La noche antes, el periodista Ruiz Albéniz, el Tebit Arrumi, se entrevistó con Franco. De aquel encuentro firmó una crónica el 22 que no fue publicada hasta el día 29 en el diario Informaciones. En el resumen que daba entrada al artículos se explicaba su contenido: «Cómo hace la guerra y cómo ve el problema el coronel Franco.- Una crónica retrasada.- Franco explica la papeleta.- La seguridad en la victoria.- Un atisbo interesante de lo que se pude hacer en el porvenir». Un texto tan interesante como olvidado por las valoraciones que del coronel se hacen y por las que él hace sobre el desarrollo de la operación en la misma zona de combate:
«Esta crónica, lector, está escrita en la noche que precedió a la toma del Malmusi […] En este atardecer grandioso del día 22, cuando el Felipe[1] ha cesado de entretenernos, en la covacha que sirve de cuartel general y alojamiento a los jefes de la Legión, no hemos reunido la plana mayor del Tercio y los periodistas; a aquellos les convoca Franco, que ahora está en el parapeto examinando el terreno por donde mañana han de operar nuestras tropas, después de haber conferenciado con Sanjurjo y con Saro; a nosotros nos lleva el ansia de conocer las instrucciones del día de mañana.
Rada[2], el bravo comandante, ha hecho venir, para entretener la espera, a un legionario de su bandera, muchacho de apenas diez y ocho años, excelente violinista madrileño […]
El concierto se interrumpe con la llegada de Saro, en compañía de Franco, que, atraídos ambos por la melodía del violín, se entran en la covacha trocada en sala de concierto. Los dos grandes jefes quieren también gozar de la música y el violinista continua sus melódicas ejecuciones […].
La velada acaba con la lectura de un periódico, que hemos improvisado los periodistas en colaboración con ingenio como los del teniente Baamonde y el teniente coronel Liniers. ¡Mala suerte la del periódico! […] Compartido por el general, Franco sigue evidenciando el estado alegre de su espíritu, que canta y no según las pullas y vallas que Liniers inicia siempre y todos soportamos con el más complaciente buen humor y eso que los hay con punta de acero y un poco de veneno en la punta… Y mientras el repecho del campamento de la Legión se ha hundido en las sombras de la noche y se cierne la retreta floreada del Tercio, seguida de los inevitables cantos legionarios, el jefe habla a sus capitanes de la operación del día siguiente.
El que no haya oído a Franco “explicar a sus capitanes la papeleta” en la víspera de un combate no pude darse idea de lo que esto significa. Franco es muy poco aficionado a los alardes oratorios. La nota heroica, como él dice, “no le va” […] En cambio, sin altisonancias ni planes ajenos a la papeleta, Franco va explicando a cada uno su cometido […] Cada jefe a su vez expone sus dudas, que en el acto aclara y resuelve el jefe, y cuando declaran no tener ninguna, Franco dedica unas escuetas palabras a la importancia de la operación: “Esto tiene que salir bien a la fuerza; cuenten ustedes que todo está previsto y preparado; es preciso que todos se den cuenta de que si en el día de mañana no se consiguen los objetivos propuestos, la moral del enemigo se acrecentaría tanto que la vida aquí se nos haría imposible, y es preciso que en la jornada de mañana, en la que desde luego hemos de encontrar verdadera resistencia, se de al enemigo la impresión de nuestra superioridad de tal modo que, más que los mismos objetivos estratégicos, el que se debe buscar es este”.
Un silencio de comprensión sigue a estas palabras y después de él Franco sale de la covacha para tomar un poco el aire fresco de la noche, a las puertas de su abrigo y mientras se prepara la cena […] He acompañado a Franco que canturrea, sentado en una piedra, esperando que avisen para el yantar.
–Muy alegre te veo, Paco; no pareces el mismo de esta mañana.
–¡Hombre, es que la papeleta de mañana me gusta; vamos a pelar como hombres de un ejército moderno y no como chusma agarena!
–¿Tú crees que saldrá bien?
–No puede salir mal. Ya ves la gente como está; no se trata de los nuestros únicamente; son todos; los soldaditos de Cazadores hoy son tan legionarios como los míos. Además, te aseguro que la operación está bien dispuesta. Sanjurjo y Saro están tan contentos como yo. Cuando las cosas se meditan y se preparan bien, por fuerza han de salir como se calcularon, porque el elemento soldado cada día es mejor, y aquí hay un puñado de jefes que se saben bien la papeleta, que tiene muy a mano a su gente.
Nos avisan que la cena está servida. Comemos mal porque se carece de todo lo indispensable y sobra lo superfluo; así, no tenemos agua mineral, y no sobra el champán, obsequio de una entusiasta madrina de guerra […] pronto se inicia el desfile para buscar, al abrigo de las madrigueras, unas horas de reposo… ¡Dormir! ¡Dormir! El violinista de la Legión, cerca de nuestra conejera, sigue tocando la Serenata española, de Albéniz. Su música nos habla de la patria querida, de esa patria que sabe dar unos hombres como estos, que por su honor y grandeza hasta en el morir encuentran satisfacción».
