INTRODUCCIÓN
“Eugenio o la Proclamación de la Primavera” es una obra que, más allá de su apariencia narrativa, se presenta como una construcción simbólica del ideal juvenil en un momento histórico convulso. En el análisis que realiza Ernesto Giménez Caballero, el texto adquiere una dimensión casi confesional y alegórica, donde la figura de Eugenio no es un personaje concreto, sino la encarnación de un modelo de juventud, de aspiración y de destino.
Frente a una sociedad que demanda resultados inmediatos y realidades tangibles, la obra se sitúa en el terreno de lo germinal: la promesa, la primavera, el comienzo. Así, el relato se convierte en una reflexión sobre el tránsito entre la idealización y la experiencia, entre el sueño y su confrontación con la realidad histórica.
Muchos que lean el libro de Rafael García Serrano «Eugenio o la Proclamación de la Primavera» no entenderán este libro precioso:
Cuando suena la hora de almorzar en el mundo, y toca la sirena en la fábrica, el timbre en la oficina, y fagina en el cuartel –no se puede pedir a la masa que sale, con voracidad de loba– que detenga su paso ante aquel huerto donde florece un almendro, albirrosadamente, y crece la tierna lechuga. Ni se queda estática ante el sembrado lejano donde se espiga un trigo verde con promesa de grano y ante aquel praderío donde pacen y rumian terneras como vestales bóvidas.
La gente –a la hora de comer– no quiere promesas ni primaveras, quiere suculencia. Pide el trigo ¡no verde! sino hecho panecillo. Y la ternera, en chuletas. Y la lechuga, en ensalada. Y el fruto del almendro, molido en una tarta con yema y chantillí.
Para la gente que en España sólo esperaba un Parte Oficial que dijera: «Hoy se ha acabado la guerra, tomando Madrid, Barcelona y Leningrado», claro es sin que este libro donde todo es preludio, madrugada, flor de almendro, ternura de verde hortaliza, trigo recién crecido, chotito amamantado y estudiantes vendiendo un periódico con una pistolilla por Madrid, les parecerá algo incierto, elíptico, remoto : incomprensible.
El libro de un primavera que se proclama chiflado o de un chiflado que se proclama primavera.
El libro de un individuo que alude por señas y por guiños a cosas olvidadas ya por todo el mundo.
Todo lo más, el libro de uno de esos chicos que salen poetas en una familia.
Ya sé que muchos no entenderán este libro precioso de Rafael García Serrano. Ni es tampoco necesario. Basta que lo comprendamos unos pocos. De la manera que basta en una ciudad unos pocos confesores, para entender aquellas almas de los adolescentes que un día de misa se les acercan, trémulas, a proclamar en el confesionario sus primeros pecados, sus primeras altas esperanzas. Y entre lágrimas y risas, susurran al conmovido Sacerdote que escucha, toda una inmensa vida de diecisiete años, creyendo así proclamaría ante Dios, ante el Universo, ante la historia, en el silencio de la iglesia vacía, donde arrastra los pies una vieja, y un monago apaga las últimas velas, y la puerta se cierra de pronto brutal entre la calle y el templo, inconsciente al temblor de aquel pajarito que cuenta a un pecho sacerdotal sus penas.
Todo este libro de Rafael es una Confesión. Es un sueño. Es un «Yo quisiera ser»… Un quisiera ser Eugenio ¿ Y quién es ese Eugenio? ¿Algún chico amigo suyo?
No. Sino el tipo de un camarada español que él comenzó a llevar en el alma, como un germen nuevo, hace algunos años. Es el fruto que su alma –ya grávida de esa idea– quería dar a luz en la vida nueva de España: el fruto «bien engendrado»: Eugenio es el ideal hombre que Rafael deseaba ser. Y como ese ideal Eugénico era también el de los camaradas de Rafael, resulta que Eugenio es como el joven mítico, prototípico y protoplásmico a que aspiraba la juventud española allá por los tiempos originarios de falangistas de 1935…, 1936… Antes de comenzar el Alzamiento Nacional.
O sea: un muchacho que el 2 de mayo de 1935, como resultado de leer un infame programa de festejos organizados por el Ayuntamiento de Madrid para conmemorar tan sagrada fecha española, se va ante la Embajada francesa, en imponente manifestación unipersonal, la apedrea y, al primer tío que sale de ella, le pega y lo tira al suelo.
Eugenio es el que regresa a su ciudad natal al pie del Pirineo, y al cruzar el rio a nado, un día de sol y de manzanas, encuentra en la otra orilla una muchacha, como Calixto pudo encontrar a Melibea, y como Leandro a Hero. ¿Quién es? ¿Una chica de Ávila nueva en la ciudad? ¿Se llama María Victoria? No, no. Es Hero, la amante ideal del poema antiguo. ¿No atraviesa él, como Leandro, todas las mañanas el río para morder en la misma manzana que ella muerde, sin pecado original, con miradas puras, sin serpiente en el árbol y sin más besos que el de ese fruto bendito? Eugenio es el que va un día a ver el mar. Y toma odio a la ciudad de aquel mar que busca sólo la cobarde brisa y un cobarde chocolate. Se le ve pasear por aquella ciudad veraniega y lujosa y burguesa también en manifestación unipersonal y amenazadora, protestando de los ensanches y de la higiene, del asfalto y del cosmopolitismo. «¡No es universal! Ni católica. Ni española. Y tiene nombre de santo herido por flechas. ¿No es esto profético?»
Eugenio es el que quita de las manos a Rafael un libro de Bécquer porque es blando como la brisa del mar. Y sobre todo, porque los muertos, en los versos de Bécquer, se quedan solos. Y los muertos, en la causa juvenil donde él lucha, siempre quedan presentes y recordados.
