Los redactores y colaboradores de la Revista de Tropas Coloniales, que él dirige, quieren realizar un número en el que diversos artículos constituyan un homenaje, un «testimonio de afecto y admiración». Franco se negará, pero cederá a que se incluya en el número de marzo el artículo preparado por Antonio Goicoechea en el que, según advierte la redacción, «no solo se consagran las indiscutibles condiciones del Coronel Franco, sino el heroísmo y valor del Ejército español en África, al que nadie puede ni debe regatear elogios de tan autorizada pluma como esta»:
«Leyendo las páginas sobrias en que ha trazado la historia breve y envidiable de la Legión, su esclarecido iniciador Millán Astray, y las no menos sencillas del Diario de una Bandera de Franco, he reflexionado alguna vez sobre la íntima contradicción que esa historia desde el primer momento revela. Ella constituye a la vez el elemento moral que da al nuevo organismo militar aliento y vida… Nada más heterogéneo en su composición y nada más homogéneo en su espíritu; nada más abigarrado y hasta desdeñable en sus orígenes y nada más austero y noble en su conjunto. De un cuerpo de extranjeros, han logrado hacer, quienes lo crearon, el soporte más vigoroso de la tradición nacional y del genio militar romántico y aventurero de la raza.
No está la semejanza de los legionarios con los soldados del siglo XVI, en la denominación de Tercio, que con notoria impropiedad usan los de ahora, ya que ella tuvo en realidad su origen en alto tan ligado a la época como la composición de las unidades de combate por terceras partes de picas, mosquetes y arcabuces… No está tampoco la analogía en el chambergo que completado con el adorno vistoso de una larga pluma, portarían sin duda, Cristóbal de Mondragón y Rey de Artieda, el día memorable en que atravesaron a nado con la espada desnuda en la boca, la corriente impetuosa del río en la batalla de Mühlberg… No está en la fanfarrona prodigalidad con que los hombres de hoy se aplican, olvidando muchos sus cuentas no liquidadas con la sociedad y con la justicia, el nombre de caballeros legionarios, del mismo modo que los soldados del siglo XVI, mezcla de hidalgos y de pícaros, se oían con complacencia llamar por el Gran Capitán, Señores soldados o por D. Juan de Austria, magníficos señores…
La semejanza y la continuidad histórica, sólo en una cosa está, porque solo en una puede estar: en el espíritu dinámico, impulsivo acometedor, pleno de ensueños; tan ganoso de hazañas heroicas como despreciador de las comodidades de la vida normal y fácil. En él se mezclan por igual como en el siglo XVI, dos imponderables, el deseo de aventuras, que es la inquieta avidez de lo desconocido, físico y la codicia de ideales que es el ansia febril e indomable de lo desconocido moral.
Cuando se recuerda que en 1577, había en Italia solo 5.700 infantes españoles; y siete tercios, es decir poco más de 8.000 hombres al morir Felipe III, en Flandes; que esos soldados eran tan exigua proporción, frecuentemente, combatían frente a un mundo de enemigos coaligados contra ellos; que, por añadidura peleaban como pelearon en la batalla de Monk de 1572, debiéndoles 37 pagas, y a menudo sin otra vestidura que “el coleto acuchillado que sirve de gala y de camisa” según la inolvidable descripción de Cervantes, se aprecia con toda su importancia la gigantesca labor que los soldados del siglo XVI, realizaron, al mantener sobre toda Europa hasta Rocroy una indiscutible superioridad militar y al tomar la prodigalidad en el sacrificio y en el esfuerzo heroico por necesario y compensador sustitutivo del número; de la administración previsora y escrupulosa; de la Hacienda próspera; de una política acertada; a veces de una dirección inteligente…
El Tercio nuevo: el del siglo XX, es un digno sucesor de los tercios viejos: es cuanto puede decirse en su elogio. Tuvo un indiscutible acierto quien eligió como distintivos de las banderas de la Legión, los jabalíes de la casa de Borgoña; las águilas de Carlos V; el Cristo y la Virgen de D. Juan de Austria; y las armas del Gran Capitán y del Duque de Alba, y quien buscó como emblema de los nuevos guerreros la ballesta y el arcabuz en aspa, divididos por la pica cruzada…
Todavía completó más la Legión su parecido con la infantería española del siglo XVI, cuando enriqueció la Historia con páginas como las individuales del cabo Suceso Terrero, en el Blocao de la Muerte, y de Valenzuela en Tizzi-Assa; como las colectivas de Taguil Mazuela en Tizzi-Assa, en Oriente, y de Tazarut, en Occidente.
