¿Franco Socialista? ¿Una antítesis? No, muy al contrario.
Yo siempre lo he creído, en la medida en que el socialismo se refiera a la mejora de las condiciones de vida de los más desfavorecidos y no al socialismo igualitario, destructor de libertad, justicia y bienestar que supuso, por ejemplo, el socialismo soviético allí donde se impuso.
Mi formación es, principalmente, la militar. Tuve el honor, el privilegio y el gusto de mandar una compañía de Infantería del Ejército Español, de cuando había servicio militar obligatorio.
No había ni hay hoy soldado malo; pero los hay con grandes carencias educacionales, económicas, afectivas… eran y son el retrato fiel de la sociedad misma en su amplio muestrario.
Si esto lo viví y lo sentí yo, a comienzos de los años 80, qué no conocería mi abuelo del pueblo español, tras su dilatada carrera militar. Allí estuvo, en muchas ocasiones enfrentándose al frente de sus hombres a los máximos niveles de tensión, cuando la supervivencia es el gran objetivo. Es en esos momentos donde más se aprecia la esencia de los individuos. Estoy seguro que mi abuelo aprendió aquella lección de sus soldados.
Personalmente le conocí hasta los diecisiete años.
Era un hombre mayor, cariñoso con nosotros y con todos aquellos que le rodeaban. A su alrededor se respiraba paz y armonía.
Todos le admiraban profundamente y se notaba, desde sus ayudantes de campo, al último guardia de garita, jardinero o limpiadora…
Nunca vi dirigir un mal gesto a ninguno de ellos por su parte. De hecho, en mi vida con él, solo vi un atisbo de mal humor manifestado por mi abuelo. Estábamos comiendo en una cacería y uno de los invitados, creo que conocido de mi padre, intentó sacar a colación, en reiteradas ocasiones, un tema económico que le afectaba. En un momento determinado, la mesa se quedó en silencio. Franco, mi abuelo, le miró directamente a los ojos, estaba sentado a bastante distancia, y le dijo: <<Le recuerdo señor…, que aquí hemos venido a cazar. Si quiere tratar otro tipo de asuntos, le agradecería que pidiera una audiencia en mi despacho>>. Ni que decir tiene la cara que se le quedó al individuo.
Esa misma afición es la que le permitiría, el resto de su vida, ya alejado de los cuarteles, tomar el pulso y ver con sus propios ojos la evolución de las condiciones de vida del medio rural profundo, donde más desigualdades ocurren, fuera de la vista de los urbanitas. Muchas veces, le vi pararse a hablar con los lugareños para interesarse por sus problemas; amén de cierta amistad que iba entablando con los guardas de caza o pesca que le acompañaban personalmente.
Lo mismo ocurría cuando viajábamos en su barco, el Azor.
Cuando llegábamos a fondear a un puerto, solía recibir a una delegación de la cofradía de pescadores con los que mantenía una charla, interesándose por sus condiciones de trabajo y de vida.
Por la ciudad de Madrid solo paseábamos de <<incógnito>>. Íbamos en un Mercedes negro que daba servicio a la abuela, para observar las luces y el ambiente navideño. No sé si en alguna otra ocasión él lo haría sin que nos enteráramos, pero por razones de seguridad, no debió suceder muy a menudo.
Aparte de los continuos baños de multitudes que se producían en cada ocasión en la que asistía a un acto oficial; generalmente para la inauguración de grandes infraestructuras, fábricas, hospitales… Nunca, que yo sepa, a poner la primera piedra.
A nosotros como nietos, también nos tocaba tener nuestra experiencia.
El Monte del Pardo, junto al que residíamos, estaba dividido en varios <<cuarteles>>, zonas de finca controladas cada una por un guarda que vivía en medio del monte con su familia. Todas las Navidades, creo que justo después de Reyes, íbamos a sus casas a llevarles regalos -parte de los que decidía la <<nany>> que eran excesivos para nuestra buena educación- que nos llegaban, puesto que los jugueteros estaban encantados con que utilizáramos sus productos.
A cada hermano, correspondía una familia. Cada Navidad iba un hermano, acompañado por los que estuviéramos en El Pardo ese día, normalmente los pequeños, a visitar a dicha familia, viendo sus condiciones de vida y pasando con ellos un buen rato; saludándonos y mirándonos a los ojos. No era cómodo para ninguno, pero creo que era bueno para todos.
Por último, voy a contar cómo fue, en noviembre de 1975, mi trayecto desde el Pardo al Palacio de Oriente después del velatorio familiar y antes del público, donde se formó la mayor cola que se conoce en España para velar a un difunto.
Iba en el asiento del copiloto del coche de respeto, uno de los que utilizaba el abuelo en sus desplazamientos, justo detrás del vehículo que portaba el féretro. El coche funerario lo conducía el que había sido hasta entonces su chófer oficial; el mío su segundo chófer, quien le acompañaba en todos sus viajes en el coche de atrás, idéntico al suyo, por si uno fallara. En varias ocasiones del trayecto, tuve que agarrar y dirigir yo el volante, pues el chófer perdía la visión por no poder contener las lágrimas.
Los que conocían y rodeaban a mi abuelo le adoraban.
Indudablemente, no reconozco a mi abuelo en la caricatura del personaje que desde todos los medios se ha ofrecido desde poco después de morir. Siempre en un in crescendo que nos ha traído a donde hemos llegado.
Os dejo en las manos un libro que explica con todo lujo de detalles, datos, leyes, discursos, estadísticas…, cómo, desde el primer momento de su acción de mando, fue su empatía y amor al pueblo español, junto con la mejora del bienestar, justicia y condiciones de vida de sus gentes, lo que dirigió, por encima de todo, su dirección vital.
