INTRODUCCIÓN
El Ejército español no fue un actor secundario en el proceso de radicalización política que precedió a la Guerra Civil, sino uno de los objetivos prioritarios de las estrategias revolucionarias impulsadas desde el ámbito comunista internacional. La existencia de unas Fuerzas Armadas cohesionadas, jerárquicas y disciplinadas constituía un obstáculo serio para cualquier intento de insurrección de carácter marxista.
Desde los años previos al estallido de 1936, diversos documentos, discursos y directrices emanadas del Komintern y de los partidos revolucionarios en España evidencian una voluntad clara de infiltración, descomposición interna y neutralización del mando militar. Este artículo analiza, a la luz de fuentes y testimonios de la época, cómo se concibió al Ejército como un valladar a derribar y qué medidas se planearon para debilitarlo desde dentro y desde fuera.
Las Fuerzas Armadas, objetivo revolucionario
La tarea corrosiva aquí era mucho más complicada debido al sentido de jerarquía, hermandad y disciplina existente tradicionalmente dentro del Ejército. No obstante, los radicales se sentían eufóricos y ni siquiera disimulaban las medidas que reservaban para jefes y oficiales: por ejemplo, el diputado comunista José Díaz pronunció el 14 de abril un discurso en el cine madrileño Europa, en el que aseguró las siguientes frases premonitorias:
Queremos un Ejército del pueblo y por ello queremos quitarnos la pesadilla constante del golpe de Estado, y para ello hay que eliminar de él a los elementos reaccionarios y fascistas…[1]
Lo expresado por Díaz no era baladí, ni fruto de la improvisación, ni de frenesí mitinero alguno, pues se hallaba en concordancia con las directrices difundidas por el Komintern desde hacía tiempo. Mismamente, Losovsky (directivo de la Internacional Sindical Roja) refería: En el transcurso de una lucha social exacerbada, la indecisión y las vacilaciones suelen costar mucho más caras que la mayor crueldad contra el enemigo de clase[2]·. Incluso, las mismas recomendaciones secretas del Partido Comunista español, en relación con la insurrección armada del proletariado, subrayaban: De ahí la necesidad, para los insurgentes de poner fuera de combate al Mando [militar]…[3]
Los mismos manuales de la III Internacional reconocían el fuerte escollo que, para el triunfo de una insurrección comunista, suponía la existencia de unas Fuerzas Armadas cohesionadas y disciplinadas. Por ende, era menester debilitarlas, interna y externamente. Ello se conseguía mediante una operación combinada de implosión y desprestigio. Por lo tanto, a los agentes del Komintern les resultaba de vital importancia la penetración de las ideas disolventes en el seno de las FF.AA. En consecuencia, la III Internacional ordenaba la creación de células clandestinas dentro del Ejército y la Marina, que actuarían libremente, pero sometidas al control y dirección de las comisiones militares comunistas de carácter secreto, las cuales estaban en contacto con los diversos comités territoriales y, por supuesto, con el todopoderoso Comité Central, entidad que, a la postre, decidía cuándo el clima revolucionario parecía más favorable para un alzamiento insurreccional.
Curiosamente, el teatro de operaciones más propicio para un levantamiento comunista no era el campo, sino la ciudad, por resultar dificultoso a la infantería y artillería gubernamentales moverse con eficacia en dichos escenarios urbanos.
Y aunque, el Partido desplegaba una intensa actividad antimilitarista ante la opinión pública, ello consistía en una mera operación propagandística para corroer la fortaleza espiritual de las Fuerzas Armadas y su prestigio nacional, pues el Komintern insistía en que los comunistas que organizaran una revolución tenían que poseer no solamente conocimientos militares sino también sentido de oportunidad para aplicar las teorías castrenses a las circunstancias peculiares de cada instante.