Ensueños heroicos; codicia de conquistas y de gloria; he ahí el sello histórico, inconfundible impreso en la figura del infante español.
Al frente de españoles combatía ya Julio César en las Galias, cuando al ofrecérsele en el fragor del combate un caballo, lo rechazó, alegando que cuando lo necesitaría sería más tarde; para perseguir, para continuar en una tarea bélica que no admite descanso, ni aún después de conseguida la victoria. Adelante; llegar; subir; sobrepasarse a sí mismo; igualar a las águilas, coronando, si es posible, sus mismas alturas, con ambición ilimitada e infinita: tal es el ideal. No se equivocaba Martín de Eguilaz, tratadista insigne de cosas militares y esforzado paladín, cuando resumía de su Milicia, discurso y regla del soldado, escrita en los ocios de su prisión en Italia, en este consejo para tratar a los mozos recién alistados: “Métaseles en la cabeza que han de llegar a capitanes”…
Por su juventud, por su historia, por su triunfal carrera, el nuevo coronel Franco, es un hijo del ambiente militar de la Legión y un singularísimo prototipo de ella.
Con la permanencia indestructible de los recuerdos gratos, ha quedado en mi alma impreso el del instante en que conocí al joven coronel. Comenzaba a halagarle y a circundarle con sus resplandores, el aura popular. Sus primeros alardes de frío valor; de inteligencia cultivada y perspicaz; de conocimiento seguro y firme del arte militar, le habían ya granjeado merecida popularidad. Corría su nombre de boca en boca, emparejado con el de Millán Astray, su maestro, su camarada, su émulo en el sacrificio abnegado y heroico. Por pura y desinteresada simpatía hacia todo lo que aparece ante mis ojos como verdaderamente grande, acudí, sin conocerlo, como uno de tantos, a un acto de homenaje celebrado en su honor.
Revueltos y confundidos en afectuosa familiaridad, sentabanse a la mesa, sumando varios centenares, hombres civiles y oficiales y jefes de diversas armas. Ostentaban muchos militares sobre el uniforme, como ejecutorias de su valor, cruces y cintas; algunos, señales relucientes o huellas imborrables de heridas sufridas en acciones de guerra. Una preocupación en que se mezclaban por iguales partes la amargura y el orgullo, dominaba todos los espíritus y se retrataba en todos los semblantes: solo en África se pensaba y solo se hablaba de África. Reciente la conquista de Xauen, la habilidad y el sereno valor desplegado para ganarla, era el palpitante asunto de las conversaciones. Se pensaba en los muertos para llorarlos; en los heridos e inválidos para admirarlos y compadecerlos; en los supervivientes para excitarlos a avanzar, a ocupar tierras nuevas, a enriquecer con páginas cada vez más brillantes, la historia del ejército de España…
Contagiados por la sentimentalidad patriótica de aquel ambiente cálido, varios oradores dijeron con entonación y gesto solemne lo mismo que en voz baja habían dicho ya todos los comensales. Y, al fin, con el esperado pretexto de balbucear unas frases de gratitud, Franco pusose en pie.
En el ruido de aclamaciones incesantes y apasionadas, pude a mi sabor contemplarle, antes de oírle. Su prestancia airosa; la serenidad dulce de su mirada, en la que había algo a la vez de retador y de infantil, conquistó sin esfuerzo la general simpatía; cada uno de los comensales vio extendida ante sus ojos, la carta de recomendación, a que aludiera en uno de sus pensamientos más felices, Schopenhauer. Dejóse al cabo escuchar una palabra de estilo familiar y sencillo. Las frases rituales de agradecimiento y modestia, no mayores ni menores en número de las estrictamente necesarias, sirvieron de breve introducción a un discurso vibrante, inflamado, pletórico de pasión, más parecido a una arenga que a un brindis. Durante la noche habían dejado oír su voz, hombres que por su procedencia y su oficio podían considerarse como profesionales de la oratoria: ninguno había producido el sincero entusiasmo, la intensa emoción que había despertado la palabra de Franco. Por centésima vez hubo de comprobarse que no era el orador el que fabrica con sujeción a formularios la emoción; sino la emoción verdadera quien hace los más perfectos y grandilocuentes oradores. En Franco, el himno entonado a la patria y a la bandera, no era solo un arrebato lírico y un recurso para una efímera finalidad suasoria: era algo que brotaba, según la recomendación de Quintiliano, del pecho mismo del orador, acompañado del mágico refrendo de una vida y una conducta.
