en el vivac los lugares a primera vista más abrigados.
En el extenso anfiteatro de nuestro frente se oculta a nuestra vista una docena de cañones enemigos; sus disparos se suceden, sin que la vida del campamento se altere. En contados días se cambió notablemente el aspecto del terreno; las laderas antes pinas y peladas, han sufrido en pocas horas una transformación completa. Los alojamientos aparecen socavados en los taludes, cual diminutos nichos o primitivas cuevas, donde los guiones de los puestos de mando parecen jalonar el casillero o colmena.
En la playa, el hormiguero de los faeneros en la descarga es también alcanzado por los disparos de los cañones enemigos. Hay momentos en que el enemigo parece querer concentrar allí sus fuegos… y las columnas de espuma de los disparos sobre el mar, alternan con los enormes estampidos y negros humos de los proyectiles caídos en las peñas… Una carrera de camilleros en la dirección de la explosión revela la existencia de bajas; nuevas explosiones inmediatas les envuelven y ocultan. Alguno más cae; pero tranquilos y ordenados emprenden los camilleros su marcha al. hospital con su gloriosa y doliente carga…
Los fuertes y secos estampidos de los cañones de los barcos parecen imponer silencio a la acción atrevida de la artillería enemiga… ¡Pero es tan difícil la observación y el anfiteatro de montañas tan extenso y dominante!, que algunos de sus cañones permanecen ocultos y todavía los disparos rífenos ponen su nota de audacia en el duelo artillero.
Las baterías de nuestro frente, desembarcadas el primer día, se multiplican para atender a tan extenso campo y sus dificultades aumentan al tener que sujetarse al limitado municionamiento que el desembarco impone.
El once por la tarde comienza el desembarco de la columna Fernández Pérez. Se habilita la pequeña playa de los Frailes para la maniobra y en[11] ella vemos instalarse sus primeras unidades, mientras el material se amontona al pie de los acantilados, donde las barcazas embarrancadas ponen a prueba la potencia de los remolcadores.
Las operaciones de desembarco en los días sucesivos son dificultadas por la marejada reinante. Las unidades, ya en tierra, se concentran en las alturas de Morro Nuevo cuyo frente guardan en lo sucesivo.
La intensidad del fuego enemigo aumenta en los siguientes días…, los cañoneos se suceden, y las frecuentes y potentes explosiones enemigas causan sensibles bajas en el vivac de las columnas.
Los constantes deseos de avanzar se ven aún contenido por la lentitud que el temporal impone a las operaciones de descarga y la carencia absoluta de ganado.
Mientras no llega el momento tan deseado, se ordena un reconocimiento por las harkas en los extremos del frente… Amanece cuando los harkeños de Muñoz Grandes y Varela avanzan en dirección de las guardias enemigas… a su cabeza marchan sus oficiales animosos y entusiastas, conscientes de su misión y de las dificultades de la empresa… y cuando la harka de Várela empeña combate en los cañaverales inmediatos al campamento, los harkeños de Muñoz Grandes sostienen en el flanco derecho un duro encuentro con el enemigo de este flanco, que, atrincherado en cuevas y barrancos, muestra su situación y fortaleza.
Hecho el reconocimiento y demostración, regresan las harkas a los puntos de partida… ¡No llegan con sus gritos de otras veces, cuando alcanzado el objetivo y recogido el botín pascan orgullosos los pequeños trofeos tras de sus viriles gallardías[12]!… ¡Vienen tristes!… En su ideario no se conciben las demostraciones ofensivas y la fatalidad en este día extremó su rigor en los cuadros de mando de la valerosa hueste…
El plomo del enemigo segó la vida de Bescansa; el capitán de las audaces gallardías…, el que en tantos combates desafió la muerte al frente de sus harkeños, disputándoles el primer puesto, con la española enseña en alto…; el que en las obscuras y medrosas noches del invierno, acechaba a su mando el paso de los convoyes enemigos, dispersándolos y capturándoles sus importantes cargas…; aquel oficial todo modestia y valentía, que fue de Muñoz Grandes el lugarteniente querido… Su camilla cruza el campamento en dirección al hospitalillo, los moros le rodean en triste cortejo y en sus rudos y morenos rostros brillan sus ojos humedecidos por el sentimiento.
Otras nuevas camillas aparecen rodeadas de grupos de fieles indígenas, con los otros oficiales caídos en la lucha; Pérez de Lema y Elizagárate.
No hay que preguntarles cómo van, sus rostros son expresión fiel del pesar sufrido… ¡Dos héroes más en el camino de la Patria…!
Nos acercamos al Hospital y vemos entrar a Miguel Zabalza herido en el pecho. Ha rechazado la camilla en favor de sus soldados; brilla su sangre roja sobre el vendaje blanco; tranquiliza a los que le rodean: «No es nada; en el pecho, estoy muy bien[13]», y aquella naturaleza fuerte desafía al pequeño plomo que alojado en su pecho, causa la muerte de este capitán decidido y heroico, que en Regulares de Tetuán había cimentado su nombre y prestigio…
La harka de Varela sufre en su frente otra gloriosa pérdida; es Cardeñosa el capitán competente y frío, sólido prestigio de la Infantería, que a su privilegiada inteligencia unía la práctica del mando, y el nombre alcanzado en su brillante actuación en Regulares de Larache… Triste es el día en el campamento de la Cebadilla… La fatalidad nos ha arrebatado lo más florido de nuestros oficiales; pero ha llegado la hora… ¡Mañana los vengaremos!…
Malmusi 24-IX-925. El avance a Malmusi
A la preparación y estudio del primer avance sucedió el movimiento preparatorio de las tropas…[14] Al planeamiento de la operación, correspondió el detalle complementario de la organización de las tropas y servicios… Los generales de las columnas estudiaron con sus Jefes los distintos extremos del movimiento[15] en sus sectores… y los jefes artilleros y de Infantería prepararon a su vez el sistema de perfecto enlace que la guerra impone.