Con todo, durante la II República, el Ejército español estaba al tanto de la estrategia desplegada por los comunistas para infiltrarse en su seno. De hecho, por orden de 19 de enero de 1933 se decretaba lo siguiente, en relación con el personal voluntario:
Excmo. Sr: Como al parecer existen en filas algunos soldados procedentes del voluntariado, afiliados en el partido comunista, este Ministerio ha resuelto proceda V. E. a decretar la expulsión en las condiciones fijadas por el artículo 391 del vigente Reglamento de Reclutamiento, de aquéllos que una vez comprobada su actuación y a propuesta de los Jefes del Cuerpo en que presten servicio, resulte peligrosa para la disciplina en filas…[4]
El Ejército diseñó un código secreto para identificar a los extremistas que se enrolaban en las Fuerzas Armadas, y proceder así a su clasificación y posterior vigilancia. Esta tarea fue obra del Servicio Especial de Antiextremismo, el cual elaboraba las fichas de los elementos revolucionarios habidos en las Fuerzas Armadas. Pues bien, se consideraban tales los individuos de ideología comunista, socialista, anarquista, anarcosindicalista, sindicalista, fascista, extremista sin calificar y separatista catalán (Esquerra y Estat Catalá). De hecho, al soldado que profesaba tales inclinaciones políticas se le rellenaba una ficha donde se indicaba el grado de su activismo político: peligroso, muy peligroso, militante o sospechoso. La finalidad de dicho servicio especialísimo era “investigar las actividades que atenten a la disciplina y eficiencia del Ejército, en el interior de los Cuarteles o locales destinados al alojamiento de tropas”[5] para calibrar su importancia; insistiendo que “de todo intento de propaganda disolvente que se observe se dará cuenta al Mando, sin perjuicio de tomar las medidas que se juzguen necesarias de momento para neutralizarlo e impedirlo; estas medidas se adoptarán siempre con la máxima discreción a fin de no malograr la acción investigadora para la depuración de los hechos y la corrección de los autores si a ello hubiere lugar”[6].
Y es que existía preocupación en el seno de las Fuerzas Armadas por la posibilidad de un estallido revolucionario. De hecho, recién dominada la rebelión socialista de octubre de 1934, los servicios internos del Ejército recomendaron el tres de diciembre que se vigilase las sustracciones de municiones para fusil. No en vano, pocos días después, captaron información reservada del Partido Comunista para la infiltración en los cuarteles, a los efectos de preparar una próxima insurrección armada. Mismamente, el 21 de marzo de 1936, la Sección del Servicio Especial de la 1ª División Orgánica del Ejército redactó la información nº 351, donde se leía lo siguiente: Se tiene noticias en esta sección que los soldados extremistas se procuran municiones para el partido, ahorrándolos de las prácticas de tiro o bien evitando el tirar o pidiendo dos veces… De hecho, el Estado Mayor de dicha División Orgánica había ordenado un año antes que se estudiase la defensa de los cuarteles, empleando para ello los servicios del Cuerpo, y es que el teniente socialista Condés había intentado asaltar un cuartel con ocasión de la intentona revolucionaria de octubre de 1934. Ítem más, en enero de 1936, el teniente marxista Máximo Moreno era condenado a reclusión perpetua por atender los requerimientos socialistas de entrega de armas durante aquella rebelión.
Pues bien, en febrero de 1936, el Estado Mayor Central del Ejército redactaría un informe secreto, acerca de las directrices dadas a los elementos revolucionarios de diversos países para efectuar un acto de fuerza contra la legalidad, así como los medios a emplear para combatirlo[7]. El informe referido tomaba en consideración los estudios efectuados sobre las revoluciones recientes, relacionando la estrategia del soviético Anoulov[8] con las instrucciones socialistas de la revuelta española de octubre del 34, indicando que la futura insurrección marxista tendría un desenvolvimiento preferente en las ciudades y en la capital del Estado, empleándose en la lucha, sobre todo, armas automáticas y artillería ligera.