Algún tiempo ha pasado desde entonces y la realidad ha colmado todas las profecías y encarnado en una vida, dichosamente plena de vigor, risueñas esperanzas. El soldado, audaz, se ha convertido en un caudillo; el orador inexperto ha ceñido en sus sienes doble diadema del saber y del valor. Franco ha permanecido fiel a su propio espíritu: su vida militar ha continuado siendo un esfuerzo incansable de desdoblamiento, en el que a cada hazaña sucedía otra nueva, y a cada acto de sacrificio, otro que lo superaba y lo oscurecía. Ni un segundo se le ha visto en su carrera vacilar, ni sentir ese íntimo desfallecimiento con que el egoísmo a menudo se disfraza de abatimiento y de pereza… En la juventud vigorosa de Franco, hay encerrado un ejemplo y una esperanza para los combatientes que le siguen y para los pacíficos ciudadanos que lejana y pasivamente le acompañan con su admiración y su simpatía en todos sus resonantes éxitos.
No fue un hombre de imaginación desbordada ni un novelador inglés, sino un severo tratadista y un conocedor concienzudo del arte militar: Jomini, quien dijo que la guerra, lejos de constituir una ciencia exacta, era por el contrario un drama impresionante y apasionado… En efecto, así es. A despecho del influjo creciente del maquinismo, que parece saberlo todo y en todo penetrar; de la importancia trascendental adquirida por las invenciones, por los aparatos, por los elementos materiales múltiples y cada vez más perfeccionados que tiene a su disposición en los modernos tiempos el hombre de guerra, el factor decisivo en los empeños bélicos, es el mismo hombre quien lo aporta con su resolución; con su iniciativa; con su acometividad; con la rapidez de su concepción; con su obediencia ciega y pasiva; con su desprecio de la vida; con su culto romántico a elevados y nobles ideales…
Si no debiéramos a las tropas de nuestro ejército en África, otro beneficio que la restauración de ese concepto dramático y pasional de la guerra, por ese solo habría que agradecer y bendecir su existencia. De las batallas de Napoleón había dicho con acierto Lamartine, que eran a manera de poemas escritos por un táctico. De la oficialidad que hizo en la Legión su duro aprendizaje podría decirse también, como su elogio mayor, que constituye una escuela de tácticos, capaces de escribir poemas…»[1].
Hay nuevos artículos elogiosos en la prensa a resultas de su ascenso, como el publicado por el diario madrileño Informaciones, del que se hará eco El Correo Gallego:
«El importante rotativo madrileño Informaciones, en el número correspondiente al sábado 14 del actual, publica un artículo de tonos cariñosos al pueblo de Ferrol, lo cual no podemos pasar por alto dada la importancia del periódico y la no vulgar gallardía de quien lo escribe.
Tiene muchísima razón el articulista. Paco Franco, además de ser una gloria nacional, es un latido en el corazón de la honra de su pueblo, y, los pueblos, deben honrar también de una manera original, sin música, gritos y aplausos de chusma y charangas infantiles, a los elegidos que nacieron para honrarlos.
Bien está el merecido homenaje a Franco, homenaje al que, ni la envidia puede discutir como acostumbra…
El pueblo está siempre pronto a ponerse al lado del que vale. Si un día lo recela, por no darle buena cuenta de la verdad, otro día se entrega en cuerpo y alma, sin regateo, de cara al genio que se trata de aplaudir, convencido del valor espiritual, intrínseco que tiene delante. Es el pueblo.
Pero no basta el pueblo. El pueblo tiene su jerarquía, su representación moral y material hecha “Consistorio”, y a este, al Ayuntamiento, toca tal caso resolver el problema de un homenaje que se aparte de todo lo vulgar, dando de lado también a lo trivial, marchando en línea recta a lo simbólico, a lo expresivo, a lo distinto a lo que ya fue, y quedó en aquello.
No hemos de apuntar la idea.
“El homenaje al héroe”, en el Ferrol, pueblo natal, cuna del caudillo, no germinó todavía, ha tenido no más una banal pulsación sin otro eco, en la que el pueblo todo puso el alma; pero la lógica, no puso más que la música y los cohetes.
Hace falta más. Hace falta el homenaje-tipo, ese homenaje del cual no sea testigo una sola generación, sino que, todas las generaciones sucesivas se descubran ante la posteridad del recuerdo, ya que ese recuerdo tendrá vibraciones espirituales de calor y de vida en las páginas sacrosantas de la Historia de España.
Bien dice Informaciones, que mucho le agradecemos, “que el Ferrol, no ha de estar solo en esta ocasión”; ya lo vemos, y son para el colega admiradísimo, nuestras más vivas simpatías, y, para el anónimo firmante del artículo, nuestra más caballerosa expresión de gracias.