Las panorámicas perfectas y detalladas, (obra del señor Got), fueron repartidas con profusión en la columna Saro[16], y sobre ellas numerados y señalados los principales accidentes, u objetivos probables, a batir por nuestra artillería… Los jefes de las unidades estudiaron al detalle los puntos importantes de la operación y misión a cada una confiado, y de antemano se señalaron los puntos de concentración para cada unidad, que debían efectuar en las últimas horas de la noche[17]. La hora señalada para el avance fue las 7’30, una vez preparado el terreno
por los fuegos de la artillería terrestre, marítima y de los aviones…
En el mayor silencio se llevó a cabo, durante la noche, la preparación del movimiento y a los primeros albores de la mañana se encuentran a las tropas preparadas en los puntos de partida para el avance… Pronto aparecen por Oriente, entre lejanas y pequeñas nubes, los puntos negros de nuestros aviones… Poco a poco se van distinguiendo las líneas de sus aparatos y escuadrillas, que pasan sobre nuestras cabezas envueltos en el ronco ruido de sus potentes motores… Les vemos alejarse en dirección de Malmusi y Morro Viejo, cruzarse en pequeños círculos y arrojar sus bombas, seguidas de las nubes de sus explosiones… Desaparecen las crestas y cuernos rocosos entre los humos densos; el cañón enemigo también truena, y las baterías terrestres y navales reparten sus fuegos en el extenso anfiteatro; los blancos vellones del shrapnel propio coronan los objetivos inmediatos; se acerca el momento del primer asalto; el sol dora el inhospitalario campo y la sábana de arena de los cañaverales refleja sobre nuestra frente los rayos solares, mientras los aviones y baterías coronan su intervención con fuegos más intensos.
Llegó la hora señalada. Previo aviso a la artillería, se lanzan las fuerzas a la coronación de la primera fase. Por la izquierda descienden las guerrillas sobre las barrancadas de los Islotes… Por el frente, son los harqueños de Muñoz Grande los encargados de ocupar las primeras alturas. Con ellos debe avanzar la Mehal-la y en su apoyo inmediato marcha el Tercio… Con toda decisión avanzan los harqueños a coronar sus objetivos. La derecha se une con los Regulares de Tetuán que apoyan este flanco.
El enemigo aparece atrincherado en las primeras alturas y grietas. Las crestas rocosas se ven coronadas por los puntos negros de las cabezas de los tiradores enemigos y se adelantan las harkas bajo mortífero fuego por las penosas pendientes del arenal. Ya escalan con toda decisión las primeras cumbres, la lucha se hace empeñada… Las bombas de mano se suceden, el enemigo, desde sus cuevas y trincheras disputa el terreno a la desesperada… Las granadas se multiplican… Las explosiones entre los grupos de nuestros harqueños, delatan la existencia de minas enemigas… Las granadas de fusil caen también entre ellos, causándoles sensibles pérdidas y cuando los momentos son más críticos, el enemigo se anima, sale de sus cuevas y corona las lomas, disparando sobre nuestras fuerzas… Bajo sus chilabas cortas y obscuras aparecen los calzones de color de los montañeses; uno entre ellos con el calzón rojo, parece dirigirlos.
Son los momentos más difíciles. Las harkas son detenidas en las laderas, donde se abrigan para sostenerse. La Mehal-la, en la izquierda, es detenida por el enemigo atrincherado. El enlace con la artillería nos permite señalarle de nuevo el objetivo del empeño. El cañón truena y sus nubes blancas y negras nos separan del enemigo, al que baten con mortíferos fuegos en las cumbres donde aparece… Se ordena el asalto a la Legión… y en impetuoso avance aparecen los legionarios escalando las alturas precedidos de sus granaderos… .Su empuje se dirige al frente y flanco.
La artillería prolonga sus tiros y los harqueños se mezclan con los legionarios en su avance… Las granadas de mano se suceden y entre las nubes de sus explosiones se recortan los gorros legionarios y las banderas españolas de nuestros harqueños…
Aun en las alturas rocosas de la izquierda se sostiene duro el empeño. El enemigo parapetado en las cuevas de las laderas opuestas, se bate en ellas a la desesperada y es preciso reducir los focos. Granaderos y fusiles se lanzan a las cuevas y queda coronada la primera fase. En los cañaverales el combate ha tenido también proporciones importantes.
El enemigo se defendió en las grietas y cuevas de la barrancada y fue necesario todo el arrojo de los legionarios para arrancarlos y perseguirlos…
Allí tenemos ocasión de observar uno de los más bellos gestos del espíritu de la raza, es el arrojo del Teniente Espinosa, que herido en el primer avance, en el pecho, sigue decidido al frente de sus soldados a las grietas y cuevas enemigas. Va el primero en el asalto; es de nuevo herido en el vientre, y ello, no obstante, sigue al frente de sus soldados enardeciéndoles con el ejemplo… y cuando con todo entusiasmo se lanza al cuerpo a cuerpo, al frente de los suyos, es alcanzado de nuevo por el plomo enemigo, que, incapaz de contener el arrollador avance, parece vengarse en nuestros oficiales más heroicos…[18]
Posesionados de las alturas de la primera fase y casas de las laderas, se ordenan y preparan las fuerzas para el asalto de «Los Cuernos».
Mientras la columna de la izquierda escribe una gloriosa página en las calas de los Islotes y Quemado, en su avance sobre Morro Viejo y posición «A», en lucha con el enemigo que atrincherado en cuevas, las defiende con tesón, vendiendo cara la vida al verse rodeados y vencidos… En esta lucha, harqueños, mehazníes y legionarios rivalizan en actos de valor y los cadáveres y armas recogidos son muestra elocuente de la gloriosa jornada, la que por pertenecer a otra columna no puedo detallar como quisiera.