De hecho, semanas antes del alzamiento, se conocieron unas instrucciones revolucionarias en las que se exponían las siguientes consignas sangrientas[9]:
Los Comités interiores de los cuarteles renovarán cada dos días sus relaciones de personal, clasificándolo, mediante signos y colores, en enemigos, neutros, simpatizantes y adictos. Iniciada la rebelión, el personal del Comité interior, bajo su directa responsabilidad, eliminará rápidamente y sin vacilación alguna a todos los que figuren en la clasificación como enemigos, sin olvidar que esta eliminación debe de alcanzar a Jefes, Oficiales, clases y soldados. Cada miembro del Comité interior tomará las medidas oportunas para llevar consigo, sin peligro de ser descubierto, la relación de los individuos de cuya eliminación debe encargarse personalmente (…)
Quedan modificados los grupos rebeldes de atacar y eliminar a los Generales, tengan o no mandos; a los jefes de Cuerpo y a los Coroneles, tengan asimismo mando o no lo tengan, y sean de este o de otro matiz (…)
Iniciada la rebelión, grupos de milicianos, con uniformes de guardias civiles o de asalto de detendrán a todos los jefes de partidos políticos antimarxistas, con el pretexto de defenderles personalmente; pero con ellos se procederá igual que si se tratase de Generales sin mando. Igualmente, grupos uniformados, con pretexto de protección, detendrán a los grandes capitalistas que figuran en el apéndice B del circular número 32. Con estos no se empleará ninguna violencia si no mediase resistencia, y se les exigirá la entrega de los saldos de las cuentas corrientes en los Bancos y la transferencia de sus valores. En caso de ocultación, se les aplicará el trato de eliminación completa, incluso de sus familiares, sin exclusión de ninguno (…)[10].
Como curiosidad, indiquemos que el mismo almirante Francisco Moreno quedó sorprendido al comprobar cómo su nombre aparecía en las listas negras ocupadas a los revolucionarios del Ferrol, tras el triunfo del alzamiento en dicha localidad gallega[11]. Y, en la ciudad de Tetuán, las tropas capturaron una lista de gente pudiente, en manos del comité revolucionario local, en la que se incluía incluso los propietarios de las principales revistas[12]. No obstante, los planes persecutorios contra los oficiales y jefes militares fueron conocidos por las autoridades castrenses muy pronto, como reconocería el mismísimo Franco años después:
Las informaciones que desde la propia Dirección de Seguridad recibían las autoridades militares superiores acusaban la proximidad del golpe comunista. Se les prevenía contra el proyecto de eliminación de sus jefes y oficiales al salir de los domicilios para incorporarse a los cuarteles e incluso en muchas ciudades en las puertas de sus domicilios se descubrían señales y marcas misteriosas. La supresión de las principales y posibles cabezas de la contrarrevolución estaba decretada[13].
Así las cosas, cuando estalla el Movimiento el 18 de julio de 1936, se constituyó en el Ministerio de la Guerra una comisión, denominada Gabinete de Información y Control, que se encargaba de clasificar ideológicamente el elemento militar en tres grupos, a los efectos de su depuración. En el primer grupo, se incluían los izquierdistas; en el segundo, los indiferentes, y en el tercer grupo, los militares catalogados como derechistas, identificados algunos con las letras FP (fascista peligroso). Los informes que suministraba este comité informativo a las checas, así como a las milicias del Frente Popular y a la Dirección General de Seguridad eran determinantes, pues de ello dependía la conservación de la vida del personal castrense detenido por los distintos policías frente populistas, como desvela un oficio reservado de la secretaría militar del Generalísimo, redactado en Burgos en abril de 1939[14]. Curiosamente, uno de los creadores de dicha comisión depuradora (junto con el capitán socialista Díaz Tendero[15]) había sido el comandante de infantería Luis Barceló, quien dirigió en los inicios de la guerra la comandancia general de Milicias y que posiblemente haya sido uno de los partícipes en la confección de los famosos documentos conspirativos observados en el Ministerio de la Guerra durante la primavera de 1936, no en vano llegó a ser jefe del grupo de infantería destinado en dicho ministerio[16].