En breves, se destacará que se produjo un momento «grave entre el asalto de los Cuernos de Xauen y Monte Malmusi», una «situación difícil» que «salvó el coronel Franco con una genial maniobra envolvente, que ha merecido calurosos elogios del alto mando». Informaciones va más allá en su valoración de la toma de los Cuernos y Malmusi rotulando su crónica de forma harto expresiva: «El coronel Franco se cubre de gloria. Espectáculo maravilloso, desconcierta al enemigo»[3]:
«Fue la jornada gloriosísima y se debe principalmente la victoria conseguida al extraordinario talento estratégico de Franco y a la acometividad insuperable del Tercio.
El primer objetivo era coronar los dos crestones llamados Cuernos de Xauen, picachos rocosos, de dificilísimo acceso por las constantes quebraduras del terreno.
Puede afirmarse que el enemigo defendió el terreno por pulgadas perfectamente parapetado detrás de la serie de trincheras que había construido, comprendiendo la importancia estratégica de la posición de Malmusí.
A las diez y media de la mañana Franco había coronado los dos picachos llamados Cuernos de Xauen. La aparición en las cimas de la bandera española fue acogida desde los parapetos de la antigua posición con grandes muestras de júbilo. Pero el enemigo, numerosísimo, seguía ocupando el crestón principal del alto Malmusi. Sin desalojarlo de allí los nuestros hubieran quedado horriblemente dominados y no habían podido sostenerse. Franco pidió al gran Saro una intensa y urgente preparación artillera. Durante un cuarto de hora los cañones de siete baterías y los de la escuadra sembraron de proyectiles los barrancos que rodean el cono de Malmusi y la cresta misma, donde fuertes trincheras hubieran hecho inútiles nuestros esfuerzos. Acabada la preparación, Franco dio la orden de asalto. El espectáculo fue maravilloso. Las harcas, apoyadas por el Tercio, subieron a la altura del peñasco. El enemigo, puesto en pie sobre los parapetos, lanzaba bombas de mano sobre los soldados que trepaban por la fatigosa pendiente. Varias minas que el enemigo había colocado a media ladera, estallaron, pero no logaron detener el ataque rapidísimo de los nuestros por tres vertientes distintas. Muchos enemigos aguantaron a pie firme la llegada de los soldados, que pudieron matarlos en las mismas trincheras a bayonetazos. Los demás corrieron a refugiarse al poblado vecino, hasta donde los persiguió la Legión, teniendo esta que detenerse tan solo por ponerse bajo el fuego de los cañones de la escuadra, que perseguía a los fugitivos.
A las once en punto de la mañana la bandera española flameó en el alto Malmusi. Estruendosos vivas corrieron por todo el parapeto. Saro llamó por teléfono al coronel Franco y le dijo:
-¡Admirable! ¡No cabe hacer más y mejor!
El desconcierto enemigo por la inesperada derrota se utilizó para ocupar las lomas de la casa Hach Mechamed, que no entraba en el objetivo de la operación.
Cogiéronse prisioneros, muchos fusiles y ametralladoras.
La importancia extraordinaria de la victoria conseguida se demuestra por el gran esfuerzo que el enemigo hizo para no abandonar sus posiciones y por las magníficas obras defensivas acumuladas en ella.
El cañón Felipe ha dejado ya de dispar. Sin más era uno de los tomados al enemigo.
La operación dada su trascendencia ha resultado poco costosa.
Logrado el éxito de este día resuélvese también el problema de abastecimiento del agua, pues se ha encontrado bastante y buena en diversos puntos conquistados»[4].
No muy distante es la crónica que hace para El Debate el enviado especial del periódico, el escritor Ruiz Albéniz, El Tebib Arrumi, autor de la anterior, en la que destacan sus consideraciones acerca del verdadero valor como jefe de fuerzas en el terreno de combate del jefe del Tercio. El hombre al que sus tropas aclaman como general aun cuando aún no lo sea:
«También enunciamos en nuestra crónica telegráfica que la virtualidad del éxito correspondía en buena parte a Franco, el glorioso jefe de la Legión. No regateamos con ello los méritos de nadie, y singularmente los de Sanjurjo, que dirigió el conjunto de la operación; ni los de Saro y Fernández Pérez , que demostraron hasta qué grado de insuperable preparación estaban sus respectivas columnas; ni los de Goded, que con una rapidez inverosímil (dos horas) llevó sus objetivos con una justeza matemática al plan que se le había ordenado ejecutara… Pero el momento grave, el decisivo, el que nos ahorró el que la jornada costara por lo menos triple número de bajas y que quizá acabase el día sin haberse decidido por entero la victoria, ese corrió a cargo de Franco, y lo salvó gracias a sus insuperables dotes de estratega.