Los carros de asalto por el llano avanzaron, enlazando las columnas, apoyando en la derecha el avance de las harkas de aquel flanco.
Organizadas las fuerzas en las primeras posiciones conquistadas, municionadas y repuestas de granadas, se prepara el asalto de los «cuernos de Xauen» donde el enemigo aparece parapetado. La batería de montaña que ha seguido a brazo las marchas de las guerrillas, acompaña desde los primeros momentos a estas en sus fuegos… Las baterías del campamento preparan igualmente el avance y trasmitidas las órdenes, a las once menos cuarto se da el asalto a las últimas crestas y «cuernos» por harqueños y legionarios, coronando todos los objetivos y persiguiendo al enemigo por barrancadas y cañadas.
No finalizó aún tan importante combate. La situación en el flanco derecho de un importante espolón coronado por unas casas, cerrando por la derecha las barrancadas, indicó la conveniencia de avanzar por el lado derecho[19] un Tabor de Regulares a completar la línea cerrándola con el mar por este lado… Pronto empezó el avance de estas fuerzas que atraviesan el barranco por el frente del campamento del arenal y siguen su marcha sobre las casas señaladas envolviendo los barrancales donde el enemigo oculta sus heridos, viéndose sorprendido y defendiéndose en las cuevas de sus taludes, desde donde hacen un mortífero fuego sobre las fuerzas que avanzan… Se hace preciso limpiar los barrancales y profundas grietas, avanzando una compañía de legionarios que, con sus granaderos en vanguardia, se lanzan animosos y ágiles por la cañada, rodeándola y empeñando en ella dura lucha, en la que el alférez Jiménez Aguirre da alto ejemplo de su decisión y valor dirigiendo al frente de los granaderos la limpieza de las cuevas; empeño en que remata su vida militar, con su gloriosa muerte[20], este modelo de oficiales sereno y valeroso…
Las fuerzas siguieron su combate hasta entrada la noche, pernoctando en el barranco, rodeando los focos aún no reducidos, que en la mañana del siguiente día son vencidos, cogiéndose al enemigo numerosos muertos y heridos, entre aquellos varios europeos.
Las fuerzas todas[21] se fortificaron y pernoctaron en las posiciones conquistadas.
La noche cerró sobre los combatientes y, mientras un viento desagradable y fuerte nos envuelve en sus nubes de polvo, las tropas descansan de la dura y gloriosa jornada. Los centinelas acechan en las barrancadas al enemigo[22] cercado y el olor de tomillo se une al nauseabundo de los cadáveres del enemigo, precipitada y escasamente enterrados.
Francisco Franco
ALHUCEMAS. DEL DIARIO DEL CORONEL FRANCO (III)
EN YEBEL MALMUSI.-26-IX-l928[23]
La ocupación de Malmusi, parece haber roto el frente de la resistencia enemiga. Arrollada la primera línea de las defensas rifeñas, reducidos sus focos de cuevas y barrancos, sepultados sus defensores bajo los escombros de sus obras de Malmusi, un vacío en el campo sucede a nuestra segunda etapa en tierras del Rif, y el silencio del frente es sólo turbado por las explosiones aisladas de algún cañón enemigo disparado en Yebel Sel-lum o Las Palomas. La fortificación empezó activa y laboriosa. La falta de aguadas reduce nuestro ganado a un limitado número de mulos, teniendo el personal que suplir tal falta con su resistencia infatigable.
En la tarde del 24 un nuevo cañón enemigo truena en el horizonte. Sus disparos se dirigen a los Cuernos de Xauen, detrás de cuyas muelas rocosas vivaquean la Séptima Bandera y los harqueños de Muñoz Grande… Una batería de obuses allí establecida intenta acallar la pieza enemiga, pero el terreno oculta la observación de sus disparos. El Teniente Casado, ayudante de aquella Bandera, recorre varias veces el terreno batido para llevar a la Batería datos precisos. En su camino las explosiones se suceden… Él, animoso, ríe ante la amenaza de las granadas… la muerte le ha rodeado tantas veces, que ya le es familiar y no la teme… Su juventud y alegría han triunfado hasta ahora de los duros trances de la guerra… Las rompedoras enemigas se suceden, algunas al chocar sobre las peñas, se fragmentan en mortíferos trozos… En un momento, es envuelto el Teniente por el humo negro de las explosiones… y al disiparse este, aparece derribado en tierra y bañado en sangre… A él acuden
solícitos moros y legionarios, sus compañeros le rodean… Un casco de granada ha desgarrado su cuerpo produciéndole mortal herida, y su sangre cárdena y brillante se derrama sobre las peñas grises de aquellas cumbres áridas y bravías. La terrible verdad no escapa a la vista de los que le rodean, y el médico extrema sus cuidados en la cura, mientras los compañeros ocultan al herido el cruel desgarro… La noticia corre en el vivac. Salimos a su encuentro, nos esforzamos por conservar una vida que por momentos se va. ¡Se le prodigan inyecciones!… Pero sólo le restan fuerzas para oprimir nuestra mano cuando tratamos de animarle.
Se aleja hacia el Hospital el triste cortejo. El silencio del vivac es eco fiel de nuestro dolor… y cuando la hora del recogimiento llega, en todos nace el amoroso sentimiento por el compañero perdido, que tantas veces compartió el triunfo, y que aún nos parece ver enarbolando el guión de su Bandera desafiando la muerte al frente de sus hombres. Hay también un recuerdo para la pobre niña que en un lugar norteño espera con ansiedad la vuelta del amado…[24]
La noche del veinticinco merece señalarse por lo penosa y fría… Un agua persistente y tenaz cae sobre las tropas en vivac, las mantas y capotes hábilmente suspendidos, sólo evitan los efectos del primer chubasco; pero el tiempo no cambia, el aguacero sigue, y los hombres en pie se agrupan alrededor de las fogatas.