Por su parte, Díaz-Tendero tomó la dirección de dicho organismo represivo, tras traer consigo un montón de carpetas con las fichas de innumerables jefe y oficiales militares[17]; muchos de los cuales terminarían siendo ejecutados. Cabría, pues, preguntarse cómo se obtuvieron tales datos personales: seguramente gracias al organismo clandestino de inteligencia socialista, al que ya nos hemos referido en el capítulo III, y merced, también, a la continua vigilancia desplegada por activistas del movimiento comunista[18].
Y es que el Ejército representaba un fuerte valladar –posiblemente el único obstáculo efectivo- para impedir el expansionismo soviético por el mundo occidental. Por ende, transcribamos por su importancia las reflexiones de un agente militar británico[19], como el mayor Norman Bray un experto en la lucha anticomunista:
El socialismo es de cuño “internacionalista”; y el comunismo es un “producto de Rusia”, entre los múltiples objetivos del socialismo está el de abolir las fronteras internacionales; el Comunismo, al contrario, trata de extender los límites del estado soviético hasta llegar a abarcar el mundo entero. Es muy importante tener presente que el gobierno soviético rechaza toda responsabilidad en las actividades de sus agentes en los países extranjeros, actividades dirigidas, sin embargo, por la III Internacional. Ya se ha expuesto repetidas veces este “bluff”. La organización citada tiene sus cuarteles generales en Moscú; los comités ejecutivos están formados por miembros del gobierno ruso y sus fondos fluyen en abundancia de las fuentes del Estado (…) Es, sin embargo, de suma importancia el darse cuenta enseguida de que la mera existencia de un partido comunista en España o en cualquier otro país, era y es equivalente a tener establecido, incrustada más bien, en el Estado una organización agresiva y sin escrúpulos, guiada y mantenida por una potencia extranjera con el objeto de destruir el edificio social, exterminando un sector de la población para lograr un pretendido avance de otro sector, e imponer por medios revolucionarios un sistema de gobierno, que haría de España una colonia de Rusia, igual que si se hubiese hecho por medio de una guerra de conquista. Dicho en otras palabras: Rusia estando como está en perpetua hostilidad con el resto del mundo había establecido en España un frente de batalla que cada vez era más fuerte y amenazador. Recluta sus ejércitos en las filas socialistas (…) Cuando la cosa está madura, Rusia monta la organización socialista española para la creación de tropas de choque, capaces de reducir a la impotencia todo el país. El partido comunista no oculta sus propósitos e intenciones de apoderarse del Estado por medio de la revolución y del terror. Ahora bien, cuando el partido socialista o cualquier otro partido político se alía con los comunistas, se hace solidario de los objetivos de éste, ya en su totalidad, ya en parte…
[1] El Siglo Futuro, (14.04.1936, Madrid, página 4. Dos meses más tarde, Largo Caballero acudiría al noroeste peninsular, concretamente a las ciudades de Oviedo y Gijón, donde se hablaría de la revolución de 1934, de la dictadura del proletariado, de la idoneidad del Ejército Rojo y de que la nueva revolución estaba muy cerca… Fuente: La Libertad, (16.06.1936), Madrid, p. 5; García Isac, J. (2022), Historia criminal del Partido Socialista, Actas, Madrid, p. 155.
[2] 3ª Internacional, p. 60, Causa General…
[3] 3ª Internacional, p. 67, Causa General…
[4] 1ª División orgánica, anexo nº 6. Causa General …
[5] Instrucción Primera, cf. Instrucciones para la ejecución del Servicio Especial en los Cuerpos; Causa General.
[6] Instrucción Segunda, ibidem.
[7] Archivo Histórico Nacional, FC-CAUSA_GENERAL,1519, Exp.9.
[8] Véase “L’Insurrection armée”, Philippe Anoulov, novembre 1929; Archives de la Guerre (1797-1979), tome 2; État-Major des Armée, Directions et Inspections, Gouvernement militaire et région de Paris -GR 7-9N.
[9] Cf. Aznar, M. (1969): Historia Militar de la Guerra de España, tomo I, Editora Nacional, cuarta edición, Madrid, pp. 47-52.