Eugenio es el que clava un pasquín con cinco flechas y un grupo en el centro socialista de la ciudad acobardada. Y todos los cafés de la ciudad le dedican aquel día un minuto de charla.
Eugenio es el que lee a San Ignacio por las calles de Madrid y no duda en destruir el Partenón si fuera preciso, en amor de un alto ensueño y en desprecio de la estética.
Eugenio es el que hace a Laura entrar en el Partido y desprecia a Don Juan, como hombre versátil, liberal, digno de ser rojo.
Eugenio es el que propone a sus demás camaradas ir a la conquista y colonización del miedo. Porque el miedo es un perjuicio pequeño-burgués.
Eugenio es el alma que dice frases definitivas, conclusas, dogmáticas, ardientes, arrebatadoras, que los subyugan a todos:
«Soy Camarada de una generación con destino propio.»
«Ni la historia tendrá derecho a juzgarnos.»
«Somos los antirremarques: totalmente salvados, aunque deshechos por las granadas.»
«Somos jóvenes, elementales, orgullosos, católicos y revolucionarios.»
«Estamos a la sombra de Dios, en los Campamentos.»
«Qué bella la incomodidad de los Campamentos!»
«La vida no tiene explicación hasta que no se dispara el primer tiro.»
«Y yo os juro por Dios que venceremos.»
Eugenio es el que abandona el pudridero de Madrid para contemplar con otros Camaradas, y de cerca, el Imperio desde el Escorial, como en un rito de guerreros antiguos y de monjes alucinados.
Eugenio es, finalmente, el que elige su clase de muerte, el que muere en vida con la muerte noble y sublime que quiere morir.
Cuatro clases de muerte hay en el mundo, le dice a Rafael. Una: la de circunstancias, por un camión, una bala perdida en la ciudad. Otra: la burguesa, por una penosa enfermedad. Otra: la del deber, la del que muere en su sitio. (Ante estas tres muertes, la familia del que muere «llora muchísimo».) Pero hay otra cuarta muerte: la voluntaria. ¡No la vil y cobarde del suicidio, no! Sino la del combate! Es la única muerte en que la familia no llora. Y así muere Eugenio una mañana en Madrid: en una mañana universitaria, tras un combate de pistolas, con varios comunistas. Dejando la pedagogía de la Facultad de Letras maldita por la nueva santa y precursora pedagogía del revólver y del alzamiento.
Eugenio era eso: el amor, el mar, la fuerza, el imperio, la fe, el valor, la gloria, la falange y la muerte. Lo elemental: lo puro: la divina juventud.
Rafael –chico débil, delgaducho, becqueriano, vacilante–, al saber la muerte de Eugenio, se arrebata, clama, se transforma y llora las últimas lágrimas de su vida en juramento irrevocable.
Rafael ve a Eugenio muerto (a José Antonio), ve a Eugenio muerto (a Albincho Martínez de Goñi), ve a Eugenio muerto (a Ródenas, a Lostau, a Pozuela, a Salazar). Y tirando libros y flaquezas quiere ser «fuerte, sano, valiente». Y que «el sol le unja de héroe» y las mujeres le miren como a un predestinado y pasar el río para alcanzar a Hero. Y tener «paso militar, alma de capitán de los tercios».
Rafael quiere ser como Eugenio, es decir: como la falange, la primavera que ha sido en España el destino de la Falange.
Y coge un fusil (pero sus pulmones jadean de estertor por el esfuerzo). Y avanza por el Pirineo, a la caza de franceses contrabandistas. (Pero su color se hace cada vez más pálido.)
Y se somete a la dureza de una academia militar. (Pero sus ojeras se agrandan.)
Y duerme en los parapetos helados de Teruel, entre las bombas (y las rosas blancas de sus labios quedan un día manchadas de sangre, porque el cuerpecillo de poeta se le ha roto en la armadura férrea del Alférez provisional).
Y lo traen en camilla, con sangre en la boca y el pecho y sin herida de bala. Y la familia llora mucho. Y él piensa obsesionado: «¡Esto no es la muerte de Eugenio ¡No es la muerte de Eugenio!»
La gente no se entera en la ciudad. La vida sigue. El Parte Oficial habla de sublimes heroísmos. Se conceden laureadas y medallas militares en el Boletín, todos los días.
Pero nosotros, los pocos confesores de la Falange, vamos a estrechar su mano, exangüe. Y en la mano le encontramos este libro.
Y mientras rezamos a Dios por su vida, por su fuerza y por su renacer al mundo, le decimos, abrazándolo, prendiéndole del pecho una rama del Divino Lauro:
Rafael: tu almendro ya dió fruto. Tu trigo dió ya grano. Carne tu ganado. Y tus sueños, realidades militares y españolas. Tu alma es ya grande, bien engendrada, hermosa y fuerte. ¡No pienses ya en Eugenio? Porque Eugenio eres tú, resucitado.
En plena primavera proclamada.
CONCLUSIÓN
El análisis de Giménez Caballero revela cómo “Eugenio” funciona como un arquetipo más que como un individuo, una figura que concentra valores, aspiraciones y tensiones propias de una generación. La obra, en este sentido, no busca ser comprendida por todos, sino resonar en aquellos capaces de interpretar su lenguaje simbólico y emocional.
En última instancia, el texto plantea una evolución: del ideal al sacrificio, del sueño a la materialización, aunque esta transformación no esté exenta de contradicciones y tragedia. La proclamación de la primavera no es solo un inicio, sino también el anuncio de un proceso complejo en el que la juventud se redefine frente a la realidad, dejando atrás la figura idealizada para convertirse en experiencia vivida.