El día nos sorprende en medio de un barrizal; allí aparecen enterradas las mantas, capotes, cubre cargas y pequeños resguardos que el temporal ha derribado… Los soldados salen con sus picos en todas direcciones. La leña es rara en esta ingrata tierra, y sólo después de algún trabajo aparecen cargados de ramas y raíces, que al arder, devuelven la vida a los entumecidos miembros.
Este día los convoyes a la Cebadilla consiguen traernos un reducido número de planchas de zinc, que con cañas del arenal y esparto de los montes, nos permiten construir unas pequeñas chozas que dan a nuestro campamento el aspecto de aduar y resguardan a nuestros hombres de los rigores del tiempo.
Cae la tarde cuando se nos presenta un legionario fatigado de su carrera por la pendiente áspera, solicitando hablarnos… Ha salido por leña hacía el enemigo y ha visto un cañón cubierto de ramaje en dirección a las guardias rifeñas, preparado con cuerdas y correas para ser transportado; se encuentra en la barrancada del Tisdit oculto de las vistas de nuestros puestos… Este era uno de los cañones cuya existencia suponíamos que no habíamos logrado encontrar…
Sin perder ni un momento, se prepara la expedición. Cuarenta hombres con su oficial forman sobre las armas y enseguida descienden por una barrancada que a cubierto conduce al Tisdit… El cañón parece estar oculto en la barrancada… Es preciso llegar de uno en uno, sin ser visto, ocultándose tras el ramaje y matojos que lo cubren, preparar las cuerdas y correas…, organizarlo todo, y a una señal, en un decidido arranque, arrastrar el cañón a la parte descubierta y recorrer el kilómetro escaso de llano, para ponerlo al abrigo de la ladera. Si alguno cae, sólo debe quedar con él un pequeño grupo, ya designado, para recogerlo… Las ametralladoras y el servicio están preparados para apoyar en caso necesario el movimiento…
En menos tiempo del que se relata bajan los hombres y se emboscan donde está la pieza; dan la señal y un racimo humano aparece a nuestros ojos en el comienzo del llano. ¡Ya está en terreno franco!… ¡El enemigo se apercibe… los pacos suenan más próximos y levantan polvo entre los pies de nuestros legionarios…! Tabletean las ametralladoras… ¡los nuestros se alejan!… un momento más y el cañón es nuestro.
Los hombres gritan con el gorro en alto; sus vivas a España y a la Legión, se escuchan desde la cumbre, y de los puestos inmediatos una carrera de hombres se une con entusiasmo a los portadores de la presa… La masa humana empuja el cañón por las cortadas laderas del Monte Malmusi, despreciando los disparos de los lejanos pacos, y a la media hora, ya inmediato a nuestro mal llamado alojamiento, enfila con su boca el campo enemigo. La lluvia sigue, pero el día no se ha perdido.
No es persistente el temporal en esta época y al siguiente día el Sol alegra de nuevo nuestro vivac, el tiempo ha enfriado algo y la jornada se hace más penosa.
El estacionamiento que el temporal y la fortificación imponen, no lo desperdician las tropas; se estudia el plan del siguiente avance, se adelantan y establecen las baterías de apoyo, se habilitan pistas y caminos, se adelantan los depósitos de municiones y víveres, se formalizan los croquis de detalle, los panorámicos de enlace con las baterías terrestres y de los barcos, y cuantos detalles exige el avance. En el frente ocupado, el tiroteo de las guardias se hace cada día más intenso; las laderas de Las Palomas y Taramara aparecen salpicadas de pequeñas guardias que nuestros puestos de primera línea mantienen alejadas… En el centro del Tisdit, en algunos momentos, la presión es mayor; las quebraduras del profundo barranco ofrecen un campo abonado para el paqueo enemigo, y nuestra posición de la casa fortificada es objeto del más vivo tiroteo.
Fuerzas de la Segunda Bandera guarnecen este puesto y el comandante Borrás dedica su constante actividad a la vigilancia del frente… De complexión robusta y ánimo sereno, se ha ganado la confianza de sus soldados en el glorioso combate de Kudia-Tahar (primero en que intervino)… A su llegada a Axdir, pregunta animoso si su Coronel está contento de su conducta, si ha hecho honor al uniforme de legionario… Este jefe, lleno de entusiasmo y amor a España posee el temple de los mejores soldados. Nacido en Barcelona, vivió en la Ciudad Condal aquellos amargos días en que un regionalismo aparente encubría la absurda campaña del separatismo suicida. Su sereno juicio le trajo a Marruecos, queriendo demostrar a los suyos a dónde llegaba su amor a la Patria y ansiando ofrecerle la noble ejecutoria de un heroico sacrificio. Patriotismo que le lleva en Kudia-Tahar a batirse con bravura al frente de sus soldados, espíritu que perdura en la exactitud de los servicios, en las acciones guerreras, y que destaca el día 28 de septiembre y en que es herido gravísimamente al recorrer el frente de sus fuerzas…
Una herida mortal le alcanza en la rabadilla seccionándole la médula. Cual bravo legionario cae en brazos de sus soldados. Estos le rodean, los oficiales le auxilian. «¡No se apure Vd. que no es nada!» le dicen para animarle. ¡Pero no necesita ánimos, tan bravo soldado! «No me preocupa -dice- lo más que puede ocurrir es que muriera por mi Patria, y a eso he venido». Pide que le rodeen sus soldados, y haciendo un supremo esfuerzo grita como al ser herido: «¡Viva la Legión.’ ¡Viva España! ¡Viva España!» Y cuando, ya curado, le transportan al Hospital, ya sin fuerzas, aún pide que a su lado griten «¡Viva España!».