A continuación, copiamos el artículo presentándolo, a nuestros queridos lectores como algo relevante de la hidalguía de la prensa madrileña, y, del cual artículo, nos hacemos honradamente solidarios, comulgando con la misma idea ante el altar inmaculado de la justicia.
Hace algunas semanas expusieron los ferrolanos el propósito de tributar un homenaje a nuestro heroico paisano Paco Franco, el ardido jefe del Tercio, a quien con tan cálida frase alababa recientemente en estas columnas el Duque de Hornachuelos. España entera, singularmente El Ferrol, tiene una deuda de gratitud con el héroe, y a todos ha de sernos igualmente grato saldarla en la medida de lo posible. Bien estará, pues, el homenaje proyectado.
¡El Ferrol!… Romántica quietud de los pueblos austeros. Áspero chirriar de máquinas en el Arsenal. Regular procesión de trabajadores cuando termina la jornada. Tertulias del Casino. Lentos paseos mañaneros de la calle Real y la Alameda de Suances, donde las mujeres bonitas tienen el casto atractivo de infanzonas de Romancero. Elegantes citas a bordo del acorazado y en los salones de la Capitanía General. Apagado murmullo de los novios en los quicios de las ventanas, cuando al anochecer invernal empapa el aire de lluvia. Alegres romerías de las tardes de junio en las frondas incomparables de San Juan de Filgueira. Llanto silencioso que enturbia los ojos femeninos en la nave que se aleja o en la calle por donde, entre el clamar de la multitud y el ronco tumulto de los que se van a la guerra… ¡La tierra nativa, querido Franco, en que aprendimos la primara palabra y nos deslumbró el primer rayo de sol! ¿Con qué frases ensalzar su belleza, esa belleza recóndita y familiar que se hurta a los extraños cuando nos llega de lejos la voz cordial de su recuerdo?
El Ferrol no ha de estar solo en esta ocasión. Paco Franco ya no le pertenece únicamente: es de todos los españoles. Y por eso, por lo que en Franco hay de simbólico para las aspiraciones de la raza, el homenaje no debe tener la forma rutinarias de la costumbre. La manifestación pública, con arcos de laurel, cohetes, músicas y aplausos; el banquete, la recepción y los discursos, no son bastante en este caso. Hace falta algo más serio, algo más perenne, algo menos efímero que la exaltada admiración de un día. Algo –yo sé lo que pudiera ser– que perpetúe en el porvenir el recuerdo heroico.
Paco Franco, es en El Ferrol, uno que vuelve de los muchos que fueron a las tierras de África. La fatalidad quiso que a la hora del sacrificio fuese El Ferrol el pueblo más duramente castigado. Al surgir la tragedia del 21, Ferrol entero tuvo que vestirse de luto, al igual que en aquellos días de la epopeya de Santiago de Cuba. En Igueriben, en Annual, en Monte Arruit quedaron una docena de ferrolanos, hombres mozos en su mayoría, flor de juventud de un pueblo pródigo de su sangre. Y vivas todavía las lágrimas del dolor inconsolable, nuevos hombres salieron del romántico pueblo norteño para remplazar en el puesto de peligro a los que habían caído. Todos iban a eso: a quedarse allí o a tornar con unas hojas de laurel sobre el uniforme.
Entre las aclamaciones del triunfo, al entrar por las calles ferrolanas, engalanadas para recibirle, Paco Franco pensará en los que ya no han de volver al amado pueblo natal, y para él no será completo el homenaje si su devoción no halla eco en los corazones que le esperan. Él, tan fuerte, tan retador del peligro, tan disciplinado en los deberes heroicos, sentirá en su torno la sombra gloriosa de los que allá quedaron en la inhóspita tierra de los rencores mortales. El homenaje, pues, debe responder a ese íntimo pensamiento del vencedor.
Meditemos en ello y veamos de honrar a Franco ofreciéndole el primer puesto y poniendo su solo nombre, por el de todos los ferrolanos en el homenaje a los muertos. Fuera, los banquetes, las músicas, las recepciones; pero dentro de casa, cuando venga a los brazos de los suyos, en ese momento de emocionada sinceridad, comulguemos con su pensamiento y pongamos en sus manos la piadosa ofrenda de nuestro fervor para los héroes que se desposaron con la muerte»[2].
[1] GOICOECHEA, Antonio: «El coronel Franco», Revista de Tropas Coloniales, n.º 3 Época II, marzo 1925.
[2] «Por la gloria de Paco Franco. Oiga quien deba», El Correo Gallego, 17-3-1925; EL ABAD DE SANTIAGO: «El homenaje al héroe», Informaciones, 14-3-1925.