Es hora de que se diga ya una verdad que muchos no ignoran, pero que para la mayoría de los españoles es aún desconocida. Se vive en el equívoco de considerar a Franco como un militar de extraordinario arrojo, que resuelve todos los paquetes a fuerza de dar el pecho y arriesgar temerariamente la propia existencia, enardeciendo con ello a las bravas gentes que forman en las banderas de la Legión; esto es un error. Franco no es ni más ni menos valiente, con un valor personal que significa desprecio de la existencia, que otros muchos jefes de unidad de los que aquí conquistaron justa fama de intrépidos; no creo que él mismo, en este aspecto, se crea superior a nadie. El mérito de Franco no está en eso: está en que es un jefe de fuerzas que jamás fía nada a la improvisación o al arranque valeroso propio o de las fuerzas que le siguen, sino que procura llevarlo todo previsto y calculado; calculado, sobre todo, lo adverso, lo incidental, lo objetivo, que suele ser precisamente donde está la clave de los grandes triunfos y las grandes victorias.
El que esto escribe ocho horas antes de comenzar la operación de Malmusi oyó cómo Franco a sus tenientes coroneles y a sus comandantes y capitanes les daba una conferencia ante las panorámicas del terreno a operar, fijándose y haciendo fijar a sus oyentes la atención en las características del terreno para ver la forma mejor de adaptar el avance a sus condiciones, restando al enemigo las posibilidades de apoyarse en las ventajas de su situación dominante. El que esto escribe puede dar fe de cómo Franco había previsto que antes de coronar el Malmusi habría de producirse un flujo y reflujo en las unidades de extrema vanguardia, y oyó cómo dictaba reglas de conducta a los suyos para obviar los riesgos de estos previstos incidentes y hacerlos abortar inmediatamente y sin mayores bajas que las propias de una calculada fluctuación en el avance. Eso precisamente; él tenía estudiado el terreno, había hecho el estudio de la adaptación a él, y no había querido optar por la tremenda en cuanto el incidente previsto se produjo, sino, por el contrario, había requerido la preparación artillera y había, entre tanto, maniobrado para disminuir el sacrificio de sangre de sus soldados en el asalto final. Esa fue la labor del éxito alcanzado. Si Franco hubiera querido tomar el Malmusi como otros generales españoles se empeñaron en conquistar el Gurugú, por ejemplo, probablemente a estas horas continuaría aún indecisa la gran victoria que en poco más de dos horas se logró el día 22.
Y… es, lector, que Franco, de capitán, de comandante, de coronel, y por decir estamos que de cadete, era, es y será de la madera de los grandes generales, de un general a la moderna, de los que saben dar al valor del soldado su verdadero punto, y por ello obtiene los mejores rendimientos de sus tropas. De esas tropas que desde lo alto del Malmusi gritaban, a las once de la mañana del glorioso día 23, en el momento en que el enemigo se hacía matar en las trincheras y se clavaba la bandera española en la cúspide de la montaña: “¡Viva el general Franco!”.
Lo gritaron los de la Legión; pero a los gritos y si cabe con más entusiasmo que los propios terciarios, se unieron como un solo hombre Sanjurjo, Saro (éste con los ojos brillantes por la emoción; lo vi yo, lector), los jefes de las mehalas, los de Regulares y de las barcas y de los cazadores, artilleros, ingenieros; hasta los mismos heridos, que al pie de la cresta pugnaban por llegar a él para, antes de morir, aclamar al jefe inteligente y valeroso capaz de tan gran victoria»[5].
[1] Era el nombre que recibía un cañón en poder del enemigo.
[2] Tras salir de la academia toledana, Ricardo Rada Peral, conseguiría destino en África entre 1913 y 1914, retornando al frente en 1918. En el Tercio mandaría la VI y I Bandera. De ideas carlistas militaría en la Comunión Tradicionalista. Dejaría el ejército acogiéndose a la Ley Azaña. En 1935 se convertiría en Inspector General de Requetés, dando mayor empuje a la organización militar de los carlistas. En febrero de 1936 concurriría a las elecciones. En julio de 1936 fue clave en la movilización de los 10.000 carlistas que permitieron al general Mola dominar Navarra e impulsar la campaña. Durante la guerra se distinguió en numerosos frentes, desde Madrid hasta el Ebro, donde mando la 152 división marroquí. En 1946 fue ascendido al empleo de teniente general.
[3] «Franco con sus tropas salvó una situación difícil», El Eco de Cartagena, 25-9-1925.
[4] «Detalles de la toma de Malmusi», El Eco de Cartagena, 3-10-1925; Informaciones, 25-9-1925.
[5] El Debate, 27-9-1925.