En el Hospital es objeto de laboriosa cura. La parálisis total producida por la sección medular aleja toda esperanza y, comprendiendo que la vida le falta, pide que le traigan su maleta y que de ella extraigan un paño de la bandera española que tiene preparado y que en él le envuelvan para ser enterrado. Pasados unos momentos el mandato se cumple y los restos del heroico soldado yacen envueltos en el preciado paño.
El avance a Las Palomas y Buyibar, 30 de Septiembre.
El avance sobre el Monte de las Palomas y Buyibar constituye la tercera etapa del proyectado avance sobre Axdir. La distribución de las fuerzas para el combate es análoga a la del avance anterior. La columna Saro, partiendo de Malmusi, ha de avanzar sobre el elevado monte y sus estribaciones que forman un grupo de alturas de menor elevación y varias casas donde el enemigo se encuentra fortificado. Estas alturas constituyen la primera fase del avance, para una vez organizados en ellas, ocupar las cumbres del macizo de Las Palomas y la casa fortificada designada con la letra C en nuestros enlaces artilleros, esta misma columna ha de permanecer, guarneciendo, desde el mar a Malmusi, el flanco oeste de la línea ocupada y mantener a raya los intentos enemigos en este frente.
La Columna Fernández Pérez tiene como objetivos el avance paralelo a la costa sobre Taramara y Buyibar, y abordar por esta parte el pico Cónico y altura de los Dientes, en la parte sur del macizo de Las Palomas, donde se enlaza con las fuerzas de la Columna Saro.
El objetivo definitivo de las columnas es ocupar y fortificar la línea de alturas que de Malmusi va a Las Palomas y por la divisoria de este monte baja al Cónico y Buyibar, teniendo como foso los profundos cauces de los arroyos Tisdit e Isli.
Concentradas durante la noche las tropas en los diversos pliegues del terreno, donde puedan permanecer a cubierto del fuego artillero enemigo y próximas a los forzados pasos del citado cauce del Tisdit, empieza con la salida del Sol la preparación artillera sobre los primeros objetivos. Los barcos de la escuadra, concentrados en el interior de la bahía, disparan sus cañones sobre los objetivos más próximos y visibles. Truenan en Malmusi los obuses de 105 y vemos las explosiones potentes sobre las casas y chumberas de las laderas de Palomas. En seguida el fuego se hace más intenso; el seco y repetido estampido de los disparos de la escuadra se destaca en el fragor de estos primeros momentos. El sol, grande y amarillento, se levanta sobre Kilates. Sus rayos de fuego doran las montañas, marcando sus contornos, y en el cielo opalino aparecen cual fantásticas aves los guerreros alados, que han de ocupar su puesto en la brillante lucha.
Avanzan las tropas alegres y animosas. Los harkeños de las columnas descienden corriendo y dando voces por las sendas del Tisdit… Sus trajes montañeses y la irregularidad de su vestir nos recuerdan los avances de las barcas enemigas cuando se dirigen a nuestras líneas. Bajan al profundo cauce, perdiéndose en él durante unos minutos, pero su instinto y conocimiento del país les lleva a aparecer enseguida en la ladera opuesta. En escaso tiempo han sabido encontrar las ya borradas sendas y los más fáciles pasos de la cortada barrancada. Son estos harkeños para las columnas un poderoso auxiliar, otean el terreno, levantan la caza, exploran y fijan al enemigo para que la columna maniobre y entable el combate en las más ventajosas condiciones. Sus bravos oficiales, se identifican pronto con el carácter de estas fuerzas irregulares, que cuando se encuentran apoyadas sacan incalculable rendimiento al instinto guerrero de sus componentes.
Al paso del Tisdit se entabla el tiroteo, el enemigo que hasta entonces solo nos dirige contados disparos desde sus puestos más próximos; parece abandonar estos para ocupar los más dominantes y resistentes. Entre el vivo tiroteo del fusil mauser, suenan los agudos estallidos de la arbaia enemiga. El fuego se generaliza. Por las amarillas y arcillosas laderas de los montees próximos, avanzan como un hormiguero los puntos negros de nuestros harkeños; se extienden en dilatadas filas por cañadas y repliegues, y los más se reparten en el extenso frente ocupando los distintos accidentes del terreno que el enemigo abandona en su huida. A un centenar de metros, las «mías» de reserva avanzan agrupadas por la cañada principal, en formación irregular, manteniendo íntimo contacto con las desplegadas.
Algo más retrasados, pues los pocos y borrados pasos del barranco obligan a cruzarle uno a uno, avanzan los Regulares de Tetuán y los legionarios. Les siguen los cazadores[25] y el resto de las fuerzas. Una compañía de Ingenieros habilita desde el primer momento pasos en el barranco.
En el frente de Taramara también son arrolladas las primeras guardias. La resistencia enemiga parece querer concentrarse en la cumbre de este monte, donde algunas trincheras y cuevas aparecen ocupadas por los rebeldes. La artillería bate estos puntos con intensidad; los fuegos de la escuadra los enfilan los de flanco y de revés, y entre el humo denso de tanta explosión vemos huir desde el primer momento a los defensores de las trincheras.
Ocupadas por las harcas de la derecha las primeras cumbres, la resistencia enemiga parece ser intensa en este lado, donde se concentra el grueso de nuestros harkeños en espera de la columna, para vencer la resistencia que en casas y collado ofrecen los rífenos; mientras, las «mías» de la izquierda, que han encontrado el camino más franco, avanzan por las pendientes y laderas de las Palomas y en penosa marcha ocupan el primer pico.
Las fuerzas de Malmusi no permanecen inactivas; y el Tabor de la Mehal-la de Larache libra combate para ocupar las casas y estribaciones a su pie, desde donde protege y flanquea el avance a las nuevas posiciones.