[10] El documento, con fecha de salida de 6 de junio del 36, fue visto por el periodista Manuel Aznar semanas antes del inicio de las hostilidades bélicas. El documento parece haber sido retocado por un militar izquierdista, de significación masónica, en cuanto que alude a medios de extorsión económica contra los capitalistas que bien recuerdan las medidas represivas adoptadas por los revolucionarios mejicanos contra los españoles residentes en Méjico, durante el periodo 1910-1929. Y es que no debiera olvidarse que importantes dirigentes revolucionarios mejicanos pertenecían a la masonería (Madero, Carranza, Zapata, Calles, etc.). El mismo Pancho Villa exigía a nuestros compatriotas la entrega de grandes cantidades de dinero a cambio de sus vidas; y lo mismo ordenaban los dirigentes en Veracruz. Fuentes: Mendoza Soriano, R. (2020): Crímenes de Pancho Villa; testimonios, edición de Kindle, Chihuahua, 805 páginas; Piñeiro Maceiras, J. (2022): “La persecución de españoles en la revolución mejicana del primer tercio del siglo XX”, Argutorio, Asociación Cultural Monte Irago, núm. 48, pp. 74-83; y la versión electrónica del citado trabajo en El Español Digital, (22.02.2023).
[11] Moreno de Alborán y de Reyna, F. y Moreno de Alborán y de Reyna, S. (1998): La Guerra Silenciosa y Silenciada, tomo I, Gráficas Lormo, S.A., Madrid, p. 77.
[12] Ibidem, p.110.
[13] Mensaje de Fin de año (31-XII-1958). Cf. Pensamiento Político de Franco, tomo I, Ediciones del Movimiento, 1975, Madrid, pp. 97 y 98.
[14] Archivo Histórico Nacional, FC-CAUSA_GENERAL,1519, Exp.3.
[15] Eleuterio Díaz-Tendero Merchán, masón, amigo personal de Indalecio Prieto y padre del secretario de las Juventudes Socialistas de Madrid. Responsable de varios asesinatos durante la guerra civil terminaría sus días en el temible campo de concentración de Dachau en 1945.
[16] El coronel Barceló, masón y comunista convencido, sería fusilado por los republicanos partidarios del coronel Casado, tras hacerse con el control del agonizante estado republicano en marzo de 1939.
[17] Archivo Histórico Nacional, FC-CAUSA_GENERAL,1519, Exp. 3.
[18] El plan preconcebido va perfeccionándose en sus detalles: se intensifica la instrucción militar de las milicias, se estudian las posibilidades de resistencia del enemigo, y, donde pueden ser mayores, son fichadas por categorías y con minucioso cuidado las personas consideradas como más peligrosas, y en especial jefes y oficiales del Ejército. Esta labor es encomendada a las células comunistas, que recaban y obtienen el auxilio de los porteros, carteros y repartidores de pan y leche. Cf. Arrarás, J. (1939-1943): Historia de la Cruzada Española, volumen II, Datafilms, S. A., edición de 1984, p. 414.
[19] Bray, N. (1937): Mallorca Salvada, La Esperanza, Palma de Mallorca, pp. 9 y 10.
CONCLUSIÓN
Los testimonios, documentos y disposiciones citados muestran que el Ejército fue percibido por los sectores revolucionarios como el principal obstáculo para el triunfo de una insurrección de inspiración marxista en España. Lejos de tratarse de episodios aislados o de mera retórica política, la estrategia combinó infiltración ideológica, propaganda antimilitarista, obtención de información interna y planes de neutralización del mando castrense.
La reacción del propio Ejército —mediante servicios de vigilancia, clasificación ideológica del personal y medidas preventivas— evidencia que la amenaza fue considerada real en los años previos a 1936. En este contexto, la confrontación entre legalidad, revolución y control del poder armado se convirtió en uno de los ejes centrales de la crisis final de la II República, anticipando la violencia sistemática que estallaría con la Guerra Civil.