En estos momentos que el fuego es más intenso, el cañón enemigo dirige contra Malmusi sus disparos… Las casas del collado siguen ocupadas y en ellas el enemigo extrema su resistencia. La fatigosa cuesta ha detenido a las fuerzas de la vanguardia tras el rápido avance por la larga y empinada cuesta[26]. Los ametralladores llegan a la cumbre rendidos por el peso de las máquinas, descargan el material y establecen su armamento para proteger el asalto. Tabletean las ametralladoras del Tercio y Regulares sobre las posiciones ocupadas, se designan los objetivos, la artillería hace su fuego más intenso y los harkeños reforzados por Regulares ocupan las casas y la loma es barrida materialmente por los fuegos de fusil y de cañón.
A los pocos momentos del asalto, un grupo de harkeños conduce a retaguardia al Comandante Muñoz Grande. Cuando se lanzaba al ataque, una bala enemiga le derribó en tierra, fracturándole el fémur. Tranquilo y sonriente soporta la cura. ¡Una herida más para el bravo y entusiasta Jefe, y un pequeño alto en su camino de triunfos!…
Se refuerzan las Unidades con las que van llegando; se envía a Las Palomas una compañía de la Legión a reforzar a los harkeños en aquellas alturas en combate. El enemigo parece tenazmente agarrado a la casa fortificada y barrancadas inmediatas, y los harkeños nuestros han consumido gran pate de sus dotaciones de cartuchos.
Otra compañía más de la misma Bandera sigue los pasos de la Primera, se les ve desaparecer en la profunda cañada y escalar gateando la elevada cumbre. Los hombres cargados con el material y municiones siguen penosamente al movimiento de los fusileros. Los banderines de la Legión se recortan por fin sobre el pico, las siluetas se destacan en el horizonte al reforzar los puestos más avanzados y los disparos enemigos levantan polvo a los pies de los soldados.
La casa C ocupa tan ventajosas condiciones, dominando los dos collados, que en ella el enemigo atrincherado bate de flanco y domina nuestras primeras posiciones. Las barrancadas que de ella parten se encuentran ocupadas por los rebeldes, empujados por el movimiento de las columnas. Es preciso ocuparlas rápidamente. Se envía el resto de la Bandera a unirse a las Unidades ya avanzadas, y se intenta preparar el asalto con el fuego de la artillería. Pero no obstante el perfecto enlace[27], la observación se hace muy difícil para las baterías, las municiones escasean en los obuses, y es preciso que las bayonetas ocupen su lugar. El fuego es intensísimo; las Unidades se adelantan a gatas a los puestos más avanzados, el fuego siega materialmente el camino de acceso. Harkeños y Legionarios se preparan, y a una señal se lanza por la pendiente sobre la casa En el horizonte se destacan sus siluetas. El arranque es arrollador; llegan a la casa y las bombas de mano se suceden; enormes humos nublan un momento a los que luchan. El encuentro es duro; el teniente Gutiérrez Ayala muere gloriosamente en los momentos de ocupar la casa. De retaguardia avanzan nuevos refuerzos al lugar del empeño y posesionados del terreno, pronto pequeños parapetos defienden a nuestras tropas de los certeros disparos.
Sigue la columna su avance a Las Palomas. El camino penosísimo se encuentra salpicado por los pequeños grupos de los artilleros con el material a brazo. Los hombres sudan sobre la árida tierra y el conjunto se pierde entre las grises rocas y los pequeños matojos de los brezos en flor. Organizado el frente, los ingenieros empiezan la fortificación de los puestos principales de la línea. Los soldados cavan en las contrapendientes y las cuerdas de hombres transportan a las guerrillas los pequeños sacos con que levantan ligeros parapetos que son la base de las primeras posiciones. La situación de la casa C y los certeros[28] e intensos fuegos del enemigo exige de los ingenieros preferente atención. El capitán Rivas manda la compañía que allí se dirige y el teniente Cavero le sigue con su espíritu animoso… Se adelantan a sus fuerzas a reconocer la casa, y serenos planean el trazado y construcción, cuando el plomo enemigo alcanza a los dos oficiales; el capitán Rivas, herido menos grave, es retirado de la línea de fuego… el teniente Cavero cae también desplomado por el fuego enemigo, su cabeza aparece atravesada por el pequeño plomo, y un hilo de sangre mana de la herida… Es retirado en la camilla por sus soldados; serenidad completa refleja su semblante que no denota el más leve sufrimiento, como si estuviese tan solo dormido…
Con el sol se apaga el estruendo del combate, solo algún «paco», pegajoso y pesado, hostiliza nuestro frente, y las sombras de la noche se extienden en el campamento, en el que, las pequeñas hogueras jalonan las Unidades en vivac.
El «Fanfar» legionario eleva sus pastosas voces; siguen las notas vibrantes y sonoras de las bandas…, los tambores acompañan el toqué militar y al rematar la contraseña la Banda de legionarios, se escucha el himno de la Legión Heroica…
Francisco Franco
ALHUCEMAS. DEL DIARIO DEL CORONEL FRANCO (IV)
LAS PALOMAS 1.º DE OCTUBRE
Tranquila es la noche que sigue al combate del 30 de Septiembre… El frío intenso que se siente en las alturas, ha despejado el sueño de los hombres que se agrupan rodeando las fogatas de las cocinas… Algunos entre ellos dormitan todavía, rendidos por la fatiga de la pasada jornada.
Poco a poco un sol de fuego se levanta sobre los montes de Kilates; sus reflejos dorados encienden durante unos minutos el conjunto del vivac, y al calor tibio de los rayos solares, comienza el movimiento de la colmena humana.
El mar tranquilo y reluciente como un inmenso lago se ilumina a nuestros pies con reflejos de plata y los potentes barcos de nuestra flota de guerra se ofrecen a nuestros ojos cual débiles barquillas.
La costa recortada y bravía nos descubre el misterio de las calas bordeadas de acantilados y profundas cuevas, hasta ahora refugio de la piratería rifeña…
La mal llamada bahía de Alhucemas, encuadrada por los cabos de Morro Nuevo y Kilates, se abre a nuestros pies como un extenso mapa, recordándonos aquellos otros tiempos en que el fanatismo religioso de sus moradores regó con su sangre las blancas arenas de sus tendidas playas y dio el nombre de ensenada o «golfo de los mártires» a esta parte de la costa rifeña, desde entonces defendida como tierra sagrada.
Próximo a la playa como centinela de la vega vecina emerge el Peñón de Alhucemas, denominado por los naturales «La roca del Nekor», y que temido un día por las tribus vecinas se había convertido en débil blanco para la artillería rifeña… En la arena y a tiro de fusil de nuestra plaza, medio enterrados entre las dunas de la playa se alzan las ruinas del castillo de Muyahedin (de los guerreros de la Fe)… al pie de cuyos ruinosos y carcomidos muros se establecieron desde remota fecha las guardias moras que vigilan nuestra isla…
La vega aparece salpicada de numerosas casas, medio ocultas entre las verdes manchas de los huertos y arbolados, en los que las higueras y granados alternan con los almendros, albaricoques y nogales… Estas casas aisladas, de altos muros aspillerados, nos hablan de las desconfianzas y traiciones de sus moradores… A la derecha los terrenos ondulados de Axdir y Tafrás se pierden en la lejanía con sus rojizas y productivas tierras, en que el trigo y la cebada proporcionan a la kabila codiciado granero…
Hemos llegado al límite de Beni Urriaguel y Bocoya, el arroyo del Isli, que se pasa al pie de las posiciones ocupadas y constituye el límite geográfico de las kabilas. Las casas de Beni Urriaguel se encuentran bajo el fuego de nuestros infantes y solo entre los muros y chumberas de la Rocosa y Yebel Sel-lum aparece algún «paco» o pequeña guardia vigilando de cerca nuestros puestos…
A las ocho de la mañana empieza el movimiento de las columnas y son ya las diez cuando, concentradas, se preparan a abordar el paso del Isli… Los barcos de la escuadra atruenan el espacio con las descargas de sus baterías… y los humos negros coronan las casas y posiciones enemigas, las cumbres de Yebel Sel-lum y la Rocosa desaparecen entre los densos humos, y auxiliados de nuestros gemelos vemos la huida de los contados rífenos de las guardias; deteniéndose en la carrera tras alguna cerca, disparan sus fusiles, como queriendo justificar su presencia en el combate…
En el campo se nota la ausencia del enemigo y la fiereza beniurriaguel no hace acto de presencia en este día…
Las fuerzas indígenas más inmediatas al mar cruzan el Isli por la playa, protegidas por el fuego de la escuadra y contemplamos su ascensión penosa por las cortadas pendientes de Yebel Sel-lum…; los hombres más avanzados enarbolan una bandera que clavan a los pocos minutos sobre las ruinas de la batería mora… Por el centro, varias Mías de la Harca ganan también las cañadas que descienden de la Rocosa y se extienden por las primeras casas del
poblado de Axdir… El enemigo está tan quebrantado que no ofrece resistencia, y al vivo tiroteo que los Regulares de la derecha sostienen en las primeras estribaciones del Amekran, sucede una calma sólo turbada por algún «paco pegajoso» o las explosiones del cañón enemigo.
El terreno en el flanco derecho se presenta fuertemente accidentado. El alto macizo del Amekrán domina las posiciones ocupadas por nuestras fuerzas, y las cresterías rocosas que de él descienden son campo abonado de los tiradores enemigos. Se decide su ocupación y los Regulares asaltan el monte con su decisión acostumbrada. La resistencia es escasa, el enemigo huye, y las grises graderías de peñas aparecen coronadas por los puntos rojos de los gorros de los Regulares.
El enemigo, gastado y desmoralizado, no ofrece resistencia, y mientras nuestras tropas se fortifican en el terreno conquistado, el cañón enemigo truena colocando sus proyectiles entre nuestros soldados.
La situación de nuestras fuerzas en el Amekrán parece atraer al enemigo, molesto de su pérdida. Cuando el sol se pone se intensifica más el fuego en aquel frente, y mientras los fieles indígenas contienen las audacias de los tiradores enemigos, la fortificación avanza lenta…, interminable…
Las fuerzas vivaquean en la línea ocupada y la noche sólo es turbada en las primeras horas por las potentes explosiones del mortero enemigo sobre los altos del Amekrán y las granadas de mano de sus defensores…
DÍA 2
Cuando el sol se levanta anunciando el nuevo día, un brillante espectáculo se ofrece a nuestra vista, legionarios y harqueños se han extendido por el campo enemigo y nuestras Banderas ondean en la batería de la Rocosa y casas enemigas…
Un enjambre humano se ha esparcido por el llano al apercibirse de la huida enemiga y el poblado de Abd-el-Krim es razziado por las fuerzas españolas… Cañones enemigos, armas, enseres, libros, todo es transportado por legionarios e indígenas. Cacharros de barro, platos y candiles, cebollas, ajos y naranjas, todo cuanto constituye los míseros ajuares de las casas rifeñas pasa ante nuestros ojos…
Manuscritos árabes, libros y cuadernos; tablas morunas curtidas por los años, con inscripciones árabes para la enseñanza… Son los míseros trofeos de las jornadas pasadas. Sin valor real, son preciadas joyas para nuestros soldados, constituyen el recuerdo de la campaña, el presente para el Jefe, el regalo para el amigo, el obsequio para el visitante…
¡Guerra mísera y cruel en que el laurel de triunfo no lleva aparejada ni la entrada triunfal en las ciudades conquistadas, ni el país ofrece otro trofeo que estas tristes muestras de la miseria mora!…
Escribiendo estas líneas, contemplo una de esas tablas patinadas por el tiempo, ante cuyas borrosas inscripciones habrán aprendido sus credos generaciones de rifeños… No tiene el menor valor, pero tuvo su puesto en la escuela de Axdir, en donde tal vez el cabecilla estudió sus primeros rezos y sufrió en sus tropiezos los primeros golpes…
Recorriendo el poblado no aparecen en ninguna parte las casas europeas que la fantasía señaló… Míseros aduares construidos de piedra y barro, ya descarnados por la acción de las aguas… Casas rectangulares cual fincas de labor en que tres largas habitaciones encuadran un patio-corraliza para el ganado… Algunas entre ellas ofrecen la fantasía de una pequeña torre o habitación levantada sobre las otras que da al conjunto aire de fortaleza, pero sin otra diferencia apreciable… Numerosos silos rodean estas casas, la cantidad de cebada que en ellos encontramos nos muestra la abundancia de estas rojizas tierras y los huertos y arbolados, la
riqueza de la poblada vega…
Cientos de años pasaron estos campos bajo nuestras miradas sin que sus habitantes, fanáticos e intransigentes, recogieran los frutos de la civilización vecina. Nuestro antiguo presidio vigilado de cerca por las guardias moras, no pudo irradiar la influencia que su situación le señalaba; y al fanatismo religioso de los pasados siglos suceden la barbarie y rebeldía de las tiempos presentes, en que las ruinas del castillo de Muyahedin, sepultadas bajo las dunas, en vano intentan recordarnos la «leyenda de los mártires», de aquellos valientes musulmanes que cayeron a millares bajo las armas de los infieles, sin que sus sucesores tan celosos de su independencia rindiesen hoy el tributo de sangre ante los blancos morabos de sus ascendientes, que entre los oscuros árboles de los bosques sagrados señalan el lugar de reposo de los santos mártires…
Borrada la leyenda de la tierra sagrada…; desmentida la fama de las huestes urriagueles…; la dudaba entrado en el corazón del Riff, y con ella la esperanza para los buenos musulmanes…
Francisco Franco
[1] En la corrección Franco anotó «cañones».
[2] Franco recurre aquí al famoso Alea iacta est de Julio César.
[3] En los artículos Franco empleará los dos modos de escribirlo en la época: harqueños o harkeños; también aparecerá harca o harka.
[4] En los artículos de la revista Franco utilizó la minúscula en la numeración de las Banderas y en el término Bandera. Lo cambió para la edición de 1970.
[5] En la revisión de 1970 Franco dejó la frase del siguiente modo: «todos los combatientes son también zapadores».
[6] En la revisión cambió esta verbo por «encuentra».
[7] En la revisión rehízo la frase del siguiente modo: «Los soldados toman a broma el coco de la artillería rifeña,».
[8] En la revisión eliminó esta palabra: «y maldecidos».
[9] En 1970 Franco modificó el inicio del siguiente modo: «Nos parecen lentos e interminables los días…».
[10] En 1970 el párrafo quedó del siguiente modo: «En la costa, los marinos luchan con la marejada de Levante, tratando de echar a tierra nuestro material y víveres, mientras que, sobre las rocosas orillas, las tropas trabajan infatigables en la fortificación y el abrigo contra el fuego enemigo».
[11] En 1926 aparecía «con» en vez de «en».
[12] En 1970 cambió esta calificación por el término «acciones».
[13] En 1970 modificó las palabras de Miguel Zabala eliminando la palabra «muy».
[14] Franco varió el inicio del párrafo del siguiente modo: «Al estudio del primer avance sucedió el despliegue preparatorio de las fuerzas…».
[15] En 1970 varió parte de la frase sustituyendo «los distintos extremos del movimiento» por «las distintas fases de la maniobra».
[16] Nuevamente varió la frase anotando: «En la columna Saro se repartieron con profusión las panorámicas perfectas y detalladas -obra del señor Got-.».
[17] En 1970 el párrafo quedó del siguiente modo: «Sobre ellas fueron numerados y señalados los principales accidentes u objetivos probables a batir por nuestra artillería… Los jefes de las unidades estudiaron al detalle los puntos importantes de la operación y la misión confiada a dada una. De antemano se indicaron para cada unidad los puntos de concentración que debían ocupar en las últimas horas de la noche».
[18] Sirvan los 6 párrafos precedentes como muestra de unos cambios que reitera para la edición de 1970 y que no indicamos para evitar la reiteración innecesaria. En la publicación original estaban unidos por punto y seguido.
[19] Franco sustituyó «el lado derecho» por «aquel costado».
[20] En 1970 lo cambió por «con su muerte ejemplar».
[21] Cambió a la forma más usual de «Todas las fuerzas» al inicio del párrafo.
[22] En 1970 cambió la calificación de «enemigo» por la de «adversario».
[23] FRANCO, Francisco: «Alhucemas. Del Diario del Coronel Franco», Revista de Tropas Coloniales, n.º 11-II Época (noviembre 1925).
[24] En 1970 Franco reescribió el final del párrafo del siguiente modo: «y que aún nos parece ver enarbolando el guión de su Bandera desafiando un recuerdo para la pobre niña que en un lugar norteño espera con ansiedad la vuelta del amado…»
[25] Se refiere al Regimiento de Cazadores.
[26] Aquí hará Franco una alteración para evitar la reiteración anotando: «larga y espinosa pendiente».
[27] Franco reescribió el inicio del siguiente modo: «Pese al perfecto enlace […[».
[28] Franco lo cambió por «eficaces».
